¿Pobre en espíritu?, Parte I

El sermón del monte es una de las enseñanzas más estudiadas por parte de los cristianos contemporáneos. A pesar de las tantas interpretaciones, ¿a qué se refería Jesús cuando dijo: «Bienaventurados los pobres en espíritu»? ¿Quiénes son los pobres en espíritu? ¿Será usted un pobre de espíritu? El siguiente artículo puede ayudarlo a responder esa pregunta.
¿Pobre en espíritu?, Parte I

Jesús dio comienzo al sermón del monte con las así llamadas «Bienaventuranzas» que todo el mundo conoce (Mt 5.3–12). Las Bienaventuranzas constituyen un programa de vida que desafía a la filosofía del mundo. Expresan una concepción de la existencia que es lo más opuesto que se pueda imaginar a la que suscriben la mayoría de los hombres y mujeres. Todo cristiano debe impregnarse de su mensaje si quiere que se cumpla en él aquello a lo que Pablo nos exhorta cuando escribe: «No os conforméis a este siglo sino transformaos por la renovación de vuestra mente.» (Ro12.2). Transformarse por la renovación de nuestra mente quiere decir cambiar de manera de pensar y de contemplar las cosas. Dejarlas de ver como las ve la mentalidad del mundo, sino empezar a verlas tal como las ve Jesús. Por ello todo cristiano, si quiere ser digno de ese nombre, debe conocer, estudiar y asimilar el mensaje de las bienaventuranzas. Debe hacerlo si quiere dejar de ser esclavo del mundo y sus deseos pasajeros, y pertenecer realmente a Cristo.

La primera bienaventuranza dice así: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.» La expresión «pobre en espíritu» ha dado lugar a muchas discusiones y malas interpretaciones. Aquí Jesús no se refiere a la riqueza material, al menos en primer término. Tampoco está condenando a los ricos ni mostrando una preferencia especial por los desposeídos o indigentes. Él habla de otra cosa.

Él emplea la palabra «pobres» (anawim en hebreo, ptojoi en griego) en el sentido que le dieron los profetas del Antiguo Testamento, en particular los tardíos como Sofonías: los humillados y sumisos a la voluntad de Dios (2.3). Jesús, quién desde niño conocía muy bien las Escrituras, como todos sabemos, debe haber tenido en mente la frase de Isaías: «Miraré al que es pobre y humilde espíritu.» (66.2). La unión de estos dos términos: «pobre» y «humilde», nos da el sentido en que Jesús emplea la palabra «pobre». «Pobre» es el que se humilla ante Dios, el que reconoce su pobreza y necesidad espiritual, su pobreza en el reino del espíritu, aunque sea rico materialmente. Pobre es el manso, el piadoso, el que está disponible ante Dios.(1)

Para subrayar el carácter espiritual de esta pobreza Jesús añadió «en espíritu». Para ser pobre en espíritu hay que desprenderse de algo. ¿De qué? La riqueza de la que deba desprenderse el que quiera ser «pobre en espíritu» no es necesariamente la riqueza material, sino la riqueza del yo, del ego. Es decir, la autosuficiencia del que está satisfecho de sí mismo, del que está lleno de orgullo (y ¿quién no lo está?), la soberbia del que tiene una alta opinión de sí mismo (y ¿quién no la tiene o trata desesperadamente de tenerla y de que los otros la tengan?). Aquí es donde vemos cómo esta bienaventuranza choca con la mentalidad usual.

Habría que preguntarse ¿por qué Jesús comienza a exaltar la pobreza en espíritu, que es humildad, y no el amor al prójimo, o la misericordia o la pureza de corazón, o alguna otra virtud? Porque la pobreza en espíritu es condición indispensable para recibir el mensaje del evangelio, esto es, para creer y entrar en el reino. El que es pobre en espíritu, acepta el mensaje de Jesús y cree. El que no lo es, exige pruebas, argumentos, razones. Esto es algo que vemos todo el tiempo, y es una de las razones por las que mucha gente de gran cultura, conocimientos e inteligencia, no acepta el evangelio. Esas personas no son pobres sino ricas en espíritu, y esa riqueza —que el mundo tanto valora— es un obstáculo para la fe.(2)

De ahí que Jesús, al comienzo de su ministerio, en la sinagoga de Nazaret, leyera ese pasaje, también de Isaías, que empieza así: «El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres...» (Lc 4.16–19; Is 61.1,2a) ¿Por qué anunciar la buena nueva —esto es, el evangelio— a los pobres, a los últimos y despreciados, y no a los pecadores ricos, o a los buenos, o a los capaces, a los pudientes, a los que valen y cuentan? ¿Por qué? Porque sólo los que están vacíos de sí mismos, es decir, los pobres en espíritu, pueden recibir su mensaje. Los que están llenos de sí mismos lo rechazan. No lo necesitan.

El apóstol Pablo escribió respecto de la clase de gente que llenaba las iglesias de su tiempo: «Mirad hermanos... que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos ni muchos nobles…» (1Co 1.26). (3) Hay muchos cristianos que tropiezan en las Bienaventuranzas porque les parece que Jesús está eliminando la necesidad de la fe para salvarse. Y, en efecto, no se menciona una sola vez la fe en las bienaventuranzas. De ahí a deducir que Jesús está predicando una salvación por obras, hay poca distancia. ¿Es posible que se contradigan las Escrituras?

Sin embargo, no hay contradicción alguna. La primera bienaventuranza describe la condición en que debe estar el corazón humano para creer. Porque el que es rico en conocimientos, en sabiduría del mundo, en éxitos materiales, se resiste a creer en algo tan absurdo como un redentor que murió en la cruz. Para él o ella es absurdo una salvación que se obtiene por el sacrificio de un solo hombre que pagó por todos los demás; en un salvador humano que fue concebido sin intervención de varón; en un salvador que murió humillado y despreciado; en un salvador derrotado, vencido. (4) El evangelio es una locura para su intelecto. Bien lo dijo Pablo: «la palabra de la cruz es locura para los que se pierden.» (1Co 1.18).

Y el que es rico en virtudes, en cualidades morales, no está dispuesto a admitir que tiene necesidad de arrepentirse, de ser perdonado, o de ser enseñado por otro quizá menos sabio o culto que él. ¿Para qué? Si él es bueno, si no hace mal a nadie, sino todo lo contrario, practica la caridad y lleva una vida honesta, salvo uno que otro pecadillo sin importancia, según cree. Sólo el que es pobre en espíritu, el que se siente miserable en su interior por muchos que sean sus méritos o sus buenas obras, está dispuesto a admitir su necesidad de Dios. El que comprende que su riqueza material, intelectual o moral no le sirve para nada delante de Dios.

Esto es lo que enseña claramente también la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18.10ss). Jesús narra que dos hombres subieron al templo a orar y uno de ellos, el fariseo, está de pie delante diciéndole a Dios: «Te doy gracias porque no soy como los otros hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros, ni como este publicano. Yo ayuno dos veces por semana y doy el diezmo de todo lo que gano. Pero el publicano que se quedó detrás, no se atrevía ni siquiera a alzar sus ojos, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Dios mío, séme propicio que soy un pecador.» (Lc 18.11–13).

Jesús dice que el publicano salió justificado, mas no así el fariseo. El publicano sale justificado porque reconoce sus pecados y se arrepiente. El fariseo sólo se jacta de sus méritos. No reconoce que, pese a su fidelidad a las prácticas de la ley, él puede ser un pecador. El publicano, en cambio, es pobre de espíritu y reconoce su miseria. El fariseo es aquí ejemplo del hombre que es rico en espíritu y que no siente la necesidad de pedir perdón a Dios. A él se pueden aplicar las palabras que dirige el Espíritu al ángel de la iglesia de Laodicea en Apocalipsis: Tú dices: «Yo soy rico y me he enriquecido; y no sabes que eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.» (Ap 3.17).

A este propósito quisiera hacer la siguiente observación: ¿Cuántas veces no hemos escuchado en la radio o en la televisión entrevistas a algunos personajes famosos, sea de la política, o de la farándula, o del deporte, y hemos escuchado que hablan de sí mismos, de sus logros y aciertos con gran orgullo y suficiencia? En nuestra habla popular la frase cliché que simboliza esta actitud es aquella que dice: «Yo mismo soy».

Esa actitud tan común en personajes famosos, hombres y mujeres por igual, pero también en muchas personas comunes y corrientes, es una manifestación de la riqueza en espíritu de que hacen gala muchos. Dicha manifestación es tan contraria a la pobreza de espíritu que estamos comentando y que Jesús recomienda. A estas personas pueden ciertamente aplicarse, parafraseándolas, las palabras de Apocalipsis que acabamos de citar: «Tú dices que eres muy inteligente, despierto, que todo lo has logrado por tu propio esfuerzo. Pero no te das cuenta de que eres miserable y pobre; que todo lo bueno que hay en ti te lo ha dado Dios, a quien desconoces; que sin él no serías nada. Arrepiéntete pues y reconoce el engaño en que vives, antes que se descubra tu verdadera desnudez y tu miseria.»

Notas:

  • (1) Pobre también es, según los profetas, el que es perseguido por su fidelidad a Dios y el oprimido. Jesús retoma ese sentido al formular la última bienaventuranza (Mt 5.10)
  • (2) De otro lado, es cierto que la predicación corriente en nuestras iglesias se dirige en general a un nivel cultural más bien bajo, popular, y que no ha sabido encontrar un estilo que atraiga también a los sectores profesionales y empresariales de nuestra sociedad.
  • (3)También en las iglesias de nuestro país predominan los pobres sobre los pertenecientes a la clase media, y son muy escasos los que pertenecen a las clases más altas. El Evangelio no les atrae y, en general desprecian a los que creen en él.
  • (4) Jesús venció a la muerte resucitando, después de haberse dejado vencer por ella (Hb 2.14).

Acerca del autor:
José Belaunde M. nació en los Estados Unidos pero creció y se educó en el Perú donde ha vivido prácticamente toda su vida. Participa activamente en programas evangelísticos radiales, es maestro de cursos bíblicos es su iglesia en Perú y escribe en un semanario local abordando temas societarios desde un punto de vista cristiano. Desde 1999 publica el boletín semanal "La Vida y la Palabra", el cual es distribuido a miles de personas de forma gratuita en las iglesias de su país. Para más información puede escribir al hno. José a jbelaun@terra.com.pe

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