Visión y ceguera espiritual

Los anhelos de los siervos del Señor pueden dirigirse al deseo de dones especiales, como fue el caso de Eliseo. Pero… cuáles eran las motivaciones de este profeta para hacer semejante petición. A diferencia de muchos líderes de hoy, no fue para obtener halagos, ni tener ninguna ventaja personal. Su interés se enfocaba en el bienestar del pueblo...
Visión y ceguera espiritual

2 Reyes 6.8–23

Continuamente vemos a Eliseo ejercitando el don que había recibido cuando pidió una doble porción del espíritu de Elías. Este don, como todos los demás dones que Dios da a sus hijos, fue proporcionado para el provecho de otros y nunca para el halago o beneficio personal. «A cada uno le es dada manifestación del Espíritu para bien de todos» (1 Co 12.7, RV-95).

En este artículo veremos a Eliseo en una notable intervención a favor del rey y la nación entera de Israel. El relato bíblico puede dividirse en tres temas principales. El primero de ellos es:

La estrategia del enemigo

«Tenía el rey de Siria guerra contra Israel» (6.8). A través de los siglos, desde la dominación de los faraones egipcios cuando los descendientes de Jacob crecían como pueblo numeroso, y hasta los días actuales, el pueblo terrenal elegido por Dios ha estado rodeado por enemigos y en permanente conflicto por tres mil años. La sencilla afirmación del versículo 8 nos hace recordar que nosotros, como pueblo del Señor, también estamos expuestos a continuos ataques y a una lucha sin cuartel pero de carácter espiritual. El apóstol Pablo afirma que «no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores del las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Ef 6.12).

Ben-adad, rey de Siria, planificaba secretamente dónde establecería sus campamentos para lanzar desde allí sus ataques. Los enemigos del pueblo de Dios trabajan de manera astuta y constante para robar, matar, y destruir (Jn 10.10). Nuestro «adversario, el diablo, como león rugiente anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pe 5.8). La tarea espiritual de un hombre de Dios es la de advertir sobre los peligros que se ciernen sobre el rebaño y no vivir ignorándolos o callando. El apóstol Pablo decía que ni él ni sus colaboradores ignoraban las maquinaciones de Satanás (2 Co 2.11).

Seguramente, por revelación sobrenatural, Eliseo como profeta vidente podía «ver» a distancia los planes del enemigo y advertir a Joram rey de Israel acerca del peligro. Esto no ocurrió de manera aislada o accidental sino «una y otra vez» (6.10). Eliseo actuaba como el servicio de inteligencia de Israel pues le informaba al rey sobre los planes secretos del enemigo. Los mejores espías profesionales no le podrían haber servido a Joram con la eficiencia y precisión con que lo hizo Eliseo. El enemigo ponía mucho cuidado en desarrollar sus estrategias de invasión para penetrar las fronteras de Israel en los flancos más débiles. Sin embargo, antes de que sus tropas recibieran la orden, el rey de Israel, por medio de Eliseo, ya lo sabía y los planes enemigos se veían burlados. A pesar de la distancia que mediaba entre Samaria y Damasco (aproximadamente 160 km.), sin servicio telegráfico, telefónico o comunicación electrónica, al instante Eliseo recibía la información. Esto nos plantea la siguiente y más profunda reflexión: ¡Nada de lo que hacemos, decimos, pensamos o planeamos, en cualquier lugar recóndito que estemos, escapa al conocimiento de Dios!

Al verse burlado en repetidas oportunidades, Ben-adad se turbó y preguntó a su consejo militar quién de ellos lo estaba traicionando. Uno de los siervos, (¿sería Naamán?) respondió que no eran ellos los que lo traicionaban, sino que el profeta Eliseo declaraba al rey de Israel lo que Ben-adad decía en su cámara secreta (6.12). Ante esta disyuntiva y lucha contra un hombre que poseía tal poder de «telepatía», Ben-adad pensó que lo mejor sería «prenderlo» (6.13), y de esta manera cortar el vínculo de Eliseo con el rey Joram. Para hacerlo, organizó un «gran ejército» con carruajes y caballería y marchó a Dotán para sitiar la ciudad y apresar al siervo de Dios. El enemigo siempre persiste en atacar y tentar a los hijos de Dios, a pesar de todos sus fracasos anteriores. Aunque sabe que ya ha sido derrotado por Cristo en la cruz, su pasión es acosar a los hijos de Dios. La sentencia divina sobre «la serpiente antigua que se llama diablo y Satanás» (Ap 12.9) fue: «Polvo comerás todos los días de tu vida» (Gn 3.14). Nuestro Señor Jesús afirmó que «las puertas (los poderes) del infierno» no prevalecerán contra su Iglesia y nosotros somos exhortados, en base a la victoria de Cristo en la cruz, a «resistir firmes en la fe» (1 Pe 5.9). En Efesios capítulo 6, tenemos una descripción detallada de la armadura de guerra espiritual que debemos emplear para apagar los dardos de fuego del maligno (Ef 6.14,20).

Eliseo y su nuevo asistente

El segundo tema que surge del texto es la relación de Eliseo con su nuevo asistente. Recordemos que Giezi, por su grave pecado, había quedado descalificado. Al pegársele la lepra de Naamán su tez quedó blanca como la nieve, y con esta condición exterior, que reflejaba su miseria interior, no podía continuar siendo el siervo de un hombre de Dios.

No se menciona el nombre del nuevo siervo pero lo primero que se nos dice de él es que «se levantó muy de mañana» (6.15, V.M.; cf. «de madrugada», LPD). y este es un buen indicio en cuanto al carácter y la disciplina de una persona. Las Escrituras nos dicen que Abraham (Gn 22.3), Samuel (1 Sa 15.12), David (Sal 63.1) e Isaías (Is 26.9) tenían esta sana costumbre. En Proverbios Dios nos dice: «Me hallan los que temprano me buscan» (Pr 8.17) y por supuesto, Jesús es nuestro mejor ejemplo: «Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba» (Mr 1.35).

El temor del criado

El siervo observó que el ejército sirio tenía sitiada la ciudad y esto, por supuesto, le produjo gran temor que expresó diciendo: «¡Ah, Señor mío! ¿qué haremos?» (6.15). Era inconcebible pensar en luchar contra ellos y menos todavía huir, pues la ciudad estaba rodeada por un gran ejército. La serena respuesta de Eliseo fue: «No tengas miedo» (6.16).

Años antes, en una situación similar, el rey David expresó: «No temeré a diez millares de gente, que pusieren sitio contra mí» (Sal 3.6). Si el criado hubiera leído o memorizado este salmo de David, quizá no se hubiera espantado. Sin embargo, debemos reconocer que el temor es un mal propio de la raza humana. La primer experiencia de temor fue cuando Adán y Eva quebrantaron el mandamiento del Señor y procuraron esconderse de su presencia. Adán dijo: «Tuve miedo... y me escondí» (Gn 3.10). Cuando nos reconciliamos con Dios mediante la muerte de Jesucristo, este temor es anulado y quitado y entramos a disfrutar de la paz con Dios. Al vivir en comunión y constante oración, la paz de Dios actúa como un centinela que rodea y protege nuestra mente, centro intelectual, y nuestro corazón, asiento de nuestras emociones (Fil 4.7). En el amor del Señor no hay temor, «sino que el perfecto amor echa fuera el temor» (1 Jn 4.18).

¡Cuántas veces, cuando los piadosos se enfrentan a situaciones de angustia, reciben esta misma respuesta a través de las Escrituras! En más de cincuenta ocasiones resuenan en las páginas sagradas las sencillas palabras del Señor: «No temas... no temas...» No son palabras huecas o sencillamente buenas intenciones para calmar la preocupación sino que, en cada caso, se agrega el motivo por el cual no es necesario temer. En esta instancia particular Eliseo agrega: «Porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos». Esta verdad, por supuesto, nos hace desplazar rápidamente hasta el Nuevo Testamento para releer las palabras del apóstol Juan: «Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo» (1 Jn 4.4).

La oración a su favor

El hombre de Dios siempre intercede por los más débiles y lo mejor que podemos hacer por los temerosos es orar por ellos. Para que las palabras de Eliseo tuvieran un significado real fue necesario sustanciarlas. Para ello recurre a la oración y le pide a Dios: «Te ruego, Jehová, que abras sus ojos para que vea». Esta extraña oración nos introduce en la realidad de un mundo invisible pero tanto o más real que el mundo visible que todos conocemos. Para penetrar en él es imprescindible tener una clara visión espiritual y precisamente por eso a los profetas del Antiguo Testamento se les llamaba videntes ( 1 Sa 9.9). Por medio de su visión física el siervo veía un gran ejército enemigo con carruajes y caballería listos para atacarlos. Era una visión real del mundo visible, más que suficiente para producir temor y angustia. Para la gran mayoría de los seres humanos esta visión es la única realidad que conocen. Viven en ignorancia de la dimensión espiritual de la vida humana, de los seres y poderes espirituales, del reino de Dios, de su gobierno universal y de los poderes del mundo venidero. Sin embargo, el hombre de Dios, con discernimiento espiritual, penetra en la esfera superior, mucho más vasta y tanto o más real que la visión limitada y parcial de la esfera humana.

En respuesta a la oración de Eliseo, «Jehová abrió los ojos (espirituales) del criado. Este vio que el monte estaba lleno de gente de a caballo y de carros de fuego alrededor de Eliseo» (6.17, RV-95), símbolo del poder con que Jehová protegía a sus siervos. Eliseo poseía esta visión espiritual pues antes ya había visto los «carros de fuego» y «caballos de fuego» (2 Re 2.11). Tenía la fuerte convicción que el poder que estaba de su lado era mayor que los ejércitos enemigos. Existe un hermoso paralelo entre este pasaje y el incidente cuando Jesús estaba frente a la tumba de Lázaro y oró de esta manera: «Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado» (Jn 11.41,42). Su oración al Padre no era porque dudara de su poder espiritual sobre la muerte. En su oración expresó gratitud por la respuesta que el Padre daría y para inspirar fe en los que lo rodeaban.

Eliseo tampoco tenía dudas. Su oración fue hecha para el beneficio de su criado, cuyos ojos fueron abiertos por Dios y vio la gran realidad del mundo espiritual. Durante su vida terrenal, en muchas ocasiones Jesús abrió los ojos de los ciegos para otorgarles o devolverles la vista física (Jn 9.10,11; Mt 20.33,34, etcétera). Sin embargo, después de su resurrección, su actividad se centró en la visión espiritual. Por eso, lo encontramos abriendo los ojos de sus discípulos para reconocer su personalidad como triunfador sobre la muerte (Lc 24.31) y abriendo el entendimiento de ellos para que comprendiesen las Escrituras (Lc 24.45). La comisión que Jesús le dio a Pablo fue: «...ahora te envío para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados» (Hch 26.15–18).

En Efesios 1.15-19 encontramos una de las oraciones más importantes de Pablo a favor de los creyentes, la cual demuestra la relevancia que él le adjudicó a la comisión que le fue dada por Jesús. Citamos parte de la misma:

«...haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza».

La oración de Eliseo fue sencillamente para que su criado tuviera una contundente visión del poder y de la grandeza de Dios. Los apóstoles la expanden introduciéndonos en una dimensión infinita del mundo espiritual y del extraordinario poder de Dios para con nosotros los que creemos. Tristemente, el mundo sufre de miopía aguda en cuanto a la realidad de la esfera espiritual y nosotros debemos orar como los dos ciegos de Jericó: «¡Señor, que sean abiertos nuestros ojos!» (Mt 20.33). Una vez que tenemos esta visión, todo nuestro enfoque de la vida cambia.

Además de ser superior al ejército sirio, la visión que el criado tuvo de los ejércitos celestiales contenía el elemento adicional del fuego que rodeaba a Eliseo. La batalla final contra las fuerzas del enemigo será «cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (2 Ts 1.7,8). Para ellos sólo queda «una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios» (He 10.27). No sólo los enemigos de Dios, sino aun «los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos» (2. Pe 3.7).

Elías había afirmado que Dios es un Dios que responde por medio de fuego (1 Re 18.24). ¡Eliseo no se sentía para nada incómodo por los carros de fuego que lo rodeaban! Quizá se aferró a la promesa del Señor: «Entiende, pues, hoy, que es Jehová tu Dios el que pasa delante de ti como fuego consumidor, que los destruirá y humillará delante de ti» (Dt 9.3). Esto se reitera en el Nuevo Testamento donde dice: «Nuestro Dios es fuego consumidor» (He 12.29).

La terquedad de Ben-adad

A pesar de las advertencias que sus repetidos fracasos le formularon, Ben-adad se empecinó en su hostilidad contra el pueblo de Dios. Parece ser que la sanidad brindada a Naamán, a quien él tenía en tanta estima, no le indujo a la gratitud. Por el contrario, se propuso ahora apresar al mismo benefactor de su mejor general. ¡Poco se imaginaba la vergonzosa derrota que le aguardaba!

Cuando los sirios se acercaron para prenderle, Eliseo volvió a orar, ¡pero esta vez su pedido fue a la inversa! Su oración a Jehová fue: «Te ruego que hieras con ceguera a esta gente», y Dios «los hirió con ceguera, conforme a la petición de Eliseo» (6.18). Es interesante observar, por este relato, el poder que Dios puede ejercer sobre la mente y el entendimiento de los hombres, en direcciones opuestas. Al criado le abrió los ojos para que pudiera ver la realidad del mundo espiritual. A los enemigos de su pueblo les produjo tal ceguera que ni siquiera podían ver, a la luz del día, dónde caminaban y a quién tenían por delante. Isaías bien define su triste situación de esta manera: «Andamos a tientas como sin ojos; tropezamos al mediodía como de noche» (Is 59.10).

Acerca de los que no creían en él a pesar de haber realizado tantas señales delante de ellos, Jesús dijo, citando a Isaías: «Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón, para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón» (Jn 12.37,40). Esta clase de ceguera viene por no creer y Dios hasta emplea a su adversario para implementarla pues Pablo afirma que «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo» (2 Co 4.4). Ben-adad y sus militares rehusaron creer en el Dios de Israel a pesar de haber tenido clara evidencia de su poder. Si rechazamos la luz que Dios nos ofrece, debemos prepararnos para andar en las tinieblas.

Los militares sirios tenían como misión capturar al profeta Eliseo, pero este les hizo hacer un papel ridículo. Eliseo los llevó hasta las puertas de Samaria (6.19) donde los ejércitos de Joram podrían fácilmente apresarlos o matarlos (6.21). Es muy probable que al decir: «No es este el camino, ni la ciudad; yo os guiaré al hombre que buscáis», Eliseo ya había salido de Dotán. Si realmente querían verlo deberían ir a otra ciudad, lo cual en efecto aconteció y estando en Samaria, Eliseo oró por tercera vez y «Jehová abrió sus ojos, y miraron» (6.20). ¡Fue allí donde finalmente le vieron! También vieron dónde estaban, y lo peor es que se vieron a sí mismos, totalmente indefensos ante el rey de Israel (6.21b).

La vista les fue devuelta pero sólo para ver la necedad de su terquedad en desechar la luz que Dios les había dado previamente. Será muy trágico para los incrédulos despertar un día sólo para tomar conciencia del error de su camino. Haber desperdiciado la vida en lo que no es, haber despreciado la gracia de Dios, y tener que enfrentar un justo juicio y una condenación eterna. El tercer tema que surge de este pasaje es:

Cómo tratar al enemigo

El drama de la enemistad se remonta hasta el mismo día de la rebelión de nuestros primeros padres. Uno de los tantos funestos resultados del pecado fue la enemistad permanente entre la descendencia de la mujer y la simiente de la serpiente. A través de toda la Biblia, en más de cuatrocientas ocasiones, se menciona la enemistad en las más diversas circunstancias de la vida. Se trate de rencillas entre hermanos, parientes, tribus, naciones o federaciones de naciones, la enemistad siempre ha generado odio, destrucción y muerte. Esta última, según Pablo, es «el postrer enemigo que será destruido» (1 Co 15.26).

Mientras aguardamos ese día dichoso, debemos reflexionar sobre cuál debe ser la actitud de los piadosos para con los enemigos que siempre existirán, sean personas físicas o poderes espirituales. En el Antiguo Testamento, salvo pocas excepciones como el caso de Eliseo que vamos a examinar, la actitud prevaleciente era «ojo por ojo, diente por diente» (Ex 21.24; Mt 5.38). Sin embargo, en el Nuevo Testamento se despliega una doctrina y actitudes totalmente distintas respecto a los enemigos. En primer lugar, la sentencia de Génesis 3.15 se cumplió cuando Jesucristo venció, por medio de su muerte, al diablo (He 2.14). Los espíritus malignos también fueron despojados y Jesús «los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Col 2.15). La actitud del cristiano para con estos enemigos debe ser no negociar ni transigir, sino resistir «firmes en la fe», y confiar en la victoria ya lograda en forma definitiva por Jesucristo (1 Pe 5.8,9).

Existen, sin embargo, otros enemigos como el ego de cada uno y el mundo, como sistema. Para ellos, la muerte de Cristo en la cruz es la única base de la victoria. «Con Cristo estoy juntamente crucificado...» es la respuesta divina para el enemigo interior, nuestra vieja naturaleza. Esa vieja naturaleza no se puede parchar, remendar, mejorar ni pulir. Dios sabía que la única solución era darle muerte y por esta razón la crucificó junto con Cristo. La fe abraza este hecho concluido y permite que Cristo sea ahora quien viva en nosotros (Gá 2.20). Asimismo, la cruz ha anulado el mundo con todo su poder magnético pues «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo... el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo» (Gá 6.14).

Finalmente, tenemos en esta vida terrenal enemigos humanos, personas que por distintas razones sienten hostilidad , y aún odio hacia nosotros. La exhortación apostólica es «si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Ro 12.18). Tenemos que hacer todo lo que está a nuestro alcance para lograr esto, pero a la vez Pablo admite que no siempre es posible. Es en estos casos donde el Evangelio de Jesucristo introduce una variante totalmente opuesta al principio de «ojo por ojo, diente por diente» del Antiguo Testamento y que consiste en amar a nuestros enemigos.

El rey de siria y sus tropas habían hostigado constantemente al pueblo de Dios. Al presentarse la gran oportunidad de venganza, Joram rey de Israel propone matarlos ( 6.21), y consulta a Eliseo al respecto, pero él le responde: «No los mates», y respalda su respuesta con una pregunta incisiva (6.22). No es propio, según la ley de las armas, matar a las tropas que han sido tomadas cautivas. La responsabilidad es darles de comer y beber, y aquí volvemos a descubrir los rasgos espirituales del hombre de Dios. Le ordena al rey no sólo que ponga «delante de ellos pan y agua para que coman», sino que también les devuelva la libertad (6.22). Además, no eran realmente prisioneros del rey Joram sino de Dios y del profeta. Fueron llevados por él hasta Samaria para ser avergonzados y convencidos; no para ser ejecutados.

En un sentido, Eliseo ya vivía en el espíritu del Nuevo Testamento que novecientos años más tarde se gobernaría por la máxima de Jesús:

«Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehuses. Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen» (Mt 5.38-45).

La enseñanza apostólica sigue la misma línea de Jesús. Citando a Salomón, Pablo escribe en Romanos 12.20 (RV-95): «Si el que te aborrece tiene hambre, dale de comer, y si tiene sed, dale de beber agua; pues haciendo esto, harás que le arda la cara de vergüenza y Jehová te recompensará» (Quinta colección de los Proverbios de Salomón 25.21,22 - RV-95).

Este relato concluye diciendo que «se les preparó una gran comida; y cuando habían comido y bebido, los envió y ellos se volvieron a su señor» (6.23) todo lo cual nos habla de la nobleza de Eliseo. ¿Qué le habrán dicho a Ben-adad, y cuál habrá sido su reacción? Los sirios vinieron para tomar cautivo a Eliseo y se volvieron admirados por su poder y por su amabilidad. Lo más glorioso de una victoria sobre el enemigo es poder convertirlo en un amigo. El beneficio de esta acción de Joram fue que «nunca más vinieron bandas armadas de Siria a la tierra de Israel» (6.23)

Tomado y adaptado del libro El profeta Eliseo, Leonardo Hussey, Desarrollo Cristiano Internacional, 2002. ¿Interesado en el libro, haga click AQUÍ para obtener más información.

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