Sea claro en su predicación, parte I

Una de las ironías entre la situación de los predicadores y sus congregaciones es que, por un lado, intentamos proclamar la verdad a nuestros oyentes y, por el otro, a los feligreses les cuesta hablar sinceramente con nosotros.
Sea claro en su predicación, parte I

Al concluir el culto el pastor saluda a la gente, pero rara vez se escucha que alguien le diga: «Pastor, Dios lo ama y yo también. Sin embargo, debo decirle que ese fue uno de los sermones más aburridos y confusos que he escuchado en mi vida. En realidad no sé ni cómo usted mismo lo pudo soportar». Al contrario, no importa la calidad o claridad de nuestro sermón, siempre hay unos pocos que dicen: «Muy buen mensaje, pastor».

Los más sinceros sencillamente nos dan la mano y no comentan al respecto. No obstante después, camino a sus casas, tal vez se quejen de nosotros (algunos con más misericordia que otros) o quizás sientan confusión, frustración e insatisfacción.

Seamos sinceros: nos cuesta criticarnos a nosotros mismos. Es natural que tratemos de rescatar lo más positivo en nuestra predicación y protegernos de verdades que tal vez nos duelan. Por lo tanto, es fácil acostumbrarnos a patrones que obstruyen la comunicación en vez de facilitarla. A la vez, en nuestro corazón sabemos que podemos predicar mejor.

Muchas veces nuestras prédicas no son impactantes, pues consideramos que el público automáticamente: (1) prestará atención, (2) comprenderá el mensaje y (3) saldrá del culto dispuesto a poner en práctica nuestras exhortaciones. Pensamos que si agregamos más tiempo y palabras a nuestros sermones, las probabilidades de que los oyentes comprendan aumentarán. En realidad, hasta los oradores excepcionales pueden perder la atención del público después de veinte minutos. No obstante, a veces creemos que si seguimos hablando la congregación seguirá escuchando, y esto no es cierto.

Ningún pastor, evangelista u orador quiere perder tiempo en el púlpito. Tampoco la congregación. Todos deseamos que los mensajes den como resultado vidas cambiadas para gloria de Dios. Sin embargo, es imposible aplicar las verdades de las Escrituras sin primero comprenderlas.

Predicar una idea central y escritural

En primer lugar, la claridad en la predicación demanda que prediquemos una sola idea, tesis o proposición principal. Es decir, en vez de presentar una serie de exhortaciones desconectadas, todo lo que decimos debe contribuir a una sola idea principal que salga del texto bíblico que estamos estudiando.

Esta tesis bíblica debe ser coherente e interesante para que la congregación la pueda comprender, creer y vivir. Dicha idea, tesis o proposición central está compuesta de un sujeto y un complemento. El sujeto es el tema, aquello de lo cual trata el pasaje, y el complemento es lo que la Escritura dice acerca del mismo y cómo lo sustenta. Por ejemplo, «la claridad en la predicación» representa el tema de este artículo, y los tres principios que desarrollaremos son el complemento. El sujeto (la tesis o el tema) y el complemento (lo que se dice acerca del mismo) forman juntos la idea o proposición principal.

Usemos un texto muy conocido como ejemplo. «Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús» (Flp. 4:6, 7 BLA). ¿Cuál es el sujeto o tema del texto? A primera vista podría ser el afán, la oración o tal vez la paz de Dios. ¿Cómo decidir? Antes de predicar cualquier texto bíblico es necesario comprenderlo en su contexto. Este artículo presupone que uno ha hecho un estudio detallado del libro de la Biblia y del texto en particular sobre el que se quiere predicar. Es decir, la exégesis precede a la predicación. Por lo tanto, recomendamos el buen uso de todas las herramientas disponibles al intérprete: concordancias, atlas, diccionarios bíblicos, libros acerca de las costumbres de los tiempos bíblicos, manuales, comentarios y todo recurso que preste ayuda. No obstante, debemos dejar los comentarios hasta después que hayamos realizado nuestro propio trabajo. Los comentarios nos dan las conclusiones de otros. Por lo tanto, primero estudiaremos la Palabra con mente y corazón abierto y después evaluaremos nuestras conclusiones a la luz de lo que otros han dicho.

Debemos leer el libro de la Biblia (en este caso Filipenses) completo, sin interrupción, a fin de ganar una comprensión panorámica del mismo y comprender en su contexto el pasaje sobre el que queremos predicar. El libro de Jonás ilustra la importancia de este paso.

En Jonás 1:3a leemos: «Pero Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de la presencia del Señor». Sin embargo, no sabemos por qué huyó Jonás hasta que llegamos al último capítulo del libro. Allí nos enteramos de que Jonás deseaba la destrucción y no la salvación de los ninivitas. Después de que Dios decide no destruir a Nínive leemos lo siguiente: «Pero esto desagradó a Jonás en gran manera, y se enojó. Y oró al Señor, y dijo: ¡Ah Señor! ¿No era esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me anticipé a huir a Tarsis, porque sabía yo que tú eres un Dios compasivo y clemente, lento para la ira y rico en misericordia, y que te arrepientes del mal con que amenazas» (Jon. 4:1, 2).

El primer capítulo de Jonás reporta su huida, mientras que el último nos revela el motivo. Sin leer el libro completo no sabemos el por qué de los acontecimientos. Escuché a un pastor predicar que Jonás huyó porque temía morir a mano de los crueles ninivitas, enemigos de Israel. Es cierto que los ninivitas eran enemigos y eran crueles, pero la idea de que Jonás huyó por temor es ajena al libro, ya que Jonás mismo afirma la razón por la cual desobedeció.

De manera que, para no introducir una idea ajena al texto bíblico, es imperioso leer el libro completo varias veces como parte del estudio del mensaje.

Después debemos seleccionar la cantidad de material que vamos a predicar (un versículo, un párrafo, una sección o un libro entero) y entonces desarrollar un bosquejo exegético. El mismo precede al bosquejo homilético que trataremos a continuación, y sirve como su base. ¿Cuál es la diferencia? El bosquejo exegético nos ayuda a discernir lo que el autor del libro estaba diciendo al público original. Nos muestra, por ejemplo, cómo Pablo presentó la enseñanza a los creyentes del primer siglo. El bosquejo homilético, en cambio, representa cómo nosotros pensamos comunicar los mismos principios de manera relevante a nuestra audiencia en América Latina, sin cambiar su significado.

Debemos desarrollar primero un bosquejo exegético que nos ayude a discernir el pensamiento del autor original, para así llegar a la idea central del pasaje, siempre usando un sujeto y un complemento. Examinemos el siguiente bosquejo para el pasaje de Filipenses 4:6, 7.

Bosquejo exegético:

  1. Los filipenses no deben afanarse (4:6a)
    • Pablo da un mandato a los filipenses (4:6).
    • El contenido del mandato es que no se afanen (4:6).
  2. En lugar del afán, los filipenses deben presentar sus peticiones ante Dios con gratitud (4:6b,c,d,e).
    • Deben dar a conocer sus peticiones a Dios, en lugar de afanarse (4:6b,e).
    • Deben dar a conocer sus peticiones en todo (4:6b).
    • Deben dar a conocer sus peticiones por medio de oración y súplica (4:6c).
    • Deben dar a conocer sus peticiones en espíritu de gratitud (4:6d).
  3. El resultado de no afanarse y dar a conocer sus peticiones ante Dios es que experimentarán su paz protectora e incomprensible en Cristo Jesús (4:7).
    • La paz de Dios llega como resultado de darle a conocer nuestras peticiones (4:7a).
    • La paz de Dios sobrepasa todo entendimiento humano (4:7b).
    • La paz de Dios protege las emociones y los pensamientos (4:7c).
    • La paz de Dios se experimenta en la esfera de la relación con Cristo Jesús (4:7d).

Cuando examinamos el bosquejo presentado arriba es evidente que Pablo trata sobre los temas del afán, la oración y la paz de Dios. Es también evidente que el afán representa el sujeto o el tema principal de su enseñanza, y que la oración y la paz de Dios se entienden en relación con dicho sujeto central. El tema principal es: «El afán y cómo responder a él». El apóstol instruye a los filipenses para presentar sus peticiones (y cómo hacerlo) y enseña que, como resultado, pueden esperar la paz protectora e incomprensible de Dios en Cristo Jesús. De esa manera podemos descubrir una idea exegética (la proposición o idea principal del autor bíblico a la audiencia original), y discernir la enseñanza o el principio transcultural que se aplica tanto a dicha audiencia como a nosotros. Esa enseñanza transcultural se convertirá después en la idea o proposición homilética que presentaremos a nuestra congregación.

Idea exegética: Pablo instruye a los creyentes filipenses exhortándolos a no afanarse en nada, sino en todo momento presentar sus peticiones a Dios con gratitud; como resultado, experimentarán su paz protectora e incomprensible en relación con Cristo Jesús.

Principio transcultural: en vez de afanarse, los creyentes deben presentar sus preocupaciones ante Dios con acción de gracias en Cristo Jesús, y experimentarán su paz protectora como resultado.

Idea homilética: en vez de afanarnos, con acción de gracias debemos dejar nuestras preocupaciones en manos de Dios y, como resultado, Él calmara nuestras ansiedades con su paz incomprensible.

Después de haber hecho un estudio adecuado en la exégesis, de haber desarrollado un bosquejo exegético y haber discernido el tema principal, estamos listos para desarrollar y evaluar nuestro bosquejo homilético. Además, tendremos la seguridad de que estaremos predicando la Biblia y que nuestra audiencia aprenderá algo valioso y relevante. Daremos la respuesta a una sola pregunta: ¿Cómo vencer la ansiedad? En vez de escuchar una serie de ideas espontáneas y desconectadas, los oyentes recibirán enseñanza coherente que pueden aplicar a sus vidas. Veremos cómo convertir esta información en un sermón claro y eficaz.

Tres preguntas clarificadoras

Ahora queremos convertir la idea o proposición central en un sermón que refleje el contenido bíblico y sea relevante a nuestra audiencia. Hay tres preguntas que nos ayudan a lograr dicho fin: (1)¿qué significa?; (2) ¿es verdad? (¿estoy realmente persuadido?); y (3) ¿cómo se mostrará este principio en mi vida? Estas tres preguntas nos ayudan a desarrollar un bosquejo homilético claro, sencillo y fácil de entender. Es importante someter cada punto del sermón a estas preguntas, ya que nos ayudan a discernir las áreas de confusión potencial y nos hacen ver dónde se necesita más claridad, y cómo ilustraremos la relevancia del principio bíblico a la vida actual.

  1. La primera pregunta: «¿qué significa?», tiene que ver con la comprensión del significado del texto bíblico. En algunos textos el significado se comprende sin mucha explicación, mientras que en otros no queda tan claro. En el pasaje que hemos seleccionado no se presentan problemas: «Por nada estéis afanosos». Entendemos sin confusión que el cristiano no debe afanarse. Quien predica este texto no tendrá que pasar mucho tiempo explicando su significado. Sin embargo, sí tendrá que invertir tiempo en la segunda y tercera pregunta.
  2. La segunda pregunta: «¿es verdad?», no tiene que ver con la validez de la Biblia sino con lo que debemos hacer como predicadores para convencer a nuestros oyentes de la validez escritural del principio que pensamos comunicar. Por ejemplo, después de escuchar: «El creyente no debe afanarse», tal vez el oyente piense: «Entiendo que no debo afanarme, pero creo que es imposible de cumplir. El pastor no comprende todos los problemas que estoy sufriendo y la gran ansiedad que siento. No me convence lo que dice». Por esta razón, el bosquejo homilético (que presentaremos en el siguiente número de Apuntes Pastorales) contiene las siguientes palabras: «Tal vez no podamos controlar el afán en sí, pero sí nuestra manera de responder al afán». Explicaremos que todo ser humano siente ansiedad y, a veces, ésta parece fuera de nuestro control. Por eso es imprescindible preocuparnos más en cómo reaccionar ante la ansiedad, en vez de preocuparnos de por qué la tenemos. Si no anticipamos dichas reacciones del público, es posible perder a algunos durante el resto del mensaje, especialmente si están confundidos o en desacuerdo. Otra manera de expresar la idea principal es: «El creyente debe responder a la ansiedad con oración a fin de experimentar la paz de Dios»
  3. La tercera pregunta: «¿cómo se mostrará este principio en mi vida?», hace hincapié en la aplicación. El predicador debe ilustrar cómo el principio que acaba de explicar funciona en la vida cotidiana. No es suficiente exhortar: «No se afanen». Hay que ilustrarlo usando experiencias personales, o quizás una «vivencia» como la siguiente:

Hay días en que uno se pregunta por qué se levantó de la cama. Los problemas se suceden sin solución. Dichos días a veces comienzan con una llamada telefónica muy temprano, indicativo de que algo no anda bien. El futuro que pensábamos estaba seguro, aparece amenazado con incertidumbres. Nos sobreviene el temor, llega el nerviosismo y nos sentimos desorientados. Tal vez sea el jefe llamando para decirnos que su empresa ya no nos necesita. Durante la misma semana, el automóvil ha dejado de funcionar y la reparación consumió los pocos ahorros.

Estamos preocupados por la falta de dinero cuando un ruido desconcertante interrumpe nuestros pensamientos: el refrigerador no funciona más. La mente ya agobiada pregunta: «¿Cómo vamos a comprar otro? ¿Dónde pondremos la comida para que no se eche a perder? ¿Qué vamos a hacer?» En ese momento llega otro pensamiento: «Por nada estéis afanosos». Es cuando recordamos que Dios está al tanto de nuestra situación, nos ha dado instrucciones para vencerla, y desea que respondamos como Él nos ha instruido.

Alberto Samuel Valdés, cubano, vive en Miami y trabaja con LOGOI Internacional en la preparación de materiales para pastores. Apuntes Pastorales, todos los derechos reservados.

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