Vivir a Cristo en familia

Los mejores programas de Escuela Dominical no deben reemplazar el aporte, sin igual, de los padres en la formación espiritual de sus hijos.
Vivir a Cristo en familia

Entre los diferentes temas cruciales para la educación cristiana se incluye forzosamente el de la familia y su responsabilidad educativa. Y es sobre este asunto que enfocaremos nuestra reflexión en el presente artículo. Luego de un breve esbozo de la educación religiosa presentada en la Biblia, describiremos la educación en la iglesia de la actualidad, y concluiremos con algunas sugerencias prácticas para la educación cristiana.

 

El modelo bíblico

 

Desde su comienzo la Biblia presenta el plan que Dios concibió para que la familia —creación suya— transmita su Palabra a las siguientes generaciones. Deuteronomio 6.1–9 describe ese plan con detalles muy gráficos. Aunque los tiempos hayan cambiando, en la ley de Dios siguen inmutables los principios del Señor para la educación en la familia.

 

Uno de los principios que descubrimos en este pasaje es que los padres son los primeros responsables de la educación religiosa de los hijos. No es cuestión de vivir la ley de Dios y dejar a los hijos a la deriva para que algún día tomen sus decisiones. Es cierto que llegará una edad en que cada hijo elegirá el camino a seguir, pero mientras los padres los conserven en su hogar su responsabilidad es formarlos según la ley de Dios: «para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos ... tú y tu hijo» (v. 2).

 

Tampoco es cuestión de delegar esta responsabilidad. En ningún lugar de este pasaje se sugiere la idea de enviar a los hijos a especialistas o expertos para que estos los formen en la ley de Dios. Por supuesto, el centro de las actividades religiosas (en nuestros días la iglesia) cumple un rol educativo y es un hecho que a través de la historia han aparecido diferentes departamentos o agencias para suplir necesidades y ayudar a la familia en su tarea docente. Tales actividades son provechosas, pero en ningún momento pueden ocupar el lugar de los padres en su responsabilidad educativa dentro de la familia. Este pasaje nos enseña que esa tarea debe cumplirse de padres a hijos en forma personal y directa.

 

Otro principio que se desprende de este pasaje es la práctica de las verdades que se enseñan: «cuida de ponerlos por obra» (vv. 1 y 3). Significa que la tarea de los padres no consistirá solo en hablar y repetir a los hijos la ley de Dios. Su tarea fundamental es modelar en la vida cotidiana cómo se vive esa ley. Resulta vital que los padres impriman en los hijos un estilo de vida cristiano a través de todas las facetas de su existencia. Esto los instruirá sobre la vida cristiana mejor que todas las clases bíblicas juntas.

 

Por último, queremos destacar la relevancia que Dios asignó al entorno familiar para llevar a cabo esta educación. Resulta razonable porque la vida en la intimidad del hogar ofrece innumerables posibilidades para aplicar la ley de Dios. Tener presente y vivir la ley de Dios «estando en tu casa» (v.7), ya sea alrededor de la mesa, en el momento de quietud antes del descanso, en el tiempo de crisis o en medio de las alegrías, es tan vigente hoy como en cualquier época. Sin descartar el tiempo de educación formal en clase, hoy en día es preciso reevaluar la educación cristiana en situaciones tan reales como las que se dan únicamente en el seno familiar.

 

La familia y la educación cristiana actual

 

Debemos reconocer que la educación cristiana institucionalizada por la iglesia a través de su llamada escuela dominical ha venido cumpliendo un papel valioso, pues proporciona una educación bíblica sistemática a todos los miembros de la familia según las diferentes edades y la variedad de intereses y necesidades. Muchas iglesias también han desarrollado otras actividades que manifiestan su preocupación por la problemática de la familia. Así, el concepto de familia y sus diferentes aspectos se tratan con frecuencia desde el púlpito, en clases bíblicas, charlas, cursos, etcétera.

 

Pero, también es cierto que el aula aún sigue siendo el blanco de la educación en muchas iglesias. Tal como está planteada la educación cristiana en la actualidad, todos los esfuerzos se orientan hacia una buena programación, la hora de clase bien planificada, la mejor didáctica, la comunicación efectiva en la clase, y otros.

 

Esta centralidad del aula (o de la hora de clase) se basa en el supuesto de que la educación formal es la más efectiva. Por lo tanto, el aula es considerada el lugar por excelencia para llevarla a cabo.

 

El perfeccionamiento de la hora formal de clase no es malo en sí. Lo peligroso es caer en su sacralización, al atribuirle un poder ilimitado en desmedro de las otras posibilidades con las que cuenta la educación. La clase no es un fin en sí: debemos utilizarla como lo que es: un instrumento. Debemos perfeccionarla, sí, pero sin creer que dentro de sus límites se agota toda la misión educativa de la iglesia.

 

¿Y qué decir de los concursos por asistencia y otros recursos usados para incentivar a personas de diferentes edades a acudir a las clases? No queda duda de cuán necesario es estimular a toda la familia a asistir a la escuela dominical para nutrirse de la enseñanza bíblica de acuerdo con la edad, capacidad, intereses y necesidades de cada persona. Pero, se corre el peligro cuando se propicia aquella situación en que todos los miembros de la familia llegan juntos a la iglesia y en la puerta misma se separan para dirigirse cada uno a su clase y recibir su educación cristiana. Si la familia queda satisfecha y cree que ha recibido su cuota de educación cristiana fragmentándose para asistir a una hora de clase semanal, resulta deformando la responsabilidad educativa que Dios le asignó.

 

El sistema educativo no puede nutrirse de los miembros de la familia para justificar su existencia. A la inversa, toda la actividad educativa de la iglesia debe estar al servicio de la familia, institución que Dios mismo creó.

 

La hora de clase formal nos permite estructurar y transmitir la enseñanza bíblica, extraer principios y pensar en varias aplicaciones posibles, todo ello organizadamente. Pero no es más que una hora de clase, una situación irreal. Cuando el alumno sale debe enfrentar situaciones no planeadas ni estructuradas como las de la clase.

 

Permitir que toda la educación cristiana se reduzca a una hora de clase acarrea un riesgo que Lawrence  Richards señala en su libro A Theology of Christian Education:

 

La situación de clase en sí misma tiene implicaciones peligrosas para la enseñanza de la Biblia. En nuestra cultura, el tratamiento de cualquier asunto en situación de clase lleva a los educandos a procesar ese contenido como cuestión académica. Y todo lo académico es visto como 'irreal', sea que se trate de experiencias vividas o de sentimientos, actitudes y valores. Esto es particularmente trágico para la educación cristiana. Comunicamos una verdad revelada que debe percibirse como vida e integrarse a la vida. Si nuestro método de comunicación no armoniza con el mensaje comunicado, entonces distorsionamos el mensaje mismo. (1)

 

Parafraseando a este autor podríamos comentar que resulta trágico comunicar una verdad que es oída exclusivamente en una situación estructurada, planificada. Debemos encontrar situaciones de la vida misma para cumplir la educación cristiana, y es, en efecto, la vida en familia la que permitirá ampliar las posibilidades de la hora de clase y aplicar concretamente lo que allí se aprende.

 

¿Cómo podría implementarse, entonces, un sistema de educación cristiana que incluya la hora de clase, pero que abarque también las demás horas de la vida? Creemos que la alternativa es enfocar la educación cristiana alrededor de la vida. No es necesario suprimir lo ya existente, sino construir a su alrededor una labor más integral.

 

Educación cristiana centrada en la familia

 

Antes de iniciar cualquier cambio en el enfoque de la educación cristiana, la iglesia necesita lograr que todos sus miembros tomen conciencia de que cada familia es responsable de educar. Si todas las familias y los maestros descubrieran la importancia de este principio bíblico, ya ningún padre esperaría que el maestro le componga al hijo o le enseñe todo lo relativo a la vida cristiana. Ni tampoco veríamos a tantos maestros desalentados o frustrados por no contar con el apoyo de los padres en la formación de los niños.

 

El autor antes mencionado dedica un capitulo al desarrollo de un programa educativo centrado en la familia. (2) En él enumera una serie de actividades que la iglesia puede llevar a cabo para dar a la educación cristiana un enfoque familiar. Se mencionarán aquí algunas de sus sugerencias que se consideran más relevantes.

 

Para asesorar directamente a las familias la iglesia debe:

1.     Brindar enseñanza bíblica clara y precisa acerca de la familia: su origen, propósitos de Dios al crearla, valores de la familia cristiana, relaciones maritales, relaciones entre padres e hijos, y más.

2.     Enseñar a las familias a desarrollar el devocional familiar en forma sistemática y creativa.

3.     Orientar a los padres sobre características de niños y jóvenes. Proveerles herramientas para que conozcan y comprendan a sus propios hijos. Entrenarlos para que evalúen logros y detecten posibles problemas.

4.     Proveer oportunidades para que se discuta y se asuma una postura frente a temas cruciales como la educación sexual, la disciplina en el hogar, el uso del dinero, los roles del hombre y la mujer en el hogar.

5.     Ayudar a descubrir la importancia de la recreación en la familia y enseñar a usar el tiempo con creatividad.

6.     Desarrollar una tarea pastoral que atienda necesidades especiales de cada familia.

7.     Proveer bibliografía sobre temas familiares. Podría implementarse un plan sistemático por medio de guías de lecturas y concluir con una reunión para discutir el tema.

 

Algunas actividades para relacionar la enseñanza formal en la clase con todo el contexto de la vida cotidiana, podrían ser:

1.     Reunión de padres y maestros con propósitos específicos tales como informarles acerca de los objetivos y el plan de estudios, dialogar acerca de las características de los niños de esa edad, evaluar los resultados de las clases y afianzar relaciones entre padres y maestros, con la creación de puentes entre la clase y la familia.

2.     Entrega periódica de materiales a los padres, en los que se detallen los objetivos de ese período, que incluya canciones que se aprenden en clase para cantar en el hogar, versos relacionados con la enseñanza para memorizar en familia, etcétera. Es importante informar a los padres sobre la enseñanza en la clase y sugerir posibles aplicaciones, ya que ellos están en mejor condición que los maestros para relacionar la enseñanza con la vida

3.     Visitas periódicas del maestro a la familia de su alumno. Puede servir para informar a los padres acerca de las metas de la clase y también es una oportunidad para conocer al alumno de manera individual y desarrollar relaciones afectivas. Existen muchas otras maneras de mejorar la educación cristiana extendiéndola desde las aulas de la iglesia para abarcar la vida de las personas en su totalidad. El departamento educativo de la iglesia creará en cada situación un programa propio según sus posibilidades y necesidades. Lo importante en cada caso será que la iglesia reconozca a la familia como el principal agente responsable de la educación cristiana y le ayude a través de sus departamentos a cumplir esa responsabilidad.

(1) Theology of Christian Education, Zondervan, Grand Rapids, 1975, p.191. (2) Ver R. B. Zuck y Gene A. Getz, Adult Education in the Church, Moody Press, Chicago, 1970.
Se tomó de Iglesia y Misión, no.03, 1982; nota 10 de Eirene Argentina (www.eireneargentina.com.ar). Se usa con permiso. Todos los derechos reservados.
Artículo Publicado en Apuntes Pastorales: "Apuntes Pastorales - Mayo 2011" - Mayo 2011
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