Fatiga: ¿De dónde viene?

El cansancio en el ministerio no siempre está relacionado con lo complejo de nuestras circunstancias.
Fatiga: ¿De dónde viene?

Hace poco conversaba con un grupo de pastores. En un momento la conversación giró al tema del estado de nuestras vidas espirituales. Uno de los presentes advirtió: «No quiero que piensen que me quejo, pero a mí me resultaba más fácil cuidar mi vida espiritual cuando no estaba en el ministerio». Casi todos los presentes concordaron con este sentir. Todos nos sentíamos presionados, sobrecargados, fatigados y, en muchas ocasiones, usados.

 

No es la primera vez que escucho esta clase de comentarios de parte de pastores. Con frecuencia hablamos como si trabajar en la iglesia fuera un obstáculo para vivir una vida de gracia y victoria en Cristo. ¿Qué es lo que ocurre con nuestros ministerios que acabamos perdiendo nuestra vitalidad espiritual? No creo que fuera la intención de Dios que los pastores vivieran de esta manera. Si la propuesta de la iglesia es invitar a las personas a experimentar una vida similar a la de Cristo, ¿cómo puede ser edificada por personas que pierden por el camino esa misma vida?

 

Más allá de lo aparente

Muchos de nosotros creemos que la extensión del Reino solamente se logra a expensas de nuestra vida personal. Nuestro sacrificio, afirmamos, es lo que logrará que la Iglesia sea edificada. Creo, sin embargo, que el problema radica en otro lado. He observado, en mi vida y en la de otros, que gran parte de la fatiga y presión que padecemos es el fruto de un sutil pero importante pecado: el delirio de grandeza.

 

Este pecado es el que me lleva a decir sí, cuando en realidad debería decir no. Significa que estoy más preocupado con el ministerio que en participar plenamente de la vida que comparto con mi cónyuge y mis hijos. Y esto es porque no solamente es el Reino lo que está en juego: también mi carrera y mi reputación se arriesgan en el ministerio.

 

La competencia y la comparación están tan atrincheradas en nuestra perspectiva de la vida que nos encontramos luchando por ser reconocidos. El enamoramiento con uno mismo que esconde esta lucha ya no se condena, porque es un característica común al ser humano. El pecado de amarse demasiado se tolera y, en algunos casos, se expone como una virtud.

 

En el ministerio, sin embargo, el delirio de grandeza se disfraza. No lo identificamos tal como es, por lo que creemos que lo hemos vencido. En realidad, permanece debajo de la superficie y se manifiesta en actitudes de resentimiento, frustración o sentimientos de vergüenza y fracaso.

 

¿Cristo se forma en mí?

Una pregunta que me repito seguido, en esta etapa de la vida, es si mi participación en el ministerio ayuda a que Cristo sea formado en mi interior. Es importante que examinemos con cuidado esta pregunta, pues indicará de qué manera el ministerio afecta nuestra vida.

 

El que Cristo se forme en mí no es lo mismo que exhortar a las personas que están en el ministerio a que se cuiden más. El ministerio puede ser cansador, inconveniente y aun peligroso. No tornará más manejable mi vida. Cuando Pablo habla de azotes, naufragios, hambre y desnudez no se refiere a una vida fácil. No obstante, el ministerio auténtico jamás erosionará mis posibilidades de vivir una vida de gozo y amor. El ministerio no puede ser separado de la formación espiritual.

 

Esto me ayuda a saber si sufro de un complejo mesiánico. Si he desarrollado correctamente el ministerio que me ha sido confiado, aportará a que Cristo sea formado en mí. Mi ministerio debe ser considerado como uno más de los muchos instrumentos que Dios utiliza para mi transformación. El pequeño mesías en mí, sin embargo, no muere con facilidad. Para luchar contra esta tendencia, he implementado algunos principios.

 

Ministerio en comunidad

Los evangelios relatan que «surgió también entre ellos una discusión, sobre cuál de ellos debía ser considerado como el mayor» (Lc 22.24). Por separado, los discípulos no se hubieran dado cuenta de que todos sufrían del mismo problema. Pero juntos la conversación reveló que cada uno aspiraba a ser más importante que sus hermanos. Cuando vivimos en comunidad se logra percibir con facilidad las reacciones que alertan acerca de un delirio de grandeza en mi propia vida. Compito con los demás. Me ofendo cuando no me honran. Quiero ser más importante que ellos. Deseo que mi ministerio sea más grande que el de mis colegas.

 

Tiempo atrás me encontraba muy fatigado por una serie de compromisos y viajes para el ministerio. Me encontré con un amigo de la congregación y compartí mi frustración con él. Me escuchó en silencio y luego me hizo una pregunta que me dejó sin respuesta: «¿Por qué eliges vivir de esta manera?» En el silencio de mi corazón sabía que el verdadero problema era mi complejo de grandeza. Si le decía que no a las invitaciones, dejarían de invitarme; y eso indicaría que había perdido importancia, y eso sí que me preocupaba.

 

Agenda compartida

De esa conversación resultó un pequeño grupo en el que todos tienen injerencia sobre las agendas de los otros. Convenimos un pacto de que no asumiríamos compromisos sin antes consultar al resto del grupo. Significó darle permiso a los demás no solo de influir sobre nuestras agendas, sino también a examinar nuestras motivaciones.

 

Esa es una de las razones por las que estoy feliz de ser parte de un ministerio compartido. En ocasiones alguno de mis colegas predica mejor que yo, y me siento tentado a compararme con él. Luego pienso en lo absurdo de esa acción: ¡Estoy celoso porque él es más efectivo que yo en llamar a las personas a morir a sí mismas!

 

El ministerio de lo cotidiano

Jesús nos invita a la obra. La gran pregunta es cómo evitamos que esta invitación se convierta en una pervertida carrera para ver quién es el más importante. Quizás la tentación se vea como muy obvia: medir mi efectividad por la cantidad de personas que asisten a mi congregación. Quizás sea más sutil: convertir la poca asistencia en la evidencia de que soy más espiritual que mis colegas que dirigen mega iglesias.

 

En su libro sobre la vida en comunidad, el teólogo alemán Bonhoeffer observa cómo todos los integrantes de un grupo buscarán establecer un escalafón de superioridad espiritual, los débiles y los fuertes, los tímidos y los extrovertidos. La tentación siempre gira en torno de lo mismo: «Surgió también entre ellos una discusión…».

 

Entonces Cristo tomó a un pequeño niño en sus brazos y les dijo: «En esto consiste su ministerio. Entréguense a aquellos que no pueden darle ningún reconocimiento, ni premio. Simplemente ayuden a las personas. Ustedes necesitan a este pequeño. Necesitan ayudar a este pequeño, no solamente por él, sino también por ustedes. Si no lo hacen, sus vidas se convertirán en una ridícula competencia para ver quien es el mayor. Pero si sirven a este niño, en secreto y con alegría, y lo hacen seguido, llegará el día en que sirvan sin pensar “qué gran cosa estoy haciendo.” En ese momento comenzarán a servir por el simple gozo de servir. Habrán, entonces, comprendido cómo funciona el Reino».

 

En la iglesia, el ministerio de lo cotidiano significa que estoy dispuesto a ser interrumpido por aquellos que no están en mi agenda. Estoy disponible para orar con personas que no puedo curar y que no contribuirán absolutamente en nada a mi éxito. Significa que, a veces, en las reuniones de ministerio escogeré permanecer en silencio, aun cuando tenga una idea que pueda impresionar a los demás. En otras situaciones elegiré que no me den información, aun cuando esa información me pueda permitir el acceso a un círculo de personas del cual estoy excluido.

 

La mayoría del tiempo el ministerio de lo cotidiano significa que yo sigo las mismas reglas que el resto de las personas. No busco los privilegios ni las excepciones que me podrían corresponder como pastor, porque me ayuda a entender que no soy tan importante como creo. Debemos cuidarnos de no tomar nuestro propio ministerio demasiado en serio.

 

Retiros programados

Marcos nos relata que completar la misión que Dios les había asignado fue motivo de gran alegría para los discípulos. Estaban altamente motivados. Era un momento ideal para que avanzara el Reino. Cualquier líder capaz sabría que esta sería la oportunidad de enviarlos para tomar la nación para Dios. Jesús podría haber apelado al sentido de grandeza que los movía. En lugar de esto, sin embargo, los invitó a un lugar aparte para descansar (Mr 6).

 

Un elemento esencial en la formación de otros es la combinación de presencia y ausencia. Esto es lo que practica todo buen padre. Comienza a mezclar tiempos en los que está presente para sus hijos con momentos en el que está ausente, para que ellos comiencen a sentirse cómodos con la soledad, sin sentirle miedo.

 

El mismo principio practicó Cristo cuando les advirtió a los discípulos: «es necesario que me vaya». No es esta una maniobra para que no se enojen por la decisión que toma. Realmente es algo bueno para ellos. El que se retire, aun cuando les resulte doloroso, es necesario para que ellos crezcan. No hubiera ocurrido si él se habría quedado.

 

Yo también necesito períodos en los que consiga ausentarme del ministerio. Puede ser para involucrarme en algo divertido. En ocasiones es para trabajar un tema en la intimidad de la soledad. En otros momentos es para descansar junto a mi familia. Cada vez que me retiro de las actividades de la iglesia recibo un buen recordatorio de que no soy indispensable para que las cosas sigan en marcha.

 

Soportar a los demás

Soportar a los demás a veces se refiere a perdonarlos. Pero muchas veces siento que la gente es una carga cuando ellas no han hecho nada que me motive a perdonarlas. No son una carga por algo que ellos estén haciendo mal, sino porque carezco de amor y compasión.

 

A veces me encuentro en reuniones y percibo que, en la intimidad de mi corazón, estoy evaluando a las personas y etiquetándolas. Este es un acomplejado. Ese otro es impaciente. Y aquella persona es insensible. He aprendido, sin embargo, que estas etiquetas tienen mucho más que ver con lo que yo soy que con lo que ellos son. Revelan mis prejuicios y falsas expectativas.

 

Debo aprender a liberar a las personas de los calabozos mentales en los que yo las ubico. Soporto al que critica la forma en que predico. Soporto a esa persona tan difícil, la que es el fiel reflejo de todas mis propias luchas.

 

Esto no significa que se conviertan en mis mejores amigos. Significa, no obstante, que aprendo a bendecir a las personas, a desearles el bien. Renuncio a mi derecho de lastimarlas cuando me lastiman. Intento ubicarme en ese lugar que es común a todos los seres humanos, el pie de la cruz de Cristo.

 

Luchar contra el pecado de la grandiosidad significa aprender de Jesús la forma en que debo llevar el ministerio de tal manera que sea atraído a él. No hubo grandiosidad en la persona de Cristo. Esa es una de las razones por lo que las personas no lo reconocieron.

 

La más antigua herejía en la iglesia, el docetismo, surgió precisamente porque la gente no podía aceptar el concepto de un Dios que se hace uno con nuestra fragilidad y nuestro sufrimiento. El apóstol Juan declara que el anticristo negará que Jesús vino «en la carne». Jesús, sin embargo, no fue ningún supermán. No desafió a las personas con sus superpoderes. Cuando recibió latigazos su espalda sangró. La corona de espinas laceró su cabeza. Con los clavos sintió un dolor insoportable. La cruz significó una muerte real. Y a lo largo de su peregrinaje soportó a las personas, las perdonó y las amó hasta el fin.

 

La gran ironía del complejo mesiánico, del cual Dios se ríe, es esta: todo ser humano que haya caminado sobre la faz de la tierra lo ha padecido, salvo uno. Y él, ¡era el Mesías


Preguntas para estudiar el texto en grupo

 

1.     Desde la experiencia del autor, ¿qué es lo que verdaderamente produce la fatiga?

2.     ¿De qué manera consigue exteriorizarse el delirio de grandeza?

3.     ¿Cómo lograría usted que el delirio de grandeza no sea quien controle el ejercicio de su ministerio, su vida misma?

4.     A la luz de las expresiones del delirio de grandeza, ¿cuáles podrían ser algunas actitudes y prioridades que a usted le urgiría corregir?

Se adaptó de un artículo publicado en Leadership, 1997. Christianity Today. Se usa con permiso. Todos los derechos reservados.
Artículo Publicado en Apuntes Pastorales: "Apuntes Pastorales - Enero 2012" - Enero 2012
  • Enviar a un amigoEnviar a un amigo
  • printImprimir
1 Comentarios
MARTHA OYERVIDEZ
Este artículo es un espejo, bendiciones :)
Escrito el 09 Mayo, 2013
Boletines y Revista en su e-mail GRATIS!

por Tony Evans
El destino de cada hombre, el sueño de cada mujer (Enfoque a la Familia)
Nuestro principal objetivo es predicar la sana doctrina y ganar almas para Cristo. Somos un minister...
Productora de radio y video. Video grabamos predicas dominicales, Aniversarios cualquier evento de s...
Editorial JUCUM es parte de la organización Juventud con una Misión. Organismo de caracter interde...
Somos la continuacion del Libro de los Hechos de los Apostoles, donde la verdad hace la diferencia. ...
DesarrolloCristiano.com es un servicio de Desarrollo Crisitiano Internacional. Copyright 2008, todos los derechos reservados. Solicite mas informacion a info@desarrollocristiano.com