¿Quién tenía razón, Pablo o Bernabé?

Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están. Y Bernabé quería que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos; pero a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor, y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias» (Hch. 15:36-41).
¿Quién tenía razón, Pablo o Bernabé?

Imaginemos ir al teatro a escuchar una de las hermosas sinfonías de Tchaikowsky y que, cuando ésta comience, repentinamente se escuche un sonido abrumador, como de alguien que golpea el teclado del piano con los puños. El director de orquesta y la audiencia están horrorizados y vemos que el timbalero se ha movido hacia el piano y comienza a golpear ferozmente el teclado con sus mazos por sobre los hombros del pianista. Esto es lo que está produciendo ese sonido. Mientras el director trata de llamarle la atención haciendo ademanes más dramáticos, el golpeteo continúa y los demás músicos, uno por uno, van cesando hasta dejar de tocar. La audiencia está confundida y guarda completo silencio; el golpeteo continúa. Sin embargo, ahora el pianista se ha movido hacia el timbal, a los tambores grandes, y hace como si tocara el piano, pero sin emitir sonido alguno; tanto el timbalero como el pianista se miran uno a otro furiosos y desafiantes.

¿Qué pensaríamos si esto sucediera, además de querer que se nos reintegre nuestro dinero?

De la misma manera, en el pasaje de Hechos vemos quebrantada, por un momento, la maravillosa armonía de la gracia de Dios provista por el Espíritu Santo.

En el versículo 36 Pablo expresa su intención de volver a visitar todas las ciudades donde él y Bernabé habían predicado, a fin de averiguar cómo están los creyentes. Durante su primera visita a Panfilia y Antioquía, en Asia Menor, ellos fueron echados de la ciudad por los judíos y los gentiles. Luego, en Iconio, los judíos intentaron apedrearlos por predicar la Palabra del Señor y los ahuyentaron de la ciudad. Más al norte, en Listra, apedrearon a Pablo y lo arrastraron de la ciudad pensando que estaba muerto. Luego de haber llegado a la cúspide de este viaje regresaron por casi todas las mismas ciudades y Pablo alentaba a los nuevos discípulos en cada una de ellas, diciéndoles: «Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hch. 14:22).

Cuando Pablo le sugirió a Bernabé visitar a los hermanos por segunda vez, él sabía que les esperaba persecución, golpes, tortura y prisión. Se necesitaba tener pasión para eso, y él la tenía. Bernabé poseía la misma pasión, pero además tenía otra: llevar a Juan Marcos con ellos (v. 37).

El verdadero nombre de Bernabé era José, pero luego de su conversión, en la época de Pentecostés, los discípulos le pusieron por sobrenombre Bernabé, o sea, «Hijo de consolación» (Hch. 4:37). Los muchachos generalmente se ponen apodos unos a otros de acuerdo con algunas características de su forma de ser.

Las Escrituras dicen que Bernabé era un buen hombre, lleno del Espíritu Santo y de fe (Hch. 11:24). Cuando Pablo se convirtió de manera dramática, en el camino a Damasco, iba maquinando pensamientos homicidas contra la gente. El Señor se le manifestó, Pablo cayó al piso y, a partir de allí, cambió rotundamente su vida. Luego comenzó a buscar a otros cristianos para tener comunión con ellos. Además, deseaba involucrarse con los discípulos, pero éstos no querían relacionarse con él, porque pensaban que los perseguiría a ellos también. Pero Bernabé lo llevó con él a ver a los discípulos (Hch. 9:26, 27). También, junto con Pablo, habló contra los judíos en la ciudad de Antioquía y soportó la oposición (Hch. 14:19, 20). Esto demuestra que Bernabé era valiente y audaz.

Entra en escena Juan Marcos, sobrino de Bernabé, joven e inexperto. Era obvio que no se podía confiar mucho en él, ya que Pablo y Bernabé lo habían llevado en su primer viaje misionero y luego de la primera escala en la isla de Chipre, al ver que las cosas se ponían difíciles, se apartó de ellos y volvió a Jerusalén.

Marcos era como muchos, lo vemos en Hechos por aquí y por allá, pero nunca involucrado seriamente en nada. Por el contrario, Pablo era un visionario con una energía casi inagotable, misionero, evangelista, maestro, caminando siempre hacia la meta. Bernabé tenía corazón para animar, consolar y edificar. Si juntamos a ambos, obtenemos una fuerza irresistible. A Marcos le faltaba todo eso.

Bernabé continuaba insistiendo en llevar a Marcos, y Pablo seguía resistiéndose; podemos sentir el conflicto: a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia. Para Pablo eso fue más que una ausencia, fue una deserción, una apostasía.

El desacuerdo sobre Marcos fue tan severo que Pablo y Bernabé se separaron. La palabra griega original ha llegado al español intacta: paroxismo. Paroxismo significa exaltación extrema de las pasiones. Pablo y Bernabé sufrieron un paroxismo. Imaginemos que fue algo así: «Tú nunca aprendes, Bernabé, tan ciego estás que no puedes ver que este joven nos abandonará de nuevo. Este muchacho no encaja con la tarea. Sabes muy bien que tengo razón, pero como él es tu sobrino, estás tan obstinado que no quieres admitirlo». Bernabé le respondió: «Pablo, es extraño que no te quejaste sobre mi obstinación cuando te encontré solo, te saqué y te traje con los discípulos; eso te convenía. ¿Y ahora qué? ¿Hasta cuándo vas a guardar rencor contra Marcos?»

¿Le sorprende a usted que dos siervos del Señor hayan tenido una riña tan fuerte? ¿Alguna vez le ocurrió algo así? ¿Quién tenía la razón, Pablo o Bernabé? ¿Podemos culpar a Bernabé por querer darle otra oportunidad a Marcos, o a Pablo por no querer correr el riesgo de echar a perder la misión? Tenemos a dos hombres buenos y piadosos, pero en desacuerdo. No discutían por cosas sencillas, como de qué color pintar la guardería de los niños en la iglesia de Antioquía; tampoco sobre doctrina.

Es muy probable que lo que produjo este desacuerdo entre Pablo y Bernabé fue lo que tenían en común, y no sus diferencias. En esta instancia, lo que tenían en común era la falta de entrega de sus buenos y piadosos deseos y pasiones al Espíritu Santo, cuyo primer fruto es el amor, y el último el domino propio (Gá. 5:22, 23). Los siguientes versículos son notables: «No nos hagamos vanagloriosos, provocándonos unos a otros...» (26). El mismo Pablo en 1 Corintios 13 insiste en que el amor no es paroxismo, no se irrita, no busca lo suyo propio (5). Les faltaba a los dos la humildad que proviene del amor. Nuevamente el apóstol afirma: «Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef. 4:2). A nosotros se nos inculca el ser diligentes en guardar o conservar esa unidad, porque no se mantiene por sí sola. En esta ocasión, Pablo y Bernabé se entregaron a sus pasiones en vez de rendirlas y mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.

El apóstol hace oír su voz de nuevo: «Así que, si Cristo les ha dado el poder de animar, si el amor los impulsa a consolar a otros, si todos participan del mismo Espíritu, si tienen un corazón compasivo, llénenme de alegría viviendo todos en armonía, unidos por un mismo amor, por un mismo espíritu y por un mismo propósito. No hagan nada por rivalidad o por orgullo sino con humildad, cada uno considere a los demás como mejores que él mismo» (Flp. 2:1-3VP).

¿Cuál fue el resultado de este paroxismo o altercado? A pesar de todo, el ministerio siguió en pie; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, y Pablo, escogiendo a Silas, salió a Siria y Cilicia (Hch. 15:40). Sin embargo, lo más importante es el triunfo de la gracia de Dios a pesar del conflicto y la separación. El triunfo del reino de Dios no depende de cuan buenos hemos sido. Algunos comentaristas halagan a Pablo y a Bernabé, sosteniendo que por lo menos no permitieron que los efectos de este rencor se expandieran a la iglesia. No obstante, cuando existe esta clase de disputa no creo que nadie merezca ningún reconocimiento. Solamente debido a la pura y soberana gracia de Dios no hubo divisiones permanentes en la iglesia de Antioquía. También fue por la gracia de Dios que cada uno continuó su ministerio después del paroxismo. Tanto Pablo como Bernabé fueron usados de acuerdo a sus pasiones. Bernabé y Marcos fueron al sur; Pablo y Silas, al norte. Esto fue lo último que nos fue informado oficialmente sobre Bernabé; su tarea con Marcos dio resultado, porque más tarde Marcos llegó a ser, según Pablo mismo, un siervo útil; incluso ministró a Pablo durante su larga encarcelación (2 Ti. 4:11). Marcos también trabajó con Timoteo en la iglesia de Éfeso y ayudó a Pedro en su ministerio. Pedro lo llamaba «mi hijo» (1 Pe. 5:13).

¿Hubo consecuencias de este altercado? ¿De qué manera le afectó a Pablo este paroxismo y la división? Tan pronto como Pablo eligió a Silas y partieron, lo primero que hizo al llegar a Listra fue escoger al joven Timoteo para tomar el lugar de Marcos. Pareciera que la soberana gracia de Dios cubrió multitud de pecados. Sin embargo, permítanme proponer que siempre hay consecuencias cuando la unidad de los creyentes se quiebre. Usted dirá: «¡No es para tanto!».

Sí, lo es. Jesús oró: «Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste» (Jn. 17:21-23).

Como Pablo y Bernabé, a veces estamos tan ocupados en cumplir con nuestros deseos y pasiones cristianos que no nos preocupa la unidad; pocas veces somos diligentes en preservarla y terminamos con un fuerte altercado. Veamos algunos principios que pueden ser de ayuda la próxima vez que se aproxima un paroxismo.

Primero: las disputas generalmente son resultado de la soberbia y no de la pasión espiritual. Piense en la última vez que se enfadó con otro creyente. Usted estaba apasionado con lo que creía: «Sólo digo lo que digo porque tengo razón». No son las diferencias las causantes de los conflictos, sino lo que tenemos en común: la falta de humildad ante el Señor y el creernos superiores a los demás.

Segundo: cuando no nos sometemos a la unidad del Espíritu, nuestra mayor fortaleza se convierte en nuestra mayor debilidad. Pablo era una persona lógica, con una mente clara y muy definida. En el libro de Romanos vemos la forma en que expone su lógica sobre la doctrina de la justificación por gracia por medio de la fe. ¡Qué habilidad! Sin embargo, una habilidad no sujeta al Espíritu Santo se convierte en arma de la carne. Cuando Pablo discutió con Bernabé, expuso sus razones sin pensar en la unidad. Bernabé hizo lo mismo, pero desde una óptica muy diferente: quería llevar a Marcos y no deseaba ser molestado con razonamientos.

Tercero: cuando hay conflictos, nuestro objetivo debe ser el amor vestido de humildad. Nuestro modelo es Cristo. «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Flp. 2:5-7).

Cuarto: durante una disputa, cuando comenzamos a ver que las cosas se acaloran, consideremos nuestras debilidades como personas y no la supremacía de nuestra posición o argumento. El poder de nuestra posición no es lo que nos va a meter en problemas, sino nuestra debilidad. Pablo les dijo a los corintios, que siempre cuestionaban su autoridad de apóstol: «Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co. 12: 9b, 10).

Quinto: la próxima vez que esté involucrado en un altercado con otro creyente, pregunte a Dios qué pecado o pecados nos está queriendo revelar. Cada disputa revela algo acerca de nuestro corazón y condición espiritual. La gracia de Dios trabaja tanto en la tormenta como en la calma; a veces pensamos que Dios no obra en situaciones en que sus hijos no se portan como debieran, y no es así. El mismo Pablo advierte: «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Ro. 8:28). Es más fácil ver la obra del Señor cuando las cosas van bien, como en la unidad que se observa en los primeros catorce capítulos de Hechos. Pero ¿qué de una disputa? Es durante los tiempos difíciles, algunas veces impuestos por nosotros mismos, cuando Dios nos revela nuestros pecados de manera suave y paciente. No nos gusta admitir que quizá seamos parte del problema, sino exponer la supremacía de nuestro punto de vista.

El Salmo 133:1 explica: «¡Mirad cuan bueno y cuan delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna».

Entonces, ¿quién tenía la razón, Pablo o Bernabé? Los dos, cuando se analizan sus posiciones. Ninguno, cuando se evalúan sus actitudes.

Teodoro Campos es un estudioso del libro de Romanos, ministro ordenado y anciano de su iglesia en el estado de Oregon, EE.UU

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