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Liderazgo

Una extraña vocación

15 julio, 20051026 visitas


Los versículos están ahí, pero no son la clase de pasajes con los que nos sentimos cómodos. La verdad es que no sabemos dónde ubicarlos dentro de nuestra versión higienizada de la vida. Considere, por ejemplo, la «extraña» revelación que el Señor compartió con Ananías, cuando lo envió a visitar al postrado Saulo: «él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles… porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre» (Hch 9.15 y 16). ¿Quién de nosotros le anunciaría a un recién convertido que debe sufrir mucho por causa de Cristo? ¡Tenemos tanto miedo de asustar u ofender!


Piense también en la declaración, radical y tajante, que Jesús le hizo a sus discípulos: «el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí» (Mt 10.38). Los discípulos, a diferencia de nosotros, sí sabían a qué se refería el Maestro. Vivían en un mundo donde periódicamente veían salir de las ciudades a los convictos que arrastraban el pesado madero sobre el cual iban a ser crucificados. A Pedro por su parte, el Señor le reveló algo aun más dramático: en una enigmática referencia a su vejez, él le anunció «la clase de muerte con que el discípulo glorificaría a Dios» (Jn 21.19). En veinticinco años de ministerio solo en raras ocasiones he escuchado a alguien advertir a un discípulo que seguir a Cristo significa sufrir oprobio, vergüenza, persecución e incluso, muerte.


¿Y qué de este otro versículo, en el Nuevo Testamento? «Pero si cuando hacéis lo bueno sufrís por ello y lo soportáis, esto halla gracia con Dios. Para este propósito fuisteis llamados, porque también Cristo sufrió por vosotros, dejándonos ejemplo para que sigáis sus pisadas» (1 Pe 2.20 y 21 – LBLA). ¡Parece algo sacado de otro mundo!


La verdad es que nuestra cultura moderna no tiene los parámetros necesarios para considerar la realidad del sufrimiento. Un dramático vuelco en los últimos cincuenta años nos ha llevado a creer que es el derecho inalienable de todo ser humano el tener una vida plena y alegre. Estamos demasiado ocupados en asegurar para nosotros la felicidad, la prosperidad y el bienestar y cuando vienen los momentos de dolor y angustia exclamamos, indignados: «¿por qué a mí?». Protestamos porque, a nuestro parecer, es injusto que nos toque sufrir. La vida que nos han «vendido» es una que está libre de dolor, angustia y tristeza.


Los personajes que llenan las páginas de las Escrituras no poseían esta visión «encantada» de la vida. Todos ellos pasaron por momentos de profundas tribulaciones personales. No podemos dejar de notar, al leer de sus experiencias, que estas personas, como observa el Dr. Miguel Ángel Mesías en su libro Perspectiva bíblica del sufrimiento, entendían «que el sufrimiento es una realidad. Vendrá. Es inevitable. Es parte del mundo caído en que vivimos».


Muchos de los santos en la Palabra no solamente aceptaron la realidad del sufrimiento, sino que avanzaron hacia sus más profundas dimensiones. Aprendieron que los tiempos de dolor no escapan a la soberanía de Dios. Descubrieron, sorprendidos, que el Altísimo no solamente permite experiencias de angustia en nuestras vidas, sino que a veces él mismo las provoca. David, quien sufrió intensamente durante largos períodos de su vida, revela que el hombre puede hasta «amigarse» con el sufrimiento. En Salmos 119 declara «Yo sé, Señor, que tus juicios son justos, y que en tu fidelidad tú me has afligido» (v. 75 LBLA).


Creemos que la iglesia necesita reelaborar una teología del sufrimiento. Para hacer esto, no es necesario incorporar una doctrina nueva sino, más bien, comprometerse a dejar de negar una realidad que afecta la vida de quienes andan en Cristo. El sufrimiento no desaparecerá porque hacemos interminables proclamas de una vida de prosperidad. ¡Esto es de niños! Es hora de que abandonemos la postura de los amigos de Job, a quienes Dios mismo condenó, y crezcamos a la medida de la plenitud de la estatura de Cristo, un varón que, según Hebreos 5.14, «aunque era Hijo, a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia».


Con este artículo queremos invitarlo a reflexionar sobre el tema del sufrimiento. A pesar de las infinitas variantes que tiene este sentimiento, produce siempre el mismo efecto en nosotros: una profunda sensación de tormento. «Solamente el corazón conoce sus íntimas amarguras» (Pr 14.10) y por eso, reconocemos que este es un tema sin respuestas fáciles. Creemos, sin embargo, que el material de este número lo estimulará a meditar con seriedad sobre los diferentes aspectos del sufrimiento, y así producirá en usted una perspectiva más cristo-céntrica del tema.


De las experiencias difíciles que puede afrontar un líder, ninguna hiere tan profundamente como la traición. ¡Esta copa es, sin duda, la más amarga de todas! La lista de santos que gustaron de ella es larga: Abraham con Lot, José con sus hermanos, Moisés con Aarón y Miriam, David con Absalón, Cristo con los discípulos, Pablo en su primera defensa. También a nosotros nos tocará beber de ella, «pues un discípulo no está por encima de su maestro». La marcha del pueblo de Dios a lo largo de la historia, sin embargo, debe animarnos. Quienes sufrieron intensamente también pudieron alcanzar las más asombrosas manifestaciones de gloria, por ese misterioso accionar de Dios que llamamos gracia.


Es nuestro deseo que, al reflexionar sobre este tema, usted pueda descubrir que el atravesar la barrera del sufrimiento nos puede ofrecer, quizás, la mejor oportunidad de tener un encuentro profundo e íntimo con el Dios que, en su fidelidad, nos aflige.



© Apuntes Pastorales, Volumen XXI – Número 2

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