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Liderazgo

Debilitar al débil

16 junio, 2009878 visitas

¿Se habrá equivocado de persona el ángel? El saludo, por lo menos, no coincidía en nada con la opinión que Gedeón se había formado de sí mismo: «El Señor está contigo, valiente guerrero» (Jue 6.12). El israelita no tardó en protestar. ¿Dónde estaba Dios, en medio de toda la aflicción que estaba sufriendo el pueblo por mano de los madianitas? Más bien, ¡él los había abandonado! ¿Y a qué valiente guerrero se refería el mensajero celestial? ¿No era la familia de Gedeón la más pobre de la tribu de Manases, y él el menor en la casa de su padre? ¿Qué podía hacer alguien tan insignificante ante un enemigo tan numeroso e implacable?


El desconcierto de Gedeón es comprensible. Siempre que miramos la vida con ojos humanos la perspectiva de Dios sabe a afrenta. La falta de aptitud para una misión tan arriesgada claramente había paralizado al joven israelita. En nuestros tiempos se le diagnosticaría como una persona con serios problemas de autoestima. Sería candidato firme para algunas sesiones terapéuticas. Nosotros, por nuestra parte, hubiéramos intentado animarle el corazón recordándole cuanto valía él para el Señor. Le hubiéramos recomendado cualquiera de los libros de autoayuda tan populares en nuestros días, con la esperanza de que el hombre creciera en su autoconfianza y se animara a emprender proyectos ambiciosos.


Gedeón ignoraba que, en los asuntos del Reino, ser débil es una ventaja definitiva. Precisamente por su falta de aptitud el Señor le había puesto el ojo. ¿No es esta, acaso, la historia del pueblo de Dios? Él escoge un matrimonio de ancianos para ser padres de una nueva nación, a un esclavo olvidado en una cárcel para ser primer ministro del pueblo más poderoso de la tierra, a un tartamudo para realizar delicadas negociaciones diplomáticas con Faraón, a un pastor de ovejas para derrotar a un imponente gigante que había paralizado a todo un ejército, a unos toscos pescadores para ser los primeros en la iniciativa de formar discípulos de todas las naciones. Estos son, definitivamente, los «grandes» que Dios ha usado a lo largo de la historia.


El Señor desconoce por completo nuestra obsesión en ayudar al débil a sentirse mejor, más confiado y seguro de sí mismo. En lugar de buscar la forma de levantar la autoestima de Gedeón, tal cual lo indican los más reconocidos terapeutas de nuestro tiempo, el Alto recorre un camino absolutamente insólito: decide debilitar aún más al débil.


Tras mucho esfuerzo Gedeón logró reclutar a 32.000 guerreros. Esta multitud era como nada ante el poderío madianita, que los superaba en cuatro a uno. No obstante, el Señor decide reducir el ejército de Gedeón y retira a 22.000 hombres. Ahora los madianitas los superan por trece a uno. ¡Sentimos lástima por el pobre Gedeón! El Señor, sin embargo, aún no ha terminado con él. En una segunda visita al desconcertado líder le señala que «todavía el pueblo es demasiado numeroso» (Jue 7.4 – BA). ¡No lo podemos creer! No obstante, el Señor excluye a casi la totalidad de sus hombres y lo deja con apenas 300 valientes. Ahora los madianitas lo superan en 450 a uno. Si le faltaba confianza al principio, ¿cómo se sentirá ahora Gedeón? ¿Perdido? ¿Vencido? ¿Desesperado?


Los obreros que más útil le resultan al Señor son los que han perdido toda esperanza de salir adelante por sus propios medios, que se sienten al borde del abismo y saben que solamente un milagro los podrá salvar de una muerte segura. En ese preciso momento de abandono absoluto comienza a actuar la gracia de Dios, ese don del cielo que se manifiesta más nítidamente en las vidas que más vacías se encuentran. La gracia de Dios es todo lo perceptible en nosotros cuando nuestros recursos humanos se han agotado. La gracia permite que se vean cualidades sobrenaturales en hombres y mujeres cuya existencia está firmemente ligada a lo finito y pasajero de este mundo. Es solamente por gracia que pasamos a ser socios plenos en los proyectos del Altísimo.


Necesitamos desesperadamente la gracia de Dios, porque nuestros mejores esfuerzos siempre padecen de la misma debilidad: no son más que esfuerzos humanos. No sirven para entrar en las profundidades del misterio de Dios. No obstante, ¡qué difícil nos resulta reconocer que estamos perdidos! Aun debiendo al rey una impagable fortuna exclamamos: «ten paciencia conmigo y todo te lo pagaré». Por esta razón el Señor, en su bondad, decide ayudarnos en el proceso de morir, agravando aún más nuestra debilidad.


Ante nuestras más airadas protestas él exclama: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2Co 12.9). Cuando, después de toda una vida de esfuerzos, entendemos esta verdad, podemos comenzar a relajarnos. No somos nosotros los que conquistaremos a Madián, sino que el Señor lo entregará en nuestras manos. No necesito confiar en mí mismo, como tanto pregona la cultura hedonista de nuestros tiempos. Más bien, el único requisito para alcanzar el éxito en los proyectos del Señor es confiar en él. Esa confianza me permite exclamar, como quien ha perdido completamente la cordura: «con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí».

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