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Reflexión

Una salvación completa

24 agosto, 20101014 visitas

Cuando Jesús inició, en una sinagoga en Nazaret, su ministerio público, anunció que en él se cumplía una de las profecías de Isaías: El texto (Is 61.1–3) presenta una lista de muchas de las condiciones que resultan de vivir en un mundo caído: aflicciones, quebranto de corazón, adicciones, cadenas, llanto, duelo y luto, abatimiento de espíritu, vergüenza y humillación. El pecado ha desfigurado de tal manera la vida que ha condenado al hombre a una existencia contaminada, de manera irremediable, por la angustia, el dolor y la tristeza.

A los que sufrían una diversidad de aflicciones Cristo deseaba llevarles buenas nuevas, vendar sus heridas, proclamarles libertad y liberación, el año favorable y el día de venganza del Señor, acercando a sus vidas consuelo, aceite de alegría, autoridad, manto de alabanza y espíritu de júbilo. De hecho, más adelante resumiría sus intenciones declarando que había «venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn 10.10).
Frente a las indefinidas dinámicas que contienen una relación viva con Jesús, nos hemos inclinado por la seguridad de las estructuras inamovibles de una religión.Los evangelios están repletos de historias de personas, con espíritus atribulados, que disfrutaron, finalmente, la vida plena que él ofrecía. El endemoniado de Gadara, que moraba entre los sepulcros en un interminable tormento, se recuperó de tal manera que fue enviado a su gente para testificar de la misericordia de Dios. La mujer samaritana, que había llegado a Jesús hundida en una vida de relaciones fracasadas, resultó tan dramáticamente afectada por Cristo que movilizó a todo su pueblo hacia un encuentro con él. Zaqueo, odiado universalmente por su grosera alianza comercial con los romanos, profundamente impactado por el amor de Cristo, exclamó: «Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, se lo restituiré cuadruplicado» (Lc 19.8). María Magdalena, atormentada por siete demonios, celebró la liberación que el Señor le dio sirviéndolo en sus necesidades materiales. La restauración que experimentaron estas personas no solamente les permitió dejar atrás las angustias y aflicciones que habían caracterizado su existencia en la tierra, sino también, a partir de ese momento, pudieron avanzar hacia una vida con propósito.

No ha menguado el deseo de Cristo de producir esta clase de transformación en la vida de las personas. Encontramos en nuestras comunidades, sin embargo, un preocupante número de individuos que no logran echar mano de la plenitud de vida que él ofrece. A pesar de los años que han transcurrido desde que se integraron a la Iglesia, continúan atribulados por las mismas angustias y tristezas que los caracterizaban antes de su conversión. El pasado, como un verdugo implacable, los atormenta a cada paso de su vida. El esfuerzo y la diligencia no han logrado mellar el peso de los dolores retenidos en su corazón.

La presencia de estas personas en nuestro medio constituye un llamado de atención a la forma en que hemos abordado la experiencia de ser cristianos. Frente a las indefinidas dinámicas que contienen una relación viva con Jesús, nos hemos inclinado por la seguridad de las estructuras inamovibles de una religión. La asistencia a reuniones, complementada por una desnutrida rutina espiritual diaria, se han convertido en los medios que intentan sustentar una experiencia espiritual que pierde, rápidamente, su atractivo.

A pesar de la escasa eficacia de este sistema en asegurar una vida victoriosa, seguimos aferrados a él con una insistencia que desorienta.

La religión nos provee un esquema seguro y predecible. Sabemos dónde estamos parados y qué se espera de nosotros. No depara sorpresas ni sobresaltos. Carece de poder, sin embargo, para obrar transformación en lo más profundo de nuestro ser. Más bien, pareciera hundirnos en una existencia que consolida los conflictos interiores sin resolver. La brecha entre nuestras enfervorizadas proclamas públicas y la triste soledad de nuestra rutina diaria se vuelve cada vez mayor.

Cuando Jesús lanza frente a nosotros su intrigante desafío —«sígueme»— no tiene en mente una experiencia limitada por horarios y espacios apartados para esta relación. Él nos llama a un compromiso tan profundo y absorbente como el que puede existir en el matrimonio. Tampoco imagina el Señor que todo el esfuerzo por mantener viva esta relación provenga solo de nosotros. Más bien pretende que comencemos a prestar atención a lo que él esté haciendo, que aprendamos a responder en lugar de iniciar, porque la vida abundante siempre procede de él hacia nosotros. La sanidad, en el marco de esta clase de relación, es un resultado asegurado, pues, mientras lo contemplamos a él, «seremos transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu» (2Co 3.18).

Esa transformación —tan profunda, que acabamos siendo «partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1.2)— debería percibirse en la vida de cada discípulo a medida que se afianza su relación con Cristo. No es que ya no experimentemos los dolores y las angustias comunes a todo ser humano, sino que estas no representan ninguna barrera al proceso de maduración en nuestra vida. La gente con quienes compartimos nuestras actividades cotidianas deberían, al igual que los religiosos que examinaron a Pedro y a Juan, sentirse motivadas a maravillarse y reconocer que hemos estado con Jesús (Hc 4.13). La belleza de vidas profundamente restauradas es, después de todo, la marca que nos distingue como pueblo de Dios.

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