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Vida Cristiana

Más allá de las palabras

9 diciembre, 2008776 visitas

«Orar es luchar con Dios» ¡Vaya título…! Comunica una idea intensa y muy personal de lo que significa la oración. En esta obra, el Dr. Donald Blosch presenta la oración como una interacción con implicaciones profundas para el creyente. La idea de «lucha» nos ubica en el plano de una relación fervorosa y constante con un Dios real y cercano al que debemos encontrar en nuestra limitación humana para entender su voluntad. En esta propuesta, el centro mismo de la oración es conformarnos a la voluntad de Dios. Sin embargo, ¡cuántas veces estamos perdidas en nuestra súplica! No sabemos qué es lo que conviene o es necesario pedir; sin embargo es allí, en ese encuentro diario al que traemos nuestras preguntas y nuestro dolor, donde el Señor se nos revela y responde.


En todos los tiempos el tema de la oración ha sido recurrente y explorado desde distintas perspectivas. No cabe duda de que la comunión con el Señor es un misterio inagotable; además, es el camino ideal para aproximarnos y dialogar con un Dios profundamente interesado en intervenir en nuestra vida con ternura y bondad. Precisamente este camino nos permite preguntar, expresar, suplicar, pero también escuchar, comprender y recibir.


En mi experiencia de oración, estos conceptos han ampliado mi comprensión y ayudado a mejorar su práctica:


La oración es mucho más que una acción deliberada; es un estado de la mente y del corazón. Cuando nos entregamos por entero al Señor necesitamos imperiosamente vivir en su presencia. Esto implica vivir completamente libres delante de nuestro Hacedor, estar conscientes de su profundo y total conocimiento de nosotras así como de su deseo de redimir todas las áreas de nuestra vida con su misericordia. Asimismo, el presentarnos continuamente delante de Dios nos ayuda a reconocer nuestra debilidad y nos impulsa a ampararnos en su gracia, la que hace posible cualquier progreso espiritual.


La oración debe nacer de la necesidad de relación con Dios, no como una práctica ritual. Al inicio de la vida cristiana es común que se nos enseñe que «debemos» orar como parte de nuestras nuevas prácticas espirituales, y tal enseñanza es fundamental para el desarrollo de una vida de fe. Pero concebir la oración como un deber y no como un deleite puede conducirnos a una repetición vacía de sentido y emoción. En tiempos de mucha actividad y exigencia acercarnos a Dios con alegría es un claro desafío. La tiranía de lo urgente hace difícil concentrarnos en lo que es verdaderamente importante y exige de nosotras la determinación de buscar aquello que realmente necesitamos: su presencia.


La oración honesta y desprovista de artificios innecesarios nos pone en contacto no sólo con el Señor sino con nosotras mismas. Cuando oramos con sinceridad, procurando vernos tal como somos, tenemos la posibilidad de tomar decisiones que dejen atrás las cosas que desagradan a Dios. Someternos al examen del Señor nos ayuda a avanzar en el proceso de enfrentar los retos de la vida cotidiana con actitud renovada, cada vez más acorde a su plan para nosotras. Mediante la oración él se nos revela y nos hace comprender su naturaleza y propósitos eternos, así como nuestra verdadera condición. Su luz alumbra nuestro interior y muestra quiénes somos en realidad.


La oración es transformación. Mediante esta comunicación franca y abierta el Señor puede moldearnos y conformarnos a su imagen. Allí, en lo íntimo del corazón, su Espíritu nos toca y abre nuestros ojos para que podamos ver y desear lo bueno y agradable. Interactuar constantemente con el Señor es brindarle la oportunidad de que nos cambie. En la Biblia se menciona la práctica de poner en el arado un buey joven junto a uno ya experimentado. Esta cercanía y unión hace que el joven aprenda el ritmo y el trabajo del mayor. De la misma manera, nosotras somos transformadas en la unión con Cristo. Es en la relación permanente donde aprendemos a imitarle y servir a sus propósitos.


El misterio de la relación con Dios es particularmente difícil de entender cuando atravesamos por valles oscuros. Todas tenemos momentos angustiosos en los que nos es casi imposible comprender a Dios, momentos de confusión en los que su respuesta parece tardía o momentos de soledad en los que su presencia se desdibuja y nos sentimos abandonadas. Aún así, la oración nos permite reconocer los vacíos más insondables de nuestra alma. Estar a su cuidado implica estar dispuestas a recibir la dirección de su cayado, entender sus preceptos y aguardar sus tiempos para el alivio y la bendición.


El llamado del apóstol Pablo es a «orar sin cesar». Orar mientras andamos, reímos, lloramos, servimos… ¡incluso cuando estamos en pecado! Recordemos que el Señor nos acompaña a cada paso y tiene el deseo de bendecirnos y hacernos sus fieles seguidoras.


En medio de nuestras ocupaciones ¡qué bueno es gozar del privilegio de hablar con el que todo lo puede! Aunque no siempre resulte fácil, tratemos insistentemente que el conversar con el amado de nuestra alma llegue a ser un deleite incomparable, proveniente de un corazón agradecido y consciente de sus bondades sin límite.


Tomado de Apuntes Mujer Líder, volumen III, número 3. Todos los derechos reservados. Apuntes Mujer Líder, es un ministerio de Desarrollo Cristiano Internacional. © Copyright 2000-2008, todos los derechos reservados.

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