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Liderazgo

La autoridad y los juegos de los hombres

15 julio, 2005739 visitas

“Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable” (Ec. 10.1)


 




¿No le causa gracia (o más bien tristeza) el ver a los adultos haciendo lo mismo, solo que intentando hacerlo en serio? Observe a los imitadores de Luis Palau, de Yiye Avila o Billy Graham; los imitan en las expresiones, en su modo de sostener la Biblia, en el léxico o la música que usan y hasta en algunos casos falsifican los resultados.


 



Desconcierta el ver a los que se autovanagIorían en nuestro medio; son los que manipulan y menosprecian a otros para estar en las plataformas, en los grandes eventos; exigen eso. Les gusta ser llamados o anunciados como “oradores internacionales” porque han hablado en alguna iglesia de otra nación; los reverendos. licenciados, doctores y conferencistas que vienen con grandes demandas y se presentan a si mismos con muchos títulos. Esa rara mezcla de risa y tristeza también la experimento cuando recuerdo las veces cuando yo también trate de aparentar.


 



La autoridad y el poder son dos elementos similares pero diferentes, codiciados por miles (incluyendo a muchos cristianos); sin embargo, pocos codician la responsabilidad que lleva el que los posee. Carl F.H. Henry, dijo que “El problema dominante del Siglo XX es la crisis de autoridad.” Para quienes han sido llamados a servir al Señor, la autoridad y el poder son necesarios para lograr los propósitos de Dios. La pregunta clave es cómo tener y mantener la autoridad autentica y poder espiritual procedente de Dios, en lugar de mero carisma humano, fuerza o manipulación.


 



Sin duda hay tres elementos vitales en relación a la autoridad: la fuente, ¿de quién he recibido autoridad, de Dios o de los hombres? ¿Me la apropié o me la dio el diablo?; el poder (dunamis ). ¿qué poder (fuerza, capacidad) tengo para hacer que otros cumplan lo que ordeno? y el respeto (timee), ¿qué respeto hay sobre mi persona, para motivar a los que me rodean?


 



Todos sabemos, en la clave de la autoridad y el poder espiritual reside en nuestro caminar íntimo con el Señor, en nuestra obediencia a El y en la pureza de nuestra vida; sin embargo a menudo olvidamos las verdades relacionadas.


 



Es el Señor quien levanta a unos y no a otros, aunque todos lleguen a tener vidas, similares. David no fue el único santo varón de su tiempo, ni Elías (inclusive, ni podernos afirmar que hayan sido los más santos). Muchos de los grandes santos han sido llamados a servir en áreas desconocidas aunque fundamentales para la gloria del Señor. Pienso en el desconocido hermano Lawrence (Siglo XVII) cuyas cartas fueron compaginadas muchos años después para formar el librito. La práctica de la presencia de Dios (Clie). El experimentó una conversión evangélica a los 18 años y después fue cocinero en un convento. Allí su oración y caminar en la fe tocaron docenas de vidas, y lo sigue haciendo hasta el día de hoy a través de esas “insignificantes” cartas que él había escrito desde su sencillo lugar.


 




Tal Vez lo que necesitamos comprender es que nuestra ansiedad por una posición o autoridad puede llegar a ser (y. de hecho, lo es en muchos) nada más que el reflejo de nuestros deseos egoístas y carnales, actitudes pecaminosas. Si nuestra ambición es verdaderamente pura, no tendremos ningún problema al contrario, encontraremos alegría en que otro reciba posición y autoridad para lograr un propósito necesario.


 



La gloría verdadera es ser hallado fiel al finalizar carrera. Mientras más le ha sido dado a uno, más responsabilidad tiene en ser hallado fiel. ¡Cuántos grandes hombres han caído sólo por no guardar santidad íntima en la posición o rol que le habían conferido, dando lugar a su propia concupiscencia!


 



En las funciones públicas, incluyendo también a la tarea pastoral, no hay decisiones privadas ni actos privados divorciados de su desempeño frente a la sociedad; si bien debe saber guardar su intimidad (y no para esconderla sino por salud personal y familiar), la filosofía íntima debe ser plataforma de la pública. El versículo de Eclesiastés del epígrafe es tremendamente acertado; una pequeña locura puede arruinar al sabio y honrado. La gente nos mira, gústenos o no. Las “moscas” más comunes son la falta de disciplina personal (por ejemplo, comer excesivamente o llegar tarde), la mala preparación para nuestros mensajes y funciones, el gritar a nuestras esposas e hijos en público (que es muestra de lo que hacemos en privado), las disputas sobre cosas triviales, la forma de manejar el automóvil, las excusas presentadas por los pecados personales, etc. Estas cosas tienen más impacto de lo que pensamos.


 



La autoridad implica responsabilidad; responsabilidad de actuar, y de hacerlo correctamente. No es tanto la posición como sí la obra que debe ser cumplida (I Ti. 3.1). El honor no viene por la posición, sino por el servicio.


 



El poder de la autoridad está relacionado más con la habilidad y capacidad, que con la fuerza que aplicamos en ejercerla. “Es el deber de un buen pastor el atraer a sus ovejas con bondad y serenidad”, dice Calvino, “para que muchos se sometan a su gobierno, antes que ser forzados con la violencia”, y continúa diciendo que “reconozco, en efecto, que la severidad es algunas veces necesaria, pero debemos siempre proceder con suavidad y perseverar en ello, mientras el oyente se muestre dócil. La severidades el recurso extremo, ya que los hombres deben ser atraídos… antes que arrastrados. Recién cuando la mansedumbre resulta ineficaz con aquellos que están endurecidos y se muestran reacios, entonces resulta necesario recurrir al rigor; de otro modo no será moderación, o imparcialidad, sino cobardía culposa”.


 



Es interesante que la palabra griega (exousia) usada varias veces en el Nuevo Testamento para mencionar autoridad, justamente implica que es habilidad, capacidad, maestría o poder de influencia. A la luz de esto, esto es fundamental que busquemos del Señor para preparar nuestras manos para la batalla que usemos los medios que El nos provee, tales como la literatura, los cursos, retiros, pláticas con otros líderes experimentados, para capacitarnos y buscar la forma más eficaz, más santa y más amorosa para desarrollar nuestra autoridad. El caminar con Dios y el hacerlo sabiamente entre los hombres permitirá que seamos siervos más útiles en la eternidad.


 



Apuntes Pastorales, Volumen VII – número 1, todos los derechos reservados.

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