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Reflexión

No dejemos de celebrar …

15 julio, 20121235 visitas

En los últimos años he estado observando y preguntando acerca de las prácticas que tienen las diferentes iglesias para celebrar Navidad y Semana Santa. En más de la mitad de las iglesias estos días transcurren como cualquier otro, sin aprovecharlos en absoluto.

«¿Por qué no creen ustedes que Jesús murió y resucitó?» preguntó un hombre católico. «Ustedes no celebran Semana Santa, ¿no es cierto?»

Lo cierto es que muchas iglesias cristianas evangélicas no sólo no hacen nada en Navidad y Semana Santa, sino que aun se resisten a casi todas las celebraciones especiales, ritos o ceremonias.

Para muchos cristianos evangélicos «Semana Santa» es, como la llaman en Uruguay, «la semana del turismo». En esta última Semana Santa, descubrí que muchos pastores habían ido a la playa, otros a visitar a sus familias, y en algunos casos las reuniones fueron canceladas o combinadas con otras iglesias.

La explicación más común es que estas fiestas ingresaron a la iglesia provenientes del paganismo; entonces como evangélicos, se supone que no debemos celebrarlas. Hace poco escuché a un conocido predicador decir por la radio que Jesús realmente no nació un 25 de diciembre (con lo que todos estamos de acuerdo), ni fue crucificado durante el tiempo que llamamos Semana Santa, y que a través de la historia la iglesia «cristianizó» ciertas fiestas paganas para celebrar el nacimiento y la resurrección de Cristo. Por lo que, según este predicador, no debemos tener ninguna participación en ellas.

Cabe preguntarnos si ese argumento es realmente válido. Utilizando el mismo argumento, podríamos decir que jamás deberíamos construir un edificio para usarlo como iglesia, ya que en los primeros 300 años del cristianismo los creyentes no edificaron ningún edificio con ese fin. Eran los paganos los que tenían templos y Dios permitió que el templo en Jerusalén fuera destruido.

Tenemos muchas contradicciones. No encontramos a Jesús o a sus discípulos realizando casamientos como ceremonia religiosa; sin embargo, nosotros sí lo hacemos. La historia de Juan 2 no es argumento válido para llevar a cabo una ceremonia religiosa. Jesús solo asistió como invitado a una celebración al típico estilo judaico. Jesús no intervino dando un mensaje o haciendo una oración, sino produciendo más vino. (Y si Jesús repitiera este acto hoy, posiblemente habría escándalo en la mayoría de nuestras iglesias, y júbilo en otras).

Tal vez lo que debiéramos preguntarnos es: ¿por qué la iglesia históricamente comenzó a edificar iglesias, a celebrar casamientos y a remarcar ciertas fechas? Necesitamos discernir entre lo que es la violación de un principio bíblico y lo que es la aplicación de la sabiduría que Dios nos ha ordenado buscar.

Al escribir este artículo me encuentro en un avión, camino a Perú. La Biblia en ningún lugar autoriza el uso del avión; es un invento moderno. ¿Debo no volar entonces? ¿O debo agradecer a Dios por el gran don de la mente humana, que pudo hacer aviones que me permiten servirle mejor?

Otro argumento popular es que la ceremonia o rito termina en vanas repeticiones. No hay duda de que toda ceremonia puede terminar siendo repetitiva y vacía. ¿Debo entonces abandonarla? ¿Debo dejar de agradecer a Dios por las comidas porque resulta factible que en algunas oraciones yo o alguien en nuestra mesa las considere repetitivas y sin gratitud sincera? Jamás. Como cabeza de hogar, mi rol es cultivar la gratitud y el reconocimiento de que Dios es el proveedor de nuestra vida. Abandonar el ritual no es la solución sino impregnarlo con verdadero sentido.

Necesitamos reconocer que para bien o para mal hay gran poder en las celebraciones, ritos y ceremonias. En el Antiguo Testamento, Dios instituyó ciertas celebraciones nacionales con el fin de ayudar al pueblo a recordar grandes eventos de la historia redentora. En el libro de Los Hechos encontramos a los apóstoles aún recurriendo a ella.

¿No sería sabio, que en vez de rechazar la religiosidad popular, buscáramos formas de llenar su gran vacío con las verdades y prácticas que llevan a las personas a conocer más profundamente al Dios verdadero? Necesitamos ayudar a la gente a que recuerde los grandes eventos de la obra redentora, y a que se goce de su profundo significado. Debemos ser los que llenamos el vacío espiritual, no con religiosidad sino con conocimiento.

¿Por qué no organizar dramatizaciones y actividades como actos de fe y testimonio donde manifestemos a todo el mundo lo que Dios realmente hizo? Hace algunos años, para Semana Santa, unos jóvenes de Mendoza hicieron una representación que resultó tan profesional y profunda que se les invitó a realizarla en lugares públicos y hubo gran respuesta de la población católica. Como resultado, las personas quedaron profundamente impresionadas y muchas conocieron al Señor.

A la vez, una dramatización navideña hecha por jóvenes o niños ayudará a que participen en el sentido mismo de la Navidad. El hecho de tener que memorizar sus partes basadas en las Escrituras, y de practicar muchos domingos, los ayudará a comprender su significado. Después será de testimonio para las familias y vecinos que puedan asistir al evento.

Aprovechemos estos eventos, pero requiere planificación, preparación y práctica. No dejemos que la pereza nos lleve a solo buscar unas vacaciones. Es una gran oportunidad para ayudar a las personas a que realmente conozcan a Cristo y puedan enseñar a nuestros hijos lo que es vital en nuestra fe. ¡Celebremos! ¡Adelante!

Apuntes Pastorales, Volumen XIV – número 2

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