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Iglesia

¿Qué vio Jesús?

2 mayo, 2012962 visitas

Quizás nos haya afectado la misma soberbia que motivó la construcción de Babel o el terrible desenlace que cayó sobre las pervertidas poblaciones de Sodoma y Gomorra. El hecho es que pocos vemos con simpatía las ciudades. Más bien las consideramos un mal necesario. Y no cabe duda de que en las ciudades las perversiones del hombre caído aparentan concentrarse con mayor fuerza: lujuria, sensualidad, violencia, libertinaje y materialismo desenfrenado.

 

La realidad de la ciudad, sin embargo, es demasiado compleja como para ser ignorada. En los últimos cien años el porcentaje de personas que han pasado a vivir en las grandes urbes ha crecido notablemente. Hoy, según estadísticas de las Naciones Unidas, más de la mitad de la población del mundo reside en ciudades, tres mil millones de personas. Para que la Iglesia sea eficaz en la extensión del Reino, está obligada a mirar la ciudad con otros ojos.

 

Un paso seguro para comenzar este proceso es observar la mirada que Jesús dirige a la ciudad. Los evangelios relatan que cuando se acercó por última vez a Jerusalén, «comenzó a llorar» (Lc 19.41 – NTV). Es obvio que Cristo veía más que un conjunto de edificaciones. No parecía que la maldad expresada inevitablemente en ese lugar le causara perturbación. La mirada de Jesús, más bien, iba cargada de compasión. «¡Cómo quisiera que hoy tú, entre todos los pueblos, entendieras el camino de la paz!» (Lc 19.42 – NTV). Le producía angustia el hecho de que no había logrado un renuevo en la población que los condujera a encaminar sus vidas hacia la paz.

 

Esta capacidad de agonizar por los que andan perdidos, en tinieblas, y de ver el vacío y la soledad en que viven la mayoría dentro de la ciudad es la que más moviliza el corazón del ministro. Se apodera de su ser una santa desesperación que lo lleva a aprovechar cada oportunidad, cada situación y cada espacio para sembrar las semillas que conducen a la paz.

 

Jesús se lamentó porque Jerusalén «no conoció el día de su visitación». Nos urge hacernos presentes en medio de una comunidad con profundas necesidades espirituales. Pero también debemos preparar el camino con oraciones y súplicas, con clamor y lágrimas, para que Dios haga lo que solamente él puede hacer: mientras nosotros nos dedicamos a hacer el bien, en nuestros lugares de trabajo, en las escuelas y las universidades, entre nuestros vecinos y parientes, es vital que el Señor abra los «ojos del entendimiento» de aquellos con los que compartimos la vida.

 

Solamente cuando eso ocurra será posible que perciban que Dios se mueve en medio de la ciudad, por la acción de su iglesia, cuya sagrada vocación sigue vigente. Cuando Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, «anduvo haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con El». Es fundamental que de esa misma manera se manifieste la Iglesia en la ciudad, para la transformación de comunidades enteras.

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