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Liderazgo

Tiempo útil

15 julio, 2008761 visitas

El horario

Un problema muy común entre los cristianos es la disciplina respecto al horario. Por lo general, los pastores y otros líderes en la tarea de la iglesia, carecemos de una rutina diaria formal, de manera que construimos nuestro propio horario cotidiano. Personalmente, encuentro útil escribir una lista de las actividades que debo desempeñar, luego determino las prioridades y trato de asignar a cada asunto pendiente el tiempo que presumo me tomará realizarlo.

Por las mañanas, me resulta de gran ayuda orar. Durante ese tiempo pienso y ordeno delante de Dios todo lo que pretendo realizar. Con ese hábito, uno rara vez se olvida de una cita. Cuando alguien olvida un compromiso, le pregunto: «¿Por qué asuntos estuviste orando esta mañana?» Creo que es de mucha ayuda orar al comienzo del día, pues de esta manera podemos afrontar de rodillas todo lo que nos espera: una responsabilidad muy grande que preferiríamos no asumir, o a lo mejor una persona con la cual nos vamos a ver; siempre encuentro que los problemas menguan si los afronto en oración antes de empezar el día.

El Dr. Martin Lloyd Jones me comentó en una ocasión que la presión sanguínea influye en el horario de más actividad de cada persona. Algunas personas despiertan frescas y lúcidas, y se van cansando progresivamente a lo largo del día. Otras despiertan cansadas, y en el curso del día van cobrando energías, y se encuentran en su mejor momento a las dos de la mañana. Mi presión sanguínea funciona de la otra manera; me acuesto muy cansado, pero despierto fresco, y encuentro maravilloso gozar de unas dos o tres horas antes del desayuno, sin las interrupciones del teléfono, cartero, visitas o familia. No importa el momento en que cada uno de nosotros dedique su tiempo a la oración; todos somos diferentes, y no tenemos que imitarnos unos a otros. Lo importante es que separemos tiempo para estar con el Señor a solas.

De igual modo, es cardinal dedicar un tiempo para leer. Necesitamos plantearnos una meta realista. Creo que todos podemos darnos un tiempo cada día para leer. En mi opinión, deberíamos emplear una mañana, o una tarde, o una noche por semana (en otras palabras, unas cuatro horas semanales) para leer un libro; si nos proponemos esto, podremos leer un libro por semana, es decir, más o menos cincuenta libros al año. ¡Vaya meta que podemos imponernos!

Tranquilidad

Un segundo punto de la disciplina del tiempo, se refleja en lo que podríamos llamar «días tranquilos». Yo tenía solamente veintinueve años de edad cuando me designaron rector de la Iglesia «All Souls», en 1950, y esta tarea me resultaba superior a mis habilidades y a mi experiencia. Las responsabilidades rápidamente me ahogaron y derribaron. Surgían eventos para los cuales había olvidado prepararme, e incluso, empecé a tener «pesadillas de pastor»: ¡estaba a mitad del camino al púlpito, y repentinamente recordaba que se me había olvidado preparar el sermón! Supongo que en aquellos días no estuve lejos de sufrir un colapso nervioso; pero un día fui a una conferencia para pastores, y uno de ellos hizo una sugerencia muy sencilla (de hecho, la única enseñanza que recuerdo de esa conferencia). Honestamente, creo que me salvó la vida. Él dijo que todo pastor debería tomarse un día tranquilo al mes, alejarse de su familia y su congregación, y ver hacia el futuro en los próximos meses, para saber hacia dónde se dirige.

Esa fue palabra de Dios para mí. Inmediatamente marqué en mi agenda cuál sería ese día al mes; puse una pequeña «T» de tranquilidad, y le pedí a un amigo que vive a pocos kilómetros de Londres que me permitiera pasar mi día en su casa; nadie más sabía dónde estaba, excepto mi secretaria, para el caso de que surgiera una emergencia. Aparté para mi día tranquilo aquellos asuntos que requerían tiempo, serenidad y oración: cartas difíciles de contestar, problemas sobre los cuales necesitaba meditar, un artículo que debía escribir, la planificación de los siguientes tres o seis meses. Lo único que puedo decir es que la carga se me aligeró inmediatamente, y casi nunca volví a tener «pesadillas de pastor». Estos días de tranquilidad de cada mes, se volvieron tan importantes que durante unos diez o quince años decidí que fueran semanales. Por eso recomiendo que cada uno separe por lo menos uno al mes, especialmente para planear hacia el futuro.

Tomado de Los problemas del liderazgo cristiano, de John Stott, ©Ediciones Certeza ABUA, 1990. Usado con permiso. Apuntes Pastorales XXV-1, todos los derechos reservados.

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