Pastorear: el desafío de nuestro continente
En cierta congregación, durante el tiempo de testimonios en el culto, doña Carmen agradeció al Señor porque al convertirse había encontrado en su iglesia local la familia que nunca había tenido. Había sido aceptada, amada y pastoreada. Varios años después visité nuevamente esa congregación, había crecido, pero doña Carmen ya no estaba y pocos sabían algo de «la hermana Carmen».
Eso me ha hecho meditar en los desafíos que tenemos en la pastoral hispanoamericana. Cuando el evangelio llegó por primera vez a nuestras tierras, una de las grandes ventajas de la pastoral evangélica fue la atención que logró darle a las personas. Las conversaciones, las oraciones, el consejo y el aprecio expresado por los primeros pastores (unido a otras formas de actuar del Espíritu de Dios) ayudaron a preparar el terreno para el gran crecimiento que ha tenido la iglesia en nuestros países. Sin embargo, ¡no pude encontrar a doña Carmen en su iglesia local! ¿por qué?
Como consecuencia del crecimiento numérico, la pastoral se ha ido profesionalizando e institucionalizando cada vez más y hemos dejado elementos fundamentales, así como aceptado modelos no muy convenientes.
Muchos pastores hemos asimilado el modelo de «consultorio sicológico» en la atención de los feligreses y esperamos que ellos lleguen cuando tienen necesidades (¡Eso sí, con previa cita!).
El modelo «gerencial» (Organización, planificación y delegación, ¡lograr que las cosas se hagan!) nos ha afectado al punto que somos tentados a perder el contacto con las ovejas que Dios nos dio a cuidar.
Hemos tragado la idea de que el pastor debe dedicarse a formar líderes (lo cual es cierto) y dejar que estos sean los que tengan el contacto con las ovejas. De repente llegamos a ser figuras de púlpito, diferentes a Jesús, quien fue el pastor de los discípulos (más de 70) y también de las calles, de los niños, de las multitudes.
Es necesario que volvamos a nuestras raíces pastorales. No estamos hablando del modelo de pastor que se dedicaba a mantener el culto y a visitar a los hermanos. La tarea y demandas pastorales son amplísimas y no estamos para hacer lo mínimo.
Lo que debemos recordar es que el pastor «huele a oveja» (no sólo a la adulta o a la líder) y para ser pastores, debemos estar con el rebaño. Es estar con los hermanos, reír y llorar con ellos, enseñarles y aprender de ellos. Permitir que en nuestra relación con las ovejas, los formemos y seamos formados.
¿Ha meditado sobre la forma que Jesús le dijo a Pedro de cómo podía mostrar su amor hacia el Maestro? «Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas» (Jn 21.1517). Pedro enseñó que la corona que vamos a recibir del Príncipe de los pastores, tiene mucha relación con haber cumplido nuestra tarea: «pastorear la grey de Dios» (1 Pe 5.4).
Es necesario volver a las prácticas y a los principios que dieron origen al crecimiento, los cuales son el modelo del Nuevo Testamento (Hch 2.4247):
Bautismo e integración de los convertidos a la comunidad de fe (pastoreo directo)
Formación doctrinal
Comunión entre los creyentes (comidas, santa cena, entre otros)
Orar juntos
Ayudar al necesitado
Alabanza y adoración a Dios
Señales del poder de Dios
Para mejorar en nuestro trabajo, es necesario que nos evaluemos:
¿Cuánto tiempo le estamos dedicando a las tareas y cuánto a las personas?
¿Qué tipo de relación estamossosteniendo con los hermanos?
¿Estamos dedicando tiempo sólo a los líderes u «ovejas adultas»?
¿Estamos compartiendo con los recién convertidos y con los no convertidos (niños jóvenes y adultos)?
¿Qué propósito tenemos al relacionarnos con los hermanos? (oración, consejo, diversión, ver su estado espiritual, ¿qué más se nos ocurre?)
Los apóstoles delegaron en los diáconos responsabilidades que les estaban distrayendo de su prioridad, pero nunca delegaron su llamado y su función prioritaria (Hch 6.17). El pastorear es nuestra tarea, debemos formar pastores, pero nunca dejar de pastorear y convertirnos en ejecutivos sin relación con la grey de Dios.
Comparto un bello ejemplo que leí en un libro. Un hermano en la fe, gerente de un Banco, al llegar a su oficina saludaba por nombre a la persona que abría la puerta, a la del ascensor, a la que limpiaba y claro está a sus colaboradores inmediatos. No tenía problema en detenerse y preguntar por el hijo enfermo o por el proyecto de vivienda de alguno de ellos. ¡Mente prodigiosa! Tal vez, pero lo que se dejaba ver en ese hombre era su interés en las personas, en los que de alguna manera Dios había puesto a su cuidado. Si eso hizo un gerente de banco, ¿cuánto esperará el Señor de los pastores?
¡Cuán bello es compartir con las ovejas, verlas crecer y madurar!, a pesar de que en alguna ocasión debamos sufrir.
Cuando el Señor regrese y lo vea decirle sonriente: Ven buen siervo y fiel (pastor) sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré ¡Qué satisfacción! ¡qué realización!
Le podremos decir entonces: ¡Misión cumplida, Gran Pastor!
¿Lo haremos?
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