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Liderazgo

¿Ya filtró su información?

15 julio, 2005598 visitas

Un dicho popular expresa que no hay más sordo que el que no quiere oír; y todos somos sordos en mayor o menor grado. ¿Se ha fijado en la actitud de indiferencia de un niño al que se le pide que deje de hacer lo que está haciendo? ¿No se comporta usted así también? Esas maneras de actuar están relacionadas con los filtros que todos poseemos.


Cada mensaje recibido pasa por un filtro que funciona igual que un filtro de agua, apartando las sustancias no deseadas. En este dispositivo se encuentra todo aquello que conocemos, creemos y valoramos, Por ejemplo, nuestra visión del mundo, es decir, un paquete completo de valores y creencias fundamentales sobre la vida. Además, está guardado allí el registro de las experiencias y procesos de aprendizaje de toda nuestra existencia, y todo aquello que creemos verdadero, junto con nuestros sentimientos al respecto, Finalmente, posee datos de lo que nos hace únicos, o sea, nuestra personalidad,


Una de las reacciones posibles del receptor de un mensaje es cerrar todo el filtro o rehusarse a escuchar, ¿No ha tenido alguna vez la impresión de que una pared le presta más atención que el grupo de gente que tiene delante, o ha esbozado una frase sobre el amor de Jesucristo para que otra persona, de mala manera, le responda que no quiere tener nada que ver con religiosos? Asimismo puede suceder que el mensaje sea escuchado pero malinterpretado (¿qué pensaría acerca de una coincidencia inmediata sobre conceptos como un cuerpo nuevo o vida después de la muerte en una cultura que cree en la reencarnación?), o también que el otro no reaccione de la manera en que el mensaje se lo pide, como el caso del niño que sigue golpeando con gran entusiasmo el teclado de la computadora aunque le hemos pedido de cinco maneras diferentes que deje de hacerlo,


Los filtros funcionan de la manera mencionada cuando tenemos convicciones firmes y no queremos cambiarlas, o cuando rechazamos totalmente al emisor y no deseamos relacionarnos con él. Sin embargo, muchas veces la persona se encuentra abierta y receptiva; en estas ocasiones, el filtro permite el paso de la información sin distorsionaría.


Es evidente, entonces, que muy a menudo existen diferencias entre el mensaje que el emisor pretende transmitir y lo que el receptor realmente percibe. Por esta razón es importante verificar si el oyente ha comprendido el mensaje; esto puede hacerse a través de preguntas directas sobre el contenido del mismo, pidiéndole que resuma en sus palabras lo dicho hasta el momento, o solicitándole que exprese su opinión sobre algún punto controversial. También es necesario conocer el trasfondo cultural del oyente y tener una idea general sobre sus valores y creencias, a fin de no incurrir en una ofensa y provocar que el paso de la información sea bloqueado.


El valor del contexto


En el plano social, una conversación se organiza no sólo en términos del hablante, a quién se dirige y en qué lengua, sino como un pequeño sistema de acción frente a frente, aceptado por cada uno de los participantes y gobernado por un ritual propio. El contexto en que se produce este intercambio es fundamental. Este tiene en cuenta lo que se dice y la forma en que se dice, es decir, las palabras, los gestos, las miradas, la distancia interpersonal, etc. Pero, a su vez, comprende los conocimientos que el emisor tiene sobre el receptor y que le permiten realizar alusiones o utilizar frases incompletas. Además, existe otro contexto mayor que incluye a los mencionados y es aquel en que se encuentran el conocimiento general del mundo que poseen ambos interlocutores y sus conocimientos específicos, lo que les permite realizar una serie compleja de relaciones entre lo expresado.


Con respecto a las palabras, el contexto determina la elección de un término, «atrayendo» el significado que mejor corresponde a lo que se quiere expresar; también, distingue el sentido y lo completa a través de matices diferentes que se van creando alrededor de la palabra; incluso, puede crear el significado de un término, haciendo posible la comprensión del mismo, como en el caso de un vocablo que no hemos escuchado nunca; por último, puede transformar un significado.


Sin embargo, aunque el contexto desempeña una función esencial, existen ciertos límites en su influencia; entre ellos, el ambiente general (por ejemplo, si se habla de un tema del área teológica, el término deberá ser interpretado de acuerdo a ésta>, y los conocimientos que poseen los interlocutores.


En conclusión, es innegable que toda información nos llega filtrada. Lo importante es ser concientes de la existencia de los filtros y mantenerlos limpios para que dejen pasar todo lo bello, bueno y verdadero. Asimismo, cuanto mejor conozcamos a nuestros interlocutores, sepamos de sus experiencias de vida, de lo que creen y consideran importante, de los valores que rigen su vida, y de los aspectos de su cultura que le son relevantes, entonces nuestras probabilidades de lograr una buena comunicación son mayores. Lo mismo vale también para nosotros mismos y la información que recibimos.

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