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Liderazgo

Del tratamiento a personas formando relaciones constructivas en la comunidad

15 julio, 2005601 visitas

El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen…» (2 Ti 2.24, 25)


Se dice hoy en día que no nos relacionamos sino que actuamos. “Performance” en vez de tratamiento. El relacionarse se ha convertido en una oportunidad para mostrar, esconder y usar. El sentido del ministerio, expresado en el marco de referencia escritural y monitoreado por el líder en calidad de supervisor, tomará forma en las relaciones que construya. Pablo insta a Timoteo a involucrarse en distintas relaciones y, a partir de aquí, edificar la Iglesia. La composición de la congregación de Éfeso —la iglesia a cargo de Timoteo—, posiblemente intimidó a este joven pastor, quien ya poseía cierto rasgo de timidez. Sabiendo Pablo que resulta imposible pastorear sin relacionarse con todos, el apóstol se muestra enérgico en este sentido.


1. Relaciones a evitar


El apóstol Pablo describe para Timoteo cómo ha de ser el comportamiento del siervo de Dios en los contextos de controversia.


(1) «No tengas nada que ver…» (1 Ti 4.7)


Pablo es enfático en advertir a Timoteo que ha de desligarse completamente del intercambio que gira alrededor de la leyenda mitológica, la especulación, la argumentación sin sentido, la polémica necia: «Deshecha las fábulas profanas y de viejas». La Biblia de las Américas traduce este versículo: «Pero nada tengas que ver con…»


Todo esto parece proceder de un ego inflado que tiende, a su vez, a inflar el ego de las personas. ¿Qué ha suscitado toda esta labia? Algunas personas de la iglesia en Éfeso aparentemente habían reemplazado la revelación por la especulación, lo cual había repercutido en la ruptura con Dios, pues «niegan su poder»
(1 Ti 3.5), y en la idolatrización del ser humano se han vuelto «amadoras de sí mismas» (1 Ti 3.2).


Frente a todo esto, Timoteo tiene que hacer “oído sordo”. No hay aquí invitación al diálogo, a cruzar un esquema o una frontera, a considerar otros paradigmas de conocimiento con el ánimo de alcanzarlos. La instruccion apostólica es tajante: «No tengas nada que ver» con el argumento y el argumentador. En ese pluralismo la advertenciae es no involucrarse. ¡Distanciamiento total!


(2) El siervo del Señor no debe andar «peleando» (2 Ti 2.24–26)


El siervo del Señor actúa en concordancia con lo que es: «siervo». Consecuentemente, su criterio de acción es el “deber” y no el “parecer”. Sólo el que se asume siervo actúa guiado por el deber.


– No debe andar peleando, buscando “camorra”.


El siervo-pastor no está para ganar controversias, salir victorioso de altercados, producir “knock-outs” intelectuales y espirituales. Aquí se insinúa ahorrar vida —vida intelectual y espiritual— para «pelear la buena batalla» (1 Ti 6.12; 2 Ti 4.7). Si el siervo-pastor ha de pelear, que su agenda combata lo esencial, no lo frívolo.


– Sí debe ser un maestro amable.


Un maestro que actúe con delicadeza y gentileza. La verdad bíblica hace de los siervos de Dios luchadores gentiles. Su fuerza es la fuerza de la verdad, y ésta no entra con presión sino con la amabilidad. Su pelea es un esfuerzo, no por “salirse de su esquema”, sino por atraer a otros al suyo. Toda su combatividad se orienta a manifestarse gentil, no con la esperanza de que el adversario se convierta en su amigo y admirador, sino que se reconcilie con Dios. El siervo de Dios debe poner al adversario en la relación correcta: en última instancia este último es un adversario de Dios y un aliado del diablo. Ha de pelear, pues, no para destruirlo sino para ganarlo. En este esfuerzo saca a relucir no sólo su mejor argumento («instruirlo»), sino su mejor cualidad: la ternura. En el transfondo de este cuadro se destaca la imagen del “siervo sufriente” del profeta Isaías, quien asimiló la maldad sin resentimiento. Se trata de exorcizar la maldad con la ternura.


2. Relaciones a construir


En 1 Timoteo 5, el apóstol Pablo describe en detalle la composición de la iglesia en Éfeso, congregación que él mismo ayudó a fundar. Luce más como un tapete o un tejido que como una unidad homogénea. Timoteo, el tímido, es instruido por su discipulador a «tratar», o sea, involucrarse en esta red de relaciones. «Tratar» es cultivar relaciones. El ánimo que nutre e inspira este tratamiento no radica en ganar seguidores, adeptos o donantes; es edificar al pueblo de Dios, entendiéndose por ello el conducirlo hacia la madurez y la realización de los ideales bíblicos.


Revisemos algunos principios del tratamiento a las personas que Pablo enseña a Timoteo:


(1) Incluir más que excluir


Nadie debe quedar fuera de la bendición de ser tratado. Para ello, Timoteo precisa cruzar fronteras de edad, género, experiencia, clase social, condición espiritual. Su presencia debe contribuir a que cada cual se sienta “iglesia”. A su vez, su presencia ha de modelar a los distintos grupos sobre cómo tratarse unos a otros.


(2) Relacionarse guiado por el vínculo familiar


Timoteo precisa hacer uso de la experiencia de familia. Trae la contribución de este orden de la creación en la edificación de la iglesia, confiando en que dicha experiencia haya sido saludable (y la de Timoteo parece haberlo sido). El vínculo de familia enseña que a los mayores se les debe respeto y afecto; a los de la misma edad, afecto natural y respeto de las fronteras que los individualizan. Esta aplicación de la experiencia de familia en la construcción de las nuevas relaciones impedirá la anarquía generacional, el uso y abuso de personas, y facilitará la convivencia generacional.


A los jóvenes no se les debe tratar como a “subordinados” sino como a hermanos y hermanas, y con «toda pureza», aplicable hoy a ambos sexos. No son en primer lugar jóvenes-jovencitas, hombres-mujeres, masculinos-femeninos, sino ante todo hermanos-hermanas (vv. 1 y 2), y esta condición delimita claramente las fronteras. Ellos son seres de afecto, pertenencia, intercambio. El trato «con toda pureza» no deja ningún margen a la ambigüedad. Le permite al joven pastor movilidad, desplazamiento con libertad, apreciación rica y única del otro, potenciando la comunión y la experiencia con Dios.


(3) Hacer uso de la fe y de las obras


Timoteo ha de utilizar este principio para tratar a los “desamparados”; en el caso de la iglesia en Éfeso eran las viudas. Este principio —el binomio de oro: “fe y obras”—, que es “religión llevada a la práctica”, le ayudará al pastor a ver en la congregación más que miembros o asistentes. Le permitirá ver los desamparados; le facilitará identificar a los que «de veras» lo están. Lo preparará para movilizar recursos no por “asistencialismo”, filantropía o sentimentalismo, sino por razones de fe, por la convicción de que un hijo de Dios es, a su vez, un hermano y un prójimo. A Timoteo le debe mover la convicción de que Dios está formando un pueblo donde los “desamparados” son amparados. Este actuar de fe y en fe califica la iniciativa del siervo de Dios, pues en esencia no se trata de reunir dinero sino de movilizar pueblo, de gestar un avivamiento de la solidaridad. Para el siervo de Dios, el desamparado deja de ser sólo «un estómago vacío», sino que se convierte en un ser humano con derecho a la pertenencia. Esto es lo que seguramente se insinúa por tratamiento «honroso» (cf. v. 3).


(4) Ejercitar la ecuanimidad, la imparcialidad y la cautela


Si el anterior era “el principio del binomio de oro”, éste puede ser nombrado “el principio del trípode sólido”. Esta máxima guiará el tratamiento de Timoteo al liderazgo en la esfera salarial, disciplinaria y de reclutamiento. Por ésta podrá sopesar la «gobernación» (tarea de los líderes), y proceder acorde con el verso 17. El “supervisor” Timoteo se ha de fijar no sólo en que el equipo de liderazgo de la iglesia cumpla sus tareas, sino que las haga «bien»; que no solamente trabajen, sino que lo hagan duro; no por activismo, sino con un plan en mente. La recompensa para este desempeño es el «doble honor» (v. 17). Esto implica una remuneración económica y laboral, con salario y afirmación. El líder ha de sentirse reconocido y apreciado por parte de su “supervisor”.


Este principio también guiará a Timoteo a tratar a quienes se hallan bajo crítica o acusación. Podrá diseñar un proceso de cercioramiento (v. 19) que le impida una iniciativa precipitada, una reacción no justificada o una decisión no sustentada. Si descubre que la acusación es cierta, entonces cuenta con una base firme para proceder disciplinariamente. En eso, la imparcialidad se vuelve un imperativo. ¡Cuánto desastre causan favoritismos y prejuicios en áreas como la política salarial, la asignación de trabajos, el reclutamiento de nuevos líderes, la asignación de ayuda; más aún cuando el guía espiritual tiene que confrontar pecado en la iglesia!


Igualmente, la aplicación del principio de la ecuanimidad, imparcialidad y cautela ha de dirigir su acción cuando se trata de reinstalar o reclutar a personas. Entonces, disfrutará de la bendición de no tener que precipitarse. Un tratamiento humano a partir de este “trípode” provee mucha estabilidad y protección.


(5) Involucrarse en la mediación de la «esperanza»


El concepto de la esperanza cristiana es fundamental en el tratamiento a los «ricos de este mundo» (1 Ti 6.17). El tema es “esperanza” y no la filosofía dialéctica o la teología de la prosperidad. Timoteo ha de comprender que los que ponen su fe en la esperanza bíblica creen que es «Dios que nos provee» y no las riquezas; y Dios provee «abundantemente de todo para que lo disfrutemos» (v. 17). ¡Qué definición de Dios tan esperanzadora! En Dios encontramos el modelo por excelencia del verdadero rico. La esperanza en Dios permite «atesorar para sí un seguro caudal para el futuro», obteniendo de este modo «la vida verdadera»
(v. 19, NVI).


Entonces, la tarea para el guía espiritual es proveer a los ricos de una nueva cosmovisión para que a la luz de la misma evalúen el amar al dinero, descubran la verdadera riqueza, sepan el destino de la fortuna y, por último, abracen la genuina esperanza. Por este principio Timoteo ayudará al rico no a que deje de serlo, sino a que lo sea de verdad. Sólo en esta manera de “ser rico”, la persona rica descubrirá su misión.


El siervo de Dios está llamado a tratar a los ricos no por razón de los “déficits presupuestales” de la iglesia, sino por razones de la esperanza bíblica. Si en el rico solamente se ven bolsillos llenos y chequeras abultadas, el tratamiento va a ser más mercantil que fraternal. El siervo de Dios tiene la oportunidad única de perfilar en el rico el carácter de Dios, haciendo creíble esta esperanza para el que no la tiene. Quien carece del carácter generoso de Dios no se acuartela en la esperanza bíblica por oír nuestro discurso, sino por ver esa esperanza, por sentirse tocado y afectado por la misma.


3. Relaciones a prefigurar


Edificar precisa tratar. La comunidad cristiana es llamada a prefigurar la nueva humanidad que anuncia nuestra utopía. Ésta es la garantía de nuestro discurso. En la construcción de la comunidad el líder, llamado «SIERVO DE DIOS», es un instrumento decisivo. El líder modela, traduciendo en las relaciones comunitarias la cosmovisión bíblica que da paso a dicha nueva humanidad.


Haciendo uso de estos principios como timón podremos conducir a nuestros movimientos a “gustar” en forma de “aperitivo” la maravilla de la utopía del Reino, y a encender en nuestros hermanos y hermanas, dondequiera que se encuentren, el entusiasmo misionero de reproducir minúsculos testimonios de un anticipado proyecto que ya vivieron.


Jorge Atiencia es el actual Secretario de capacitación para América Latina de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (CIEE). Es un reconocido expositor bíblico, escritor y conferencista.

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