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Predicación

El Perdón

15 julio, 2005533 visitas




Introducción


Todos debiéramos tener un cementerio en casa. Un cementerio de buen tamaño dónde enterrar las faltas de nuestros semejantes.«Yo jamás perdono», le dijo a Juan Wesley un general americano. «Entonces, señor, espero que usted jamás peque», le contestó Wesley.


Todos ofendemos y todos necesitamos ser perdonados. Y si nosotros hemos recibido perdón, también debemos dar perdón: «perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Ef. 4.32). Cuando rehusamos perdonar, nuestra comunión con Dios queda entorpecida. «Porque si perdonáis a los hombres su ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mt. 6.14-15). No habla aquí del perdón para la unión con Dios, sino para la comunión con Dios, porque habla a los que ya somos hijos de Dios.


Leí la historia de un cristiano que había decidido tirar la toalla en la lucha por salvar su matrimonio. Todo había ido bien durante los primeros años, hasta que imprevistamente sobrevino la primera noche en que ella rehusó hablar.


Los niños charlaban alegremente, y ella sonreía, como de costumbre. Pero entre ellos había una sombre gris. El silencio inicial se convirtió en largos meses de abatimiento. Finalmente, la situación se hizo insostenible para ambos y decidieron acudir en busca de ayuda. Sin embargo, ni el pastor, ni el médico, ni el psiquiatra lograron romper aquel silencio. Hasta que una noche, después de haber bebido más de la cuenta, ella comenzó a hablar y el relato oculto salió a la luz. Ella le había sido infiel, «pero no te voy a decir quién fue» agregó, «y no vas a adivinar. Jamás sospecharás quién fue».


El insistió día tras día, hasta que finalmente una noche se lo dijo. Había sido su mejor amigo. Aquel creyente se quedó sentado donde estaba. Algo dentro de él se volvió amargo y se extinguió; hasta la sangre se le volvió amarga.


«¡Ah…, pero me las va a pagar!» se dijo a sí mismo vez tras vez, «Lo voy a denunciar en la presencia de su esposa. Es una mujer orgullosa. Cuando se entere le hará la vida imposible. Lo voy a revolcar en el barro hasta que no pueda levantar la vista para enfrentarse con un gusano».


Toda esa noche anduvo vagando por los montes cegado por la amargura. Por momentos hirviendo de ira, por momentos congelado por el odio. El alba lo sorprendió temblando con ganas de vengarse, con los ojos enrojecidos.


Era domingo. «Nunca sabré cómo fui a la iglesia aquel día», dijo más tarde. «Algo dentro de mí, que yo mismo no podía oír, debe haber estado pidiendo ayuda. Entré silenciosamente.


Y allí me topé con él. Con la mano extendido y la sonrisa de siempre, con un saludo falso. Se me estremeció la mano en el bolsillo; no la podía sacar. La lucha debe haber durado una fracción de segundo, pero a mí me pareció una eternidad.


–No lo perdonaré jamás– me había dicho en el transcurso de una amarga y larga noche.


–Me va a pagar cada uno de los momentos amargos que me ha hecho pasar durante estos 10 años de miseria– Pero en eso momento todo el odio que anidaba mi corazón chocó con las palabras que vinieron a mi mente cuando me vi frente a frente con mi amigo, el enemigo. Las palabras que impensadamente había expresado en oración miles de veces, –perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores…–


Luego, con un gemido en el alma, saqué la mano del bolsillo y tomé la suya. Tomé la mano del hombre que había traicionado todo lo que ya amaba. El hombre que había arruinado mi vida entera por unos minutos de pasión.


Por primera vez en mi vida supe lo que era perdonar. Por primera vez experimenté la sensación de libertad, de liberación, de sentirme más liviano que el aire a medida que la intolerable carga de la amargura me abandonaba. Y esa nueva libertad no sólo me dio la fuerza necesaria para continuar. Me dio los medios para atravesar la barrera que se había levantado entre mi esposa y yo. A partir de entonces comenzó el lento proceso de recuperación».



Para reflexionar


¿Has sido ofendido? ¿Te has sentido insultado, marginado, engañado, traicionado, defraudado, criticado injustamente? ¿Hay alguien en tu vida a quien tengas que perdonar? ¿Qué detalles nos da Dios acerca de esta tarea tan difícil?



Trasfondo


Cuando entregamos nuestras vidas a Dios somos transformados en nuestra forma de pensar (1, 2), en nuestra forma de adorar (3-8), en nuestra forma de amar (9, 10), en nuestra forma de servir (11, 12), nuestra forma de responder a la necesidad (13), nuestra forma de responder a la persecución (14), desarrollamos simpatía (15), para desarrollar relaciones armoniosas con los creyentes (16).



Idea Central: Debemos entregar nuestras vidas a Dios para ser transformados de modo que nuestra vida llegue a estar caracterizada por el perdón (Ro. 12.17-21)



Aunque la palabra perdón no aparece en este pasaje, tenemos aquí una descripción bastante completa de lo que el perdón es.



I. El perdón es la alternativa a la venganza. (Ro. 12.17a)


A. El perdón levanta el ánimo.
Alguien ha dicho que cuando hacemos mal, nos colocamos por debajo de nuestro enemigo; cuando nos vengamos, nos colocamos al nivel de nuestro enemigo; pero cuando perdonamos, nos colocamos por encima de nuestro enemigo.



B. La violencia engendra violencia.
Cuando decidimos vengarnos, entremos en una espiral descendente que inevitablemente nos arrastrará. Como un bumerang, la venganza volverá y nos golpeará inevitablemente con amargura y rencor.



«Pero», podría decir alguno, «¿no dice la misma Biblia, “ojo por ojo y diente por diente”?» Si. En Éxodo 21.23-25 leemos, «Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe pro golpe». No obstante, hay dos observaciones que se pasan por algo al citar este pasaje para dar apoyo a la venganza.



En primer lugar, la «ley de talión», como se le llama, tenía como propósito limitar la venganza. La «vendetta» y la enemistad de sangre era una de las características de la sociedad tribal de aquellos tiempos. Si un miembro de una tribu mataba o dañaba a otro miembro de otra tribu, la obligación de todos los varones miembros de la segunda tribu era la de vengarse de todos los varones miembros de la primera tribu. Y esta venganza, desde luego, no era otra cosa sino la muerte. La ley de talión limita deliberadamente los alcances de la venganza. Establece que solamente deberá ser castigado el responsable por la herida y que su castigo no debe ser mayor que la herida que hubiera provocado.



En segundo lugar, la ley de talión nunca dio al individuo como tal el derecho de tomarse la justicia en su propia mano. Siempre se trataba de una ley que era aplicada por un juez mediante un proceso legal de carácter público (Éx. 19.18). Esta ley nunca tuvo como propósito darle al individuo el derecho de venganza.



Finalmente, por si hubiera alguna duda, tenemos las palabras del mismo Señor Jesucristo dándonos la interpretación correcta de la intención de la ley de talión: «Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo (en el sentido de tomar alguna venganza); antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y el que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehuses».



II. El perdón es motivado por el deseo de dar un buen testimonio de Cristo (17b)


A. Existen diferentes pautas de conducta.


¿Cómo es posible hacer lo bueno delante de personas que tienen diferentes pautas de conducta? La humanidad está dividida en dos bandos – los hijos de Dios y los hijos del diablo – los que están e tinieblas y los que están en la luz – los que están bajo condenación y los que tienen su pecados perdonados – los que reciben a Jesucristo como su Salvador y los que rechazan a Jesucristo – los que se rigen por las normas que Dios nos ha dado en Su Palabra y los que se rigen por los deseos de la carne, el mundo y el diablo.



B. La responsabilidad de hacer lo bueno


¿Cómo es posible hacer lo bueno delante de todos los hombres? Haremos la bueno delante de todos los hombres cuando no traicionemos las normas de Dios ni delante de los creyentes ni delante de los incrédulos.



El verbo traducido «procurad» significa literalmente «pensad con anticipación». Esto sugiere que nuestra conducta como cristianos no ha de estar regida por las reacciones impulsivas, ni por el hábito. Al contrario, debemos de actuar pensado en las consecuencias de nuestra acción de manera que no vayan a traer mancha al evangelio y al Señor que nos ha rescatado.



C. El testimonio de Jesús


El perdón es motivado por el deseo de dar un buen testimonio de Jesucristo. Cuando perdonamos estamos dando testimonio de que Dios perdona, porque perdonamos como resultado de haber sido ya perdonados.



Después de languidecer por meses en las prisiones de Hitler, un cristiano llamado Martín Niemeller salió diciendo, «Me llevó un largo tiempo aprender que Dios no es enemigo de sus enemigos». Por la misma razón el hijo de Dios perdona: porque ha escogido no ser enemigo de sus enemigos.



III. El perdón será la forma de que procuremos la paz para con nuestros semejantes (18)


El mandamiento «estad en paz con todos los hombres» está basado en dos condicionantes. Estos dos condicionantes nos muestran lo difícil que es hacerlo realidad.



A. La posibilidad de perdonar.


En primer lugar dice, «si es posible». Es nos indica que habrá oportunidades en que las mejores intenciones y los mejores esfuerzos se verán frustradas. No siempre es posible estar en paz con todos los hombres. Dada la pecaminosidad de nuestro corazón, lo que hagamos para agradar a unos, va a desagradar a otros. Por eso debemos decidir agradar primeramente a Dios. Pero cuando decidimos agradar primeramente a Dios, los que se oponen a Dios se va a oponer a nosotros. Jesucristo dijo, «A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos. No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su madre, a la hija contra su madre, y a la nuestra contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no s digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará». (Mt. 10.32-39)



B. Evitar los conflictos.


En segundo lugar, el mandamiento «estad en paz con todos los hombres» está condicionado por «en cuanto de vosotros dependa». Nuestra responsabilidad será evitar los conflictos mediante el perdón. Proverbios 19.11 dice, «La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa».



Juan Wesley tenía un empleado llamado José Bradford, fiel, pero sujeto a cambios de temperamento. Wesley le mandó un día a dejar un paquete de cartas al correo. Bradford quería escuchar el sermón de la tarde primero. Wesley tenía prisa e insistió. Bradford se volvió a negar. «Entonces», dijo Wesley, «debemos separarnos». «Muy bien, señor», dijo el empleado. Pasó ese día y durmieron. Cuando se levantaron a la siguiente mañana, Wesley le preguntó a su amigo si había considerado lo que había dicho la noche anterior. «Si, señor», repuso Bradford. «¿Y debemos separarnos?», preguntó Wesley. «Como guste, señor», fue la respuesta. «¿Me pedirás perdón?», preguntó Wesley. «No, señor». «Entonces», dijo Wesley, «te pediré a ti que me perdones». Bradford se quebrantó ante aquel ejemplo y lloró como un niño.



Tengamos cuidado de andar dando falso perdón. Hay por lo menos cuatro clases de falso perdón (Thomas Hale)


1. El «perdón» que rebaja a la otra persona, y hace a la otra persona deudora nuestra, o que nos hace «santos» a expensas de la otra persona.


2. El «perdón» que no nos lleva a intentar la reconciliación, sino que sólo es dado para tranquilizar nuestra conciencia. Tal perdón no es de corazón.


3. El «perdón» que sólo es una fachada, que nos permite guardar por dentro dolor o enojo. Recuerda que la represión es un mecanismo natural e inconsciente, que, aunque ofreciendo alivio temporal de una emoción dolorosa, a la larga resulta destructivo. No permitas que tu perdón se convierta en un medio de reprimir sentimientos que están ahí y tienen que ser reconocidos, controlados y solucionados.


4. El «perdón» que no olvida. El verdadero perdón olvida el agravio. Como el amor, «no guarda rencor» (no lleva registro de maltratos) (1 Co. 13.5). Es verdad, la herida será guardada en la memoria, pero no nos va a corroer. No vamos a traerla a colación vez tras vez. La cicatriz permanece, y podemos verla; pero la herida habrá sido sanada. No hay dolor. Este es el significado de olvidar. Si no hemos olvidado, lo más probable es que no hayamos perdonado.



C. Cómo proceder.


¿Qué puedes hacer cuando has hecho todo lo que debías y la otra persona continúa levantando una barrera de hostilidad en contra tuya?



1. Debes preguntarte si has hecho «todo lo que debías». Tenemos que confesar que a veces sólo hacemos el amago de cumplir con nuestra parte.



2. En caso de hostilidad.
Pero puede llegar el momento en que la hostilidad de la otra persona es tan profunda que no importa lo que tú hagas, va a ser rechazado o mal interpretado. Nada de lo que hagas será «correcto» a los ojos de esa persona. Entonces debes retirarte de la confrontación y esperar en el Señor. «Esperar en el Señor» no significa lavarte las manos de

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