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Liderazgo

Sé un padre para tus hijos

15 julio, 2005614 visitas

Mi querido Timoteo:



Para proteger a quienes fueran inocentes en el caso que sigue omito la identidad del lugar y los protagonistas. Algo ocurrió recientemente en una de las escuelas de una ciudad de EE.UU. que dejó al mundo entero en profunda consternación. Me refiero a una masacre por parte de dos estudiantes.


Quince personas, incluyendo un profesor y los dos protagonistas de la tragedia, resultaron muertos. Los dos culpables cometieron suicidio. Además, hubo muchos heridos, y algunos de ellos quedaron lisiados permanentemente. Sin abundar mucho en los detalles, el incidente fue el siguiente:


Dos jóvenes, uno de 18 años de edad y el otro de 17, llegaron a la escuela ese día de abril de 1999. Pertenecían a una banda de muchachos que se distinguían por su abrigo. Usaban una especie de trinchera negra. No sobresalían por sus notas escolares. Hablaban con frecuencia secretamente entre sí, y no tenían muchos amigos.


Como a las once de la mañana entraron a la biblioteca de la escuela, sacaron de entre sus ropas armas de fuego y comenzaron a disparar. Más o menos a esa misma hora empezaron a estallar bombas en diferentes partes del edificio. Los fusiles de los dos muchachos y las bombas escondidas que explotaron cobraron sus víctimas, muchos más quedaron heridos y los escombros volaron por todas partes produciendo daños mayores a los edificios escolares.


Alguien llamó a la policía, quien entró a la escuela sin saber qué estaba ocurriendo ni cuántos armados había entre los que disparaban. Después de atender a los heridos y rescatar a los estudiantes que todavía estaban ilesos, comenzaron a examinar la situación.


Además de los quince muertos en la masacre hubo muchos heridos. Esta tragedia conmovió no sólo a los habitantes de la ciudad donde ocurrió sino a todo el país y a muchos más alrededor del mundo.


Traigo a cuentas este suceso, Timoteo, no sólo por lo trágico del caso, ni por la sacudida alarmante que la noticia espantosa causó en el mundo entero, sino por lo extraño de las motivaciones que impulsaron a esos dos muchachos a llevar a cabo tan fatal estrago.


¿Qué los hizo hacer tal cosa? ¿Qué había en ellos, en su trasfondo, en su ambiente, en su psiquis, en su corazón, que los hizo cometer esa locura? ¿Cómo se les ocurrió elaborar tan nefando plan, determinar cómo y cuándo lo llevarían a cabo, quiénes serían las víctimas y qué harían ellos mismo después?


Todo esto está presente hoy en mi mente y mi corazón.


Lo primero que me preocupa tiene que ver con la condición de los hogares en que estos jóvenes fueron criados, los que, se supone, deberían haber servido de albergue, de refugio, de amparo, de nido para estos dos adolescentes.


Durante la niñez de estos muchachos, su infancia, sus primeros días escolares, su entrada a la adolescencia; durante toda su vida, tan corta como fue, ¿dónde estaban esos padres? ¿Dónde estaba el cariño hogareño? ¿Dónde el afecto del papá? ¿Dónde el amor de la mamá? ¿Dónde la solidaridad familiar? ¿Dónde la enseñanza moral? ¿Dónde la cultura? ¿Dónde el ejemplo? ¿Dónde la disciplina? ¿Dónde el patrón espiritual?


¿Habrán visto alguna vez una Biblia en el hogar? ¿Habrán conocido lo que es el “altar familiar”? ¿Habrán observado en su padre ejemplos de espiritualidad, de integridad, de amor verdadero hacia su esposa, de interés genuino hacia sus hijos? Yo no sé la respuesta, pero obviamente algo faltaba.


Surge de todo esto, mi querido Timoteo, el deseo de dejar contigo algunos consejos tanto de mi corazón como de mi experiencia personal.


Como ministros de Dios, el llamamiento al ministerio embarga profundamente tanto nuestro afecto como nuestra pasión, pero ten siempre en cuenta que nuestra primera prioridad, después de nuestra consagración personal a Dios, no es el ministerio: es nuestra familia. El apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios, dijo algo importantísimo tocante a la relación entre el matrimonio y el ministerio:


“Yo preferiría que estuvieran libres de preocupaciones. El soltero se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. Pero el casado se preocupa de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su esposa; sus intereses están divididos” (1 Co. 7:32-34, NVI ).


Hay algo velado y muy sutil en esto. Cuando el ministro presta la mayor parte de su atención al ministerio y no a su esposa y a sus hijos, la familia ve el ministerio casi como una competencia. Poco a poco la familia va sintiendo que tiene que luchar tenazmente para lograr cuanto menos algo del interés del esposo y padre; lentamente comienza a entrar el resentimiento y aun, a veces, el odio contra lo que para ellos ha llegado a ser el enemigo de la familia. ¿Y qué es ese enemigo? El ministerio del esposo y padre.


En cambio, cuando el ministro se asegura de que la familia tenga siempre el primer lugar en su vida, brindándole su mayor atención, interés y tiempo, cada miembro de la familia se sentirá entonces parte del ministerio, y al estar convencido de esto, contribuirá a que el ministerio sea un éxito.


Hay algunas cosas específicas que pueden ayudar a que exista esta comprensión entre el ministro y su familia:





  1. Presta oído a tu esposa, Timoteo.
    Pon atención, con mucha paciencia y amor, a sus angustias y lágrimas. No trates de defenderte, menospreciando sus sentimientos y emociones. Lo que ella siente es, para ella, tan innegable como lo son las luchas que tú, Timoteo, tienes en el ministerio. Ella necesita que le des, con sinceridad y compasión, tu afirmación, tu atención, tu cariño y tu amor.


  2. Algo más mi querido Timoteo.
    Ten, todos los días, un tiempo de devoción con tu familia. Practica, como regla de vida, el “altar familiar”. Junto con tu esposa y tus hijos lee una porción de la Biblia. Linda y yo leemos el capítulo de Proverbios (son 31 capítulos) que corresponde al día del mes. Luego, con todos a tu lado, lleva a Dios tus cargas e inquietudes. Él dará respuesta a tu clamor. Esta práctica servirá de ejemplo y guía por toda la vida de tus hijos. Mi esposa y yo lo hemos hecho a través de todos nuestros años de casados. ¿Dónde lo aprendí? A los pies de mis padres desde hace más de setenta años, y el ejemplo de ellos ha sido parte de mi vida durante todo este tiempo.


  3. Es también importante que tengas momentos especiales de compañerismo íntimo sólo con tu esposa.
    Cuanto menos, una vez cada dos o tres semanas realicen los dos algún paseo. Quizá puedan ir a algún restaurante o lugar donde no sean conocidos y tener dos o tres horas de estar juntos y gozar mutuamente del encanto de los esposos que se quieren profundamente. Tanto tú como tu esposa lo necesitan.


  4. También, Timoteo, bríndales mucha atención a tus hijos.
    De no ser los padres quienes se prestan para que los niños expresen sus gustos y agrados, así como sus preocupaciones y zozobras, ellos compartirán sus inquietudes con los colegas escolares, muchos de los cuales no son el ejemplo que los guiará por el buen camino.

Las personas que más influencia pueden y deben tener en los hijos son los padres, pero muchas veces ellos están tan ocupados en cosas que nada tienen que ver con la familia, que los niños quedan abandonados. Por eso ocurren, a un nivel u otro, tragedias como las que ocurrieron en la escuela mencionada.



El Antiguo Testamento nos habla con claridad meridiana de lecciones que debemos dar a nuestros hijos. Traigo a cuentas el pasaje en el libro de Josué que expresa cómo enseñarles la forma en que Dios protege a los suyos. El pasaje dice:


Entonces Josué reunió a los doce hombres que había escogido de las doce tribus, y les dijo: “Vayan al centro del cauce del río, hasta donde está el arca del Señor su Dios, y cada uno cargue al hombro una piedra. Serán doce piedras, una por cada tribu de Israel, y servirán como señal entre ustedes. En el futuro cuando sus hijos les pregunten: “¿Por qué están estas piedras aquí?” Ustedes les responderán: “El día en que el arca del pacto del Señor cruzó el Jordán, las aguas del río se dividieron frente a ella. Para nosotros los israelitas, estas piedras que están aquí son un recuerdo permanente de aquella gran hazaña”. (Jos. 4:4-7, NVI).


Si nosotros, Timoteo, no dejamos ejemplos para nuestros hijos que les declaren la grandeza de Dios, ellos no sabrán que creer. Hemos de dejar ejemplos, como las piedras de Josué, para que cuando ellos se encuentren en dudas puedan recordar las “piedras” que vieron en nuestro hogar.


Tenemos en la Sagrada Escritura la gran lección del sabio Salomón: Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará. (Pr. 22:6, NVI).


Esa es la primera responsabilidad de los padres. Y es precisamente porque muchos no asumen ese cargo que la sociedad se está destruyendo.


Mi querido Timoteo, sé, en el sentido más estricto de la palabra, el PADRE de tus hijos. Y sé también, en el sentido más riguroso de la palabra, el ESPOSO de tu esposa. Así Dios te honrará, y tú servirás de ejemplo vivo a tantas personas que necesitan tu orientación. El tesoro más grande que tú tienes, el legado más importante que dejas a tus descendientes, es tu reputación. Protégelo con tu vida misma. Manténte justo. Cuida tu testimonio. Conserva tu pureza. La vida de tus hijos y la de los hijos de ellos dará testimonio de que, en efecto, fuiste verdaderamente un auténtico y legítimo padre y esposo.



Apuntes Pastorales Volumen XVII, número 2 / enero – marzo 2000. Todos los derechos reservados

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