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Vida Cristiana

Nuestra tendencia hacia el desequilibrio religioso

15 julio, 2005698 visitas

Es moneda de uso corriente considerar que la raza humana, en general, ha perdido el sentido del equilibrio, y tiende a la asimetría casi en cada cosa que piensa o hace. Los filósofos religiosos se han dado cuenta de esta falta de simetría, y han tratado de corregirla enseñando de una forma u otra la doctrina del “justo medio”. Confucio, por su parte enseñó “el camino medio”, y Buda enseñaba a sus seguidores a cuidarse tanto del extremo ascetismo, como del regalo del cuerpo. Aristóteles creía que la vida perfecta era aquella que hallaba el balance entre el exceso y el defecto.


El cristianismo, estando en completo acuerdo con todos los hechos de la vida, toma en cuenta esta falta de equilibro moral en la vida humana, y ofrece, no una filosofía nueva, sino una vida nueva. El ideal al cual aspira el cristiano no es caminar por el camino perfecto, sino experimentar una total renovación de la mente, para ser conformado a la semejanza de Cristo.


Por eso mismo, el hombre regenerado tiene a veces momentos más dificultosos que el no regenerado, porque él no es un solo hombre sino dos. Siente dentro de sí un poder que lo impulsa a la santidad y hacia Dios, mientras que al mismo tiempo es un hombre hecho de arcilla e hijo de Adán en la carne. Este dualismo moral es para él una fuente de problemas y tensiones, cosas que no conoce el que no ha nacido de nuevo. Por supuesto, la crítica clásica de este asunto es el testimonio de Pablo en el capítulo siete de Romanos.


El cristiano verdadero es un santo en embrión. Los genes celestiales están en él, y el Espíritu Santo está trabajando para hacerlo desarrollar espiritualmente, de modo que esté de acuerdo con la naturaleza celestial del Padre, del cual ha recibido el depósito de vida divina. Pero todavía está aquí dentro de su cuerpo mortal, sujeto a debilidad y tentaciones, y su lucha contra la carne lo lleva, a veces, a hacer cosas extremas. “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gá. 5.17).


La obra del Espíritu en el corazón humano no es mecánica ni automática. La voluntad y la inteligencia humanas deben cooperar con las buenas intenciones de Dios. Creo que es aquí donde muchos de nosotros nos descarriamos. O tratamos de hacernos santos por nosotros mismos y fallamos miserablemente, como no puede ser de otra manera; o tratamos de lograr un estado de pasividad espiritual esperando que Dios nos santifique, como quien se sienta a ver empollar un huevo o florecer el rosal del jardín. Trabajamos febrilmente para hacer lo imposible o no trabajamos en nada. Y este es el desequilibrio, la asimetría de la cual estoy escribiendo.


El Nuevo Testamento nada dice de la obra del Espíritu Santo en nosotros aparte de nuestra propia respuesta moral. Vigilancia, oración, disciplina propia, y consentimiento intelectual a los propósitos de Dios son indispensables para tener un real progreso de santidad.


Hay cosas en nuestra vida en que, con el deseo de hacer bien, podemos hacer mal, un mal que nos lleva a la deformidad espiritual. Para ser específico permítanme mencionar unas pocas.





  1. Cuando en nuestra determinación de ser arrojados llegamos a ser descarados.

  2. El coraje y la humildad pueden marchar parejos en el carácter cristiano: ambos se hallaron en perfecta proporción en el Señor Jesucristo, y ambos brillaron con belleza en su trato con sus enemigos. Pedro delante del Sanedrín, y Pablo delante de Agripa, mostraron ambos las mismas cualidades; aunque en cierta oportunidad Pablo perdió la caridad, y dejándose llevar por la carne increpó al sumo sacerdote diciéndole, “Dios te golpeará a ti, pared blanqueada”. Pero tenemos que poner en el crédito del apóstol que cuando vio lo que había dicho pidió disculpas inmediatamente (Hch. 23.1-5).




  3. Cuando en nuestro deseo de ser francos llegamos a ser rudos.

  4. Candor sin rudeza siempre se halló en el hombre Cristo Jesús. Aquel que se jacta de llamar siempre espada a una espada, termina por llamar a todo una espada. Aún el fogoso Pedro aprendió que el amor no suelta todo lo que sabe (1 Pedro 4.8).




  5. Cuando en nuestros esfuerzos por ser vigilantes llegamos a ser suspicaces.

  6. Porque hay muchos adversarios, tenemos la tentación de ver enemigos donde no los hay. Porque estamos en conflicto con el error, tendemos a desarrollar un espíritu de hostilidad contra todos los que no concuerdan en todo con nuestras ideas. A Satanás lo tiene sin cuidado si nos arrastra a una doctrina falsa, o nos vuelve agrios; de todos modos él sale ganando con una u otra cosa.




  7. Cuando tratando de ser serios nos volvemos sombríos.

  8. Los santos tienen que ser siempre serios, pero ser sombríos es un defecto de carácter, y nunca debe ser equiparado con la santidad. La melancolía religiosa puede indicar la presencia de la duda o el pecado, y si continúa por largo tiempo, puede conducir a una seria perturbación mental. El gozo es una gran terapia para la mente. “Regocijaos en el Señor siempre” (Fil. 4.4).




  9. Cuando deseando ser conscientes nos tornamos super escrupulosos.

  10. Si el diablo no puede destruir la conciencia, procura por lo menos enfermarla. Conozco a cristianos que viven en un estado de tensión constante, temiendo a cada paso desagradar a Dios. Su mundo de actos permitidos se estrecha año tras año, hasta que al fin no pueden engranar en ninguna actividad normal de la vida. Piensan que esta autotortura es una prueba de santidad, pero ¡cuán equivocados están!



Estos son unos pocos ejemplos de desequilibrio serio en nuestra vida cristiana. Espero que el remedio haya sido sugerido.




Extraído del libro Ese Increíble Cristiano. © 1964, Christian Publications, Inc. Usado con permiso.



Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen III, número 4. Todos los derechos reservados

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