Idolos no… ¡héroes!
El último libro en inglés que Nicky Cruz escribió se llama hermano, hermana, tenemos un problema. Allí analiza la peligrosa situación que confronta el pueblo de Dios en Estados Unidos, en referencia a los predicadores o evangelistas “superestrellas”, también conocidos como los “televangelistas”.
Por ocho años trabajé en la cadena de televisión Club PTL para la América Latina, que presentaba el programa de Jim Backer, quien luego se convertiría en “el primer gran caído”, y hacía pocos meses que habíamos dejado de representarlo cuando se conoció la noticia de su derrumbe moral y ministerial. Pero si bien la consideración del tema surgió de la experiencia que me tocó vivir, mi preocupación se centró en muchos otros siervos de Dios en nuestro querido continente, y que comencé a ver nuestros ministerios con otros ojos; con la nueva concepción que da el haber visto cerca nuestro al problema que antes creíamos lejos. Lamentablemente, pude observar este fenómeno en otros ministerios de televisión cristiana y fuera de ella en algunos evangelistas latinoamericanos. Y no me refiero al hecho concreto de adulterio que se vio en el PTL, sino a las actitudes equivocadas que terminaron en eso.
Creo que a pesar de toda la tecnología moderna que Dios ha puesto a nuestra disposición, y a pesar de la adaptación razonable que debemos buscar para ministrar hoy en día, no podernos perder de vista los principios de santidad que rigen al pueblo de Dios para todos los tiempos: “Integridad y rectitud me guarden, porque en ti he esperado”. (Sal. 25.21).
HEROES, SI
El título de este artículo señala que no hemos tomado en cuenta con la amplitud necesaria la advertencia divina dada en los Diez Mandamientos sobre el pecado de elevar personas, animales, objetos o imágenes a alturas que pertenecen sólo a Dios. Este fue precisamente el pecado que arrojó a Luzbel del cielo, pues quiso ser “semejante al Altísimo”. Y “héroes” sí, porque Dios nos ha dado grandes en las páginas de la Biblia, hombres y mujeres heroicos, arquetipos dignos de imitar, para que meditemos, remedemos su conducta, como José, símbolo de fidelidad y pureza o Moisés, hombre fiel y pacífico, Noé, quijote de su tiempo, etcétera, etcétera.
Qué integridad y rectitud nos enseña con su ejemplo Josué, valioso y valiente soldado, sucesor de Moisés, fiel a Dios con los suyos hasta en su vejez. Moisés es redimido de su fracaso original en Egipto y se gradúa con honores en Madián, al pie de la zarza ardiente. Luego será enviado como embajador plenipotenciario de Jehová ante Faraón con la vara de la autoridad. Pero a la vez tiene el testimonio divino de ser un hombre humilde. ¡Qué ejemplo de fe, valor y confianza!
El libro de Hebreos, en el capítulo 11, nos señala con orgullo muchos otros héroes de la fe en el Antiguo Testamento. Y qué diremos de los muchos en el Nuevo Testamento. Entre ellos se yergue la figura de Esteban, profeta hasta en su martirio, de un San Pablo, que se niega a recibir adoración en Listra y es apedreado, cristocéntrico hasta los huesos. Hoy tenemos varios, que aun en su grandeza ministran en sencillez.
IDOLOS, NO
Porque Dios levanta a sus siervos con el fin de usarlos para su gloria, no para la gloria del mismo siervo. Quienes hemos sido honrados con el ministerio de “servir las mesas sagradas” sabemos que es para su gloria, lo reconocemos. Pero el peligro está en tener mala memoria, que al transcurrir el tiempo y ser elevados de posición, o ampliarse el radio de acción de nuestro ministerio terrenal, nos olvidamos de dónde nos salvó el Señor y para qué nos dio un lugar de servicio.
A cuántos he visto que, con el sólo hecho ha de ser ordenados al ministerio, esa ordenación, una sencilla ceremonia y un título de reverendo, se les “sube a la cabeza”, desplazando la humildad de siervos, el sometimiento a la verdad, el sometimiento de “los unos a los otros en amor”, el fruto hermoso del Espíritu, las virtudes que deben siempre adornar a todos los honrados por Dios como siervos suyos, embajadores del Reino de los Cielos, ejemplo de la grey. (Ro. 12.3).
LA ORACION DE LA IGLESIA
Por otro lado, la hermandad cristiana, la congregación de los redimidos también debe tener sumo cuidado en no elevar a su líder. Dios no nos ha mandado a adorar ni venerar ministros, por usados y ungidos que sean, sino a respetarlos por el cargo que ocupan y a sometemos a su sabio pastoreo considerando su conducta e imitando su fe.
Deber sagrado de la iglesia es orar, interceder por sus pastores, por sus evangelistas. Muchos hemos sido librados de caer en trampas diabólicas por esa fidelidad que han tenido muchos miembros de la congregación en interceder por nosotros (Ef. 6. 18-20).
EL ESTILO PERDIDO
En la revista Charisma (marzo de 88) Richard J. Foster destaca algunos factores que contribuyeron a los escándalos le predicadores famosos.
“¿Qué sucedió en realidad? ¿por qué sucedió ese escándalo? ¿qué efectos permanentes tendrá y qué podemos hacer usted y yo para evitar que estos se repitan?”, pregunta Foster y contesta: “Lo peor que ocurrió no fue el escándalo sexual, los malos manejos financieros o las guerras sanas entre evangelistas. Tan malo como eso fue que la raíz del mal no estaba allí, sino en el ansia de poder. El egocentrismo y la lucha por alcanzar el status de grandeza y popularidad fue lo que hizo que el escándalo fuera tan grave”.
“El fruto del Espíritu, los verdaderos valores descriptos por Jesús para los que viven en su reino, desaparecieron y se manifestaron en cambio las obras de la carne… Sus líderes se apartaron del camino de servidumbre trazados pon Cristo y estoy seguro que muchos, sino todos estos líderes, comenzaron bien, con genuina sinceridad y ardiente fe, pero se apartaron del estilo de vida del Maestro.”
“Empezaron a percibir que estaban por encima de guardar las reglas de integridad y moralidad. Comenzaron a considerar que tenían ciertos derechos que justificaban todos sus caprichos y privilegios. Al hacerlo se olvidaron de ver que los venaderos derechos de un líder cristiano son los del discipulado, el de la servidumbre, los derechos de la negación personal de cargar nuestra propia cruz”
“Claro está que todos confrontamos el peligro de la vanidad, no solo los líderes. Pero estos son especialmente más susceptibles hoy día, debido a nuestra infatuación con los medios masivos de comunicación. Estos medios pueden investir a la gente con estrellato espiritual instantáneo”, concluye Foster.
Y esto es tan real… ¿No le parece extraño, por ejemplo, que si nos invitan a la televisión o a la radio lo vivamos como una gran experiencia? Pero basta sólo un momento de reflexión para reconocer que aquellos que realmente merecen ser honrados, rara vez aparecen en los programas de estos famosos evangelistas. Después de todo, el …solamente hacer justicia y misericordia (Mi. 6.8) no es la clase de material humano que eleva los porcentajes de audiencia televisiva.., y esto también se contabiliza en los medios de comunicación religiosos.
Cuidemos nuestro corazón y busquemos hacer justicia y misericordia, porque la presencia en nuestro corazón de un valor equivocado, si no es corregido a tiempo, tomará nuevas dimensiones y formas. Con el tiempo, entonces, la desviación no será milimétrica sino kilométrica.

