La amistad ministerial
La amistad es: un vínculo necesario, un recurso valiosísimo
Así es, TODO EL mundo necesita amigos. Y de manera especial aquellos que de una u otra forma ministramos en la Iglesia del Señor. Una amistad íntima, sincera, comprometida, con colegas en quienes podamos depositar nuestra confianza en todo tiempo, aun en aquellos de crisis personal. Alguien con quien podamos sincerarnos, una persona que nos comprenda y se identifique con nosotros porque conoce el terreno que pisamos y las pruebas que existen en el campo ministerial.
La amistad es un don de Dios, como lo leímos en el último número de la revista Los Temas, y creo firmemente que hay siervos que han caído en el campo de batalla por falta de una amistad de este tipo. Necesitamos amigos que puedan orar por nosotros y con nosotros. «Amigo hay más cercano que un hermano». ¡Qué gran verdad es esta! Tengo la dicha de contar con amigos de esta clase, tres en particular, que me asesoran y yo los asesoro. ¡Qué enorme riqueza espiritual es tener esta asociación! Repito, es un verdadero regalo de Dios.
Pero es menester que entendamos que esta clase de amistad no es fácil. Necesita cultivo, es necesario sacar tiempo para estos amigos y a la vez no imponernos a ellos, queriendo acaparar todo su tiempo. Por eso es recomendable no tener un solo amigo íntimo en el ministerio, sino dos o tres (y aun más, si lo considera necesario). De igual modo es saludable y edificante que tengamos este tipo de amistad con consiervos de otras denominaciones. En mi caso, mis tres amigos, pertenecen a diferentes organizaciones, incluyendo la mía. David y Jonatán cultivaron ese tipo de relación. A pesar del odio de Saúl, su padre, el hijo mantuvo firme y sincera su relación con David, porque sabía que su padre estaba equivocado en su apreciación hacia su amigo. Al morir Jonatán, David expresó su profundo dolor por la pérdida y el reconocimiento de lo que su amistad había significado. Además, manifestó su fidelidad con la pobre y disminuida descendencia (Mefiboset), tal como lo había prometido, dándole un lugar de honor en su mesa.
Pablo en el Nuevo Testamento sostuvo esta clase de relación amigable, ínfima, con varios de sus colaboradores. Con Lucas, el médico amado, con Priscila y Aquila, sus compañeros en la obra y en la profesión de fabricantes de tiendas, con Timoteo y Tito, con Epafrodito. ¿Y qué diremos de nuestro Señor y Salvador? Jesús intimó con Pedro, Juan y Jacobo. Los llevó consigo al Monte de la Transfiguración, una revelación muy ínfima de su divinidad. Jesús tenía una amistad profunda, intensa y suficiente con su Padre, pero estando en forma de hombre, en la tierra, consideró necesario e importante mantener una relación cercana y amigable con sus discípulos, en particular con los tres antes mencionados.
De igual modo, nuestro estatus de siervos nos da el privilegio de establecer una relación ínfima con el Padre, a través de Jesús (Jn. 14.6). En realidad la podemos tener con Jesús mismo (Jn. 15.13-15) y con el Espíritu Santo (Jn. 16.7-13). ¡Qué privilegio nos ha dado Dios de ser sus hijos y amigos de la Trinidad! En estos días me regalaron un libro que acaba de publicar la Editorial Vida. Lo considero útil y recomiendo a quienes les interese este tema. Se titula Consejería entre Amigos («Cómo estar preparado cuando los amigos le piden ayuda»). He escogido dos párrafos del mismo para compartir con usted, estimado colega. «El siquiatra Garth Wood rompe con las creencias tradicionales de su profesión, aseverando que las personas que no han realizado estudios formales son algunos de los mejores recursos para ayudar a las personas.
Wood está convencido de que quien tiene un conocimiento íntimo de otra persona puede ser una fuerza poderosa y catalizadora para el bien en la vida de esa persona. Después de todo, es usted quien conoce los puntos fuertes y los puntos débiles de su amigo; es usted quien conoce los parrones de hábitos, las idiosincrasias de la personalidad, y lo que es capaz de motivarlo. Usted, entonces, comienza con una ventaja en cuanto al conocimiento del individuo, de la que carece el profesional, quien sólo puede obtenerla después de muchas horas de conversación y de exploración insistente.
»Para quien conoce a Cristo como su Señor y Salvador personal, hay, además, una fuente adicional de sabiduría y revelación: la presencia del Espíritu Santo. Durante la Semana de la Pasión, Jesús se refirió en cuatro oportunidades a la venida del Espíritu Santo. Empleó una palabra que no se había usado antes para referirse al Espíritu Santo: parákletos, un término que se traduce «consejero» en la Biblia (Nueva Versión Internacional). Jesús dijo a sus discípulos que rogaría al Padre que les enviara otro Consejero, el cual los guiaría a toda verdad y les mostraría las cosas por venir. Este es el mismo Consejero que mora en los hijos de Dios hoy, y que puede darles el conocimiento que no podrían tener de ninguna otra forma». (Págs. 122 y 123)
Necesitamos la amistad divina, esa amistad abierta, sincera y diáfana que nuestro Dios nos ofrece y desea compartir. Pero mientras vivamos en este mundo necesitaremos la bendición de amistades genuinas, mediante las cuales podemos no sólo recibir y dar ayuda, sino también crecer; porque la verdadera amistad nos edifica totalmente.
Busquemos esa relación y cultivémosla con la ayuda de Dios.
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