Escuchar = Alabar
El oír la Palabra reverentemente ejercita nuestra humildad, instruye nuestra fe, nos irradia con gozo, inflama de amor, inspira con celo y nos eleva hacia el Cielo. Y todo eso sin contar lo que nos instruye y capacita.
Muchas veces un sermón ha sido una especie de escalera de Jacob para los oyentes, donde hemos visto a ángeles de Dios ascender y descender, con el pacto de Dios mismo en la cima. Hemos sentido a menudo cuando Dios nos habla en nuestra alma a través de su siervo. Hemos magnificado el nombre del Señor y lo hemos alabado con todo nuestro corazón mientras El nos ha hablado por medio de su Espíritu.
Por ende no hay que hacer una diferencia tan amplia entre predicación y adoración como algunos lo sugieren; ya que una parte se une suavemente a la otra y la predicación frecuentemente inspira a la oración y al canto.
Una predicación verdaderamente escuchada es una adoración aceptable para Dios por la manifestación de sus atributos de gracia: el testimonio de su evangelio, la glorificación de su Nombre y la obediencia en el escuchar la Verdad revelada son una forma aceptable de adoración al Altísimo y quizás una de las más espirituales en las cuales la mente humana puede estar comprometida.
Apuntes Pastorales, Volumen VII número 6

