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Liderazgo

¿Por qué haces esto? ¡Soy como tú!

15 julio, 2005381 visitas

En los Apóstoles se descubre un sentimiento de humildad que me impresiona. Nada de esa actitud engreída, distante, que a veces ostentan quienes se ven encumbrados en cargos de autoridad.


En la curación del tullido junto a la puerta Hermosa del Templo, Pedro y Juan rechazan las alabanzas que en vez de dirigirse a Dios, se canalizaban hacia sus personas: “¿Por qué os admiráis de esto como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho caminar a éste?” (Hech. 3,12).


Más adelante, cuando Pedro llega a casa de Cornelio, el centurión romano, y éste se postra ante él, Pedro se lo impide diciéndole: “Levántate, que soy un hombre como tú” (Hech. 10,26).


Una cosa parecida les ocurrió a Pablo y Bernabé en Listra. Han curado a un hombre tullido y la gente piensa que son dioses bajados del cielo, y como a tales los quieren adorar. La reacción de Pablo y Bernabé es inmediata: “Nosotros somos hombres, de igual condición que vosotros” (Hech. 14,15).


La historia nos demuestra que ésta es una de las tentaciones más frecuentes a las que sucumbe el hombre: creerse más que los demás. No sólo en el ámbito eclesiástico, sino también en el orden civil. El hombre se deja llevar fácilmente por la emulación y aspira a encaramarse por encima de la condición humana. Es como si renegara de ser hombre. Es la tentación de Adán en el paraíso: “Seréis como dioses” (Gn. 3,5).


Frente a estos afanes de grandeza, el hombre sucumbe. Quiere ser más que los demás, y esto lleva consigo el que menosprecie a los otros. Así se establece la injusticia de la desigualdad entre los hombres y por eso uno de los gritos que constituían el objetivo de la revolución francesa fue precisamente el de igualdad y fraternidad. El hombre que pretender ser más que los otros o se sitúa él en una posición falsa de creerse más que hombre, o sitúa a los otros en otra situación igualmente falsa, rebajándoles de su condición de seres humanos. De allí viene el autoritarismo, la esclavitud en cualquiera de sus acepciones, y por consiguiente el odio y la enemistad.


La doctrina cristiana reprueba toda esa situación de desigualdad de que arbitrariamente nos catalogamos los hombres. “No llaméis a nadie maestro sobre la tierra, ni padre, porque uno solo es vuestro Padre y Maestro” (Mt. 23,8-10). “En las naciones los jefes y gobernadores oprimen a los demás imponiéndoles su voluntad y se hacen llamar bienhechores: no así vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor” (Mt. 20,25-26). “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc. 9,35).


La doctrina es clarísima y lo extraño es que no acabemos de comprenderla. El ejemplo de Cristo no deja lugar a duda: “Vosotros sois mis amigos… No os llamo ya siervos, a vosotros os he llamado amigos…” (Jn. 15,14-15).


No sé si soy un iluso. Pero me gustaría menos “poder y fuerza” de unos hombres sobre otros hombres. Sobre todo en la comunidad eclesial. Me gustaría una iglesia más de los pobres, y no sólo en el sentido económico, sino también y principalmente en el sentido de desprendimiento de ostentación de fuerza, de autoritarismo, de creernos sustitutos de Dios o poco menos. A mí personalmente me edificaría mucho más la postura humilde de quien me dijera: “Soy un hombre como tú”. Podemos equivocarnos. Busquemos humildemente la verdad, el camino a seguir, y en esta búsqueda fraterna, Dios nos iluminará, porque El ha prometido ajustar su paso al de dos o tres personas que se reúnen en su nombre (Mt. 18,20). Sí, me gusta más, me estimula mucho más que una fórmula anatematizadora, porque me desarma, me quita iniciativa, me paraliza. Sí, puedo equivocarme, pero la frase de Pedro me reconforta: “Soy un hombre como tú, no te arrodilles, dejemos al Espíritu que nos abra nuevos caminos…”


Reconocer que somos sencillamente hombres nos dará humildad al ponernos delante del único Señor, y nos hará experimentar la alegría inmensa de sentirnos hermanos entre los hombres, sin vanidades ni tontos orgullos. Por lo menos para mí quisiera convertirla en lema de toda mi vida: “Soy un hombre como tú”.


Usado con permiso. Pensamiento Cristiano, Nro. 9. Usado con permiso. © Apuntes Pastorales. Edición de agosto – septiembre de 1984. Volumen II – Número 2

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