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Liderazgo

Más allá del redil

15 julio, 2005485 visitas

menudo pienso en el dueño de un pequeño hotel que mi esposa, Gail, y yo conocimos en Vermont. Todo acerca de él parecía extraño: su vestimenta, su lenguaje, el ambiente del hotel. Este hombre despertó mi curiosidad, por eso, empecé a hacerle varias preguntas. Descubrí que Jack Coleman había sido el presidente de Haverford, una universidad bastante reconocida en los Estados Unidos. Después de eso, dirigió una prestigiosa fundación educativa. Ahora, en un tipo de jubilación parcial, administraba ese pequeño hotel. Entonces me di cuenta de que este hombre había adquirido el hábito vitalicio de desaparecer regularmente por cortos periodos de tiempo. Simplemente desaparecía de la vista. Probablemente, algún asistente (o familiar) sabía donde encontrarlo pero el resto de las personas de su mundo no. Cuando reaparecía (tal vez diez días después), hablaba de cómo había trabajado como limpiador de zapatos en alguna estación de trenes, o como recolector de basura. Una vez hasta fue ayudante de mesero en un restaurante de comidas rápidas. ¿Por qué?


«Porque», me dijo, «en mi línea de trabajo ejecutivo, es muy fácil perder contacto con el gran mundo real de las personas comunes. Y en el momento en que un líder pierde ese contacto, una creciente incompetencia se infiltra en uno. Uno se olvida de donde se centra la verdadera acción de la vida.»



Cuando era joven en el ministerio, pasé alrededor de seis meses viajando cada fin de semana a iglesias donde impartía seminarios acerca de formas creativas de evangelización. La economía de ese tiempo hacía que me hospedara en las casas de los miembros de esas iglesias. Los hombres (en particular) me hablaban con gran sencillez acerca de sus actitudes con respecto a la fe y la iglesia. A menudo después de la cena y con una taza de café en la mano, las conversaciones se centraban en su pastor.



«Amamos a nuestro pastor», me decían, «pero la verdad es que él no tiene ni idea de lo que la vida es para mi de lunes a viernes. Eso me lo demuestra en sus sermones y en las preguntas que le hace a la gente.»



Una persona me dijo: «Nuestro pastor revela su perspectiva de nuestro mundo en su bendición dominical. Él dice, ?Señor, despídenos con tu bendición, y tráenos de vuelta el miércoles para el culto de oración. Acompaña a los jóvenes en su reunión del próximo viernes por la noche. Ayúdanos a tener más maestros de escuela dominical. Amén?» Mi anfitrión continuó, «El pastor parece que no sabe que tengo un trabajo; toda su perspectiva se centra en la iglesia.»



Estoy agradecido por esas conversaciones de fin de semana de hace casi cuarenta años. Ellas cambiaron la forma en la yo que pastoreaba. Me convencieron de que el ministerio no tiene que ver (¡anímese!) con la iglesia, sino con preparar y animar a las personas a vivir los días entre semana, en casa, en el supermercado, en la escuela.



Años más tarde, un miembro de la iglesia me dijo: «Yo sé que usted come, duerme, y bebe esta iglesia, cada día de la semana. Y así debería ser. Pero es necesario que usted sepa que desde el momento en yo salgo de aquí, e incluso por días, no me acuerdo de la iglesia ni una sola vez. Estoy muy ocupado con mi empleo, mi familia, las presiones de la vida.»



Esto me recordó que no debo asumir que todas las personas están tan preocupadas con la iglesia como lo estoy yo.



¿Qué pasaría si los pastores ?al menos aquellos responsables en predicar y sembrar en las mentes y los corazones ideas frescas acerca de cómo seguir a Jesús? ocasionalmente desaparecieran como lo hace mi amigo, el presidente de esa universidad? ¿Qué aprenderíamos?



Santidad sin santuario


Una de mis historias favoritas ?con un par de siglos de antigüedad? proviene de Europa oriental. Un brillante joven erudito de origen judío se aproximó a un sabio rabí para preguntarle: «Ellos dicen que soy el más santo de todos. ¿Usted cree que es cierto?»



»Al principio el rabí se negó a responder. Pero después de que el persistente erudito lo fastidiara, respondió: «Tú eres el hombre más devoto de nuestra época. Estudias día y noche, separado del mundo, rodeado por los rollos de tus libros, el arca sagrada, los rostros de piadosos eruditos. Has alcanzado una gran santidad. ¿Cómo lo has hecho? Ve al mercado con el resto de los judíos. Soporta sus trabajos, su cansancio, sus distracciones. Mézclate en el mundo, escucha el escepticismo y la irreligiosidad que ellos escuchan, soporta los golpes que ellos reciben. Veremos entonces si te mantienes como el más santo de todos los hombres.»



En todos mis años como pastor, luché contra eso. La propia naturaleza de la organización persistía en succionarme hasta su centro, dentro de conversaciones que giraban alrededor de los programas y problemas. Rara vez giraban entorno a ideas o asuntos de días entre semana. Casi que nadie me decía: «¡Ve al mercado! ¡Desaparece!» Incluso los miembros de las juntas, a quienes yo debía dar cuentas, valoraban muy poco mis esfuerzos por salir de mi escritorio y de sus demandas administrativas.



Si lo hubieran hecho, mis sermones hubieran sido más pintorescos, más útiles a la hora de ser aplicados, más reales. Tal vez mi liderazgo hubiera sido uno más maduro.



Lo que hice para luchar en contra del sistema fue esto: Me propuse como meta visitar a cada uno de los líderes de la iglesia, (y cuando era posible) ir a sus lugares de trabajo. Mi calendario estaba lleno de citas para desayunar y almorzar lo más cerca posible de donde las personas vivían sus vidas. Por eso, a menudo, me invitaban a pasar por sus oficinas, lugares de construcción, locaciones de venta, y laboratorios, donde conocí a sus jefes, colegas y ayudantes.



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