Persecuciones en la iglesia de Jesucristo
La primera vez que Francia aparece en la historia del cristianismo se presenta acompañada de una legión de mártires; primicias gloriosas de los miles que en siglos posteriores sellarían con su muerte el testimonio de la fe que habían abrazado.
Fue en el año 177, cuando las iglesias de Lyon y Viena (esta última es una ciudad francesa sobre el Ródano, que no se debe confundir con su homónima, la capital de Austria) sintieron el azote inclemente del paganismo. Los hechos relacionados con esta persecución fueron fielmente narrados por las iglesias de Lyon y Viena en una carta que enviaron a las iglesias hermanas de otras regiones. Esta epístola atribuye a la magistral pluma de Ireneo, y ha sido conservada, casi íntegramente, por Eusebio. Su autenticidad nunca fue puesta en duda, siendo llamada «la perla literaria» de la lectura cristiana de los primeros siglos. A continuación transcribimos los párrafos más notables de esta joya de la literatura y de la historia.
El preámbulo
«Los siervos de Jesucristo que están en Viena y en Lyon, en la Galia, a los hermanos de Asia y de Frigia, que tienen la misma esperanza, paz, gracia y gloria de parte de Dios Padre y de Jesucristo nuestro Señor».
La narración de los sufrimientos
«Jamás las palabras podrán expresar, ni la pluma describir, el rigor de la persecución, la furia de los gentiles contra los santos, la crueldad de los suplicios que soportaron con constancia los bienaventurados mártires. El enemigo desplegó contra nosotros todas sus fuerzas, como preludio de lo que hará sufrir a tos elegidos en su último advenimiento, cuando haya recibido mayor poder contra ellos. No hay cosa que no haya hecho para adiestrar de antemano a sus ministros en contra de los siervos de Dios. Empezaron por prohibimos la entrada a los edificios públicos, a los baños, al foro; llegaron a prohibimos toda aparición. Pero la gracia de Dios combatió por nosotros; libró del combate a tos más débiles, y expuso a los que, por su coraje, se asemejan a firmes columnas, capaces de resistir a todos los esfuerzos del enemigo. Estos héroes, pues, habiendo llegado la hora de la prueba, sufrieron toda clase de oprobios y tormentos; pero miraron todo eso como poca cosa, a causa del anhelo que tenían de reunirse lo más pronto a Jesucristo, enseñándonos, por su ejemplo, que las aflicciones de esta vida no tienen proporción con la gloria futura que sobre nosotros ha de ser manifestada.
Empezaron por soportar con la más generosa constancia todo lo que se puede sufrir de parte de un populacho insolente; gritos injuriosos, pillaje de sus bienes, insultos, arrestos y prisiones, pedradas, y todos los excesos que puede hacer un pueblo furioso y bárbaro contra aquellos a quienes creen sus enemigos.
Siendo arrastrados al foro, fueron interrogados delante de todo el pueblo, por el tribuno y demás autoridades de la ciudad; y después de haber confesado noblemente su fe, fueron puestos en la cárcel hasta la venida del presidente».
Sobre la noble actitud de Epágato
«Cuando el magistrado llegó, los confesores fueron llevados delante del tribunal; y como él los tratara con toda clase de crueldades, Vetio Epágato, uno de nuestros hermanos, dio un bello ejemplo del amor que tenía para con Dios y para con el prójimo. Era un joven tan ordenado que en su temprana juventud había merecido un elogio similar al que las Escrituras hacen del anciano Zacarías; él andaba de modo irreprochable en el camino de todos los mandamientos del Señor, siempre listo para ser servicial al prójimo, lleno de fervor y de celo por la gloria de Dios. No pudo ver, sin indignación, la iniquidad del juicio que se nos hacía; penetrado de un justo dolor, pidió permiso para defender la causa de sus hermanos y demostrar que en nuestras costumbres no hay ni ateísmo ni impiedad. Al hacer esta proposición, la multitud que rodeaba el tribunal se puso a lanzar gritos contra él, porque era muy conocido; y el presidente, molestamente herido por una demanda tan justa, por toda respuesta le preguntó si era cristiano. Epágato respondió con voz alta y clara que lo era, y enseguida fue colocado junto con los mártires y llamado
Una niña esclava llamada Blandina
«Entonces hicieron sufrir a los mártires tormentos tan atroces que no hay palabras para narrarlos; Satán puso todo en juego para hacerles confesar las blasfemias y calumnias de que eran acusados. El furor del pueblo, del gobernador y de los soldados, se manifestó especialmente contra Santos, diácono de Viena; contra Maturo, neófito pero ya atleta generoso; contra Átale, natural de Pérgamo, columna y sostén de la iglesia de aquella ciudad, y contra Blandina, joven esclava por medio de quien Jesucristo ha dejado ver cómo El sabe glorificar, delante de Dios, lo que parece vil y menospreciable a los ojos de los hombres. Todos temíamos por esta joven; y aun su dueña, que figuraba en el número de los mártires, tenía miedo de que no tuviese la fuerza de confesar la fe, a causa de la debilidad de su cuerpo. Sin embargo, mostró tanto coraje que hizo fatigar a los verdugos que la torturaron de la mañana hasta la noche. Después de haberla hecho sufrir todo género de suplicios, no sabiendo más que hacerle, se declararon vencidos; se quedaron muy sorprendidos de que respirase aún dentro de un cuerpo herido, y decían que uno solo de los suplicios bastaba para hacerla expirar, y que no era necesario hacerla la sufrir tantos ni tan fuertes. Pero la santa mártir adquiría nuevas fuerzas, como buena atleta, confesando su fe: era para ella un refrigerio, un reposo, y cambiar sus tormentos en delicias el poder decir
Blandina fue suspendida de un poste para ser devorada por las bestias. Estando atada en forma de cruz, y orando con mucho fervor, llenaba de coraje a los otros mártires, que creían ver en su hermana la representación del que fue crucificado por ellos, para enseñarles que cualquiera que sufra aquí por su gloria, gozará en el Cielo de la vida eterna con Dios, su Padre.
Como ninguna bestia se atrevió a tocarla, la enviaron de nuevo a la prisión, reservándola para otro combate, para que apareciendo victoriosa en muchos encuentros, hiciese caer, por una parte, una condenación mayor sobre la malicia de Satán, y levantase, por otra parte, el coraje de sus hermanos, quienes veían en ella una muchacha pobre, débil y despreciable, pero revestida de la fuerza invencible de Jesucristo, para triunfar del infierno tantas veces, y ganar por medio de una victoria gloriosa, la corona de la inmortalidad».
Blandina y Póntico
«El último día de los espectáculos hicieron comparecer de nuevo a Blandina y a un joven de unos quince anos llamado Póntico. Todos los días lo habían traído al anfiteatro, para intimidarlo por la vista de los suplicios que hacían sufrir a los otros. Los gentiles querían forzarlos a jurar por sus ídolos. Como ellos seguían negando su pretendida divinidad, el pueblo se enfureció contra ellos; y sin ninguna compasión por la juventud del uno ni por el sexo de la otra, los hicieron pasar por todo género de tormentos, instigándoles a que jurasen. Pero su constancia fue invencible; porque Póntico, animado por su hermana, quien lo exhortaba y fortificaba frente a los paganos, sufrió generosamente todos los suplicios y entregó su espíritu.
La bienaventurada Blandina quedó, pues, la última, como una madre noble, que después de haber enviado delante de ella a sus hijos victoriosos a quienes animó en el combate, se apresura para ir a reunirse con ellos. Entró en la misma carrera con tanto gozo como si fuese al festín nupcial y no al matadero, donde serviría de alimento a las fieras. Después de haber sufrido los azotes, de ser expuesta a las bestias, de ser quemada en la silla de hierro candente, la encerraron en una red y la presentaron a un toro, que la arrojó varias veces al aire; pero la santa mártir, ocupada en la esperanza que le daba su fe, hablaba con Jesucristo y no sentía tos tormentos. Al fin degollaron a esta víctima inocente; y tos mismos paganos confesaron que nunca habían visto a una mujer sufrir tanto ni con tan heroica constancia».
Apuntes Pastorales
Volumen VIII Número 5

