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Liderazgo

Sentimiento de Fracaso

15 julio, 2005484 visitas

Siendo todavía seminarista, comencé un pastorado que se prolongaría por diez años; era la iglesia donde asistía mi familia. Primero fui comisionado como líder espiritual de jóvenes, luego como copastor. Esto fue tumultuoso, desasosegado, perturbado, pero un maravilloso tiempo en la mies espiritual.


El clímax de ese ministerio quedó grabado en una fotografía que colgaba en el pasillo de nuestra casa. Había sido tomada en 1968, durante nuestro retiro de Pascuas. En primer plano están cinco hombres jóvenes posando sobre un bote. Estaban bronceados, sosteniendo botellas de cervezas en las manos y con apariencia de hombres borrachos.


Tres de esos hombres aceptaron a Cristo ese mismo día. Hoy, dos de ellos están en el ministerio, y uno de sus amigos, que les siguió en aceptar a Cristo, es ahora un prominente consejero cristiano. Esa foto me demuestra la soberanía y el ineludible poder de Dios. Esos jóvenes, antes completamente desconocidos para mí, no solamente fueron revolucionados por la gracia de Dios sino que llevaron inusuales y productivas vidas cristianas y han sido mis mejores amigos por casi veinte años.


¡Si todos los ministerios fueran tan exitosos como esa foto! Pero aun en esa dorada era de juvenil ministerio conocí el privilegio de las vicisitudes en él. En ese tiempo las encontraba atragantes y aun de gran gozo.


GRANDES EXPECTATIVAS


La iglesia a la cual servía decidió iniciar un nuevo testimonio poniéndome como pastor fundador. En esta aventura, la congregación y el pastor principal fueron maravillosamente magnánimos. Juntos desarrollamos una presentación para comunicar a la congregación el potencial del nuevo proyecto. Cuando el pastor preguntó quién había sentido el llamado de Dios para plantar esta nueva iglesia, veinte familias decidieron ir con nosotros y nos dieron 50,000 dólares para comenzar. ¡Qué forma de comenzar con una iglesia! ¡Qué entusiasmo! Como a niño intachable, mis amigos me alentaron diciéndome que grandes cosas sucederían y que muy pronto la nueva iglesia sería más numerosa que la iglesia madre. Tales conversaciones agrandaron mis expectativas,… y las creí.


Los que se unieron a nosotros para iniciar la tarea fueron grandiosos. Salimos de nuestra primer reunión entusiasmados ante el conjunto de personas dotadas, trabajadoras y visionarias que el Señor nos había dado. Con ellas sólo podíamos crecer.


Hicimos las cosas “correctamente”. Contratamos un experto en crecimiento de iglesias quien nos instruyó en los amplios principios y subtítulos menores de crecimiento. La denominación me envió a seminarios sobre crecimiento de la iglesia. Conseguimos fotografías aéreas y proyecciones demográficas; comisionamos estudios etnográficos, consultamos con el intendente y elegimos el blanco de la comunidad con cuidadosa y premeditada oración.


El comenzar una nueva iglesia es una tarea cansadora y nosotros dimos todo lo que teníamos. Me encontré concurriendo a reuniones, preparando estrategias, examinando, aconsejando, preparando sermones y pidiendo pianos, pianistas, proyectores y pulpitos. Luego comenzaba el ritual de preparar todas las cosas prestadas para el servicio del domingo, barrer las latas de cerveza y la basura del centro comunitario que alquilábamos, ayudando a descargar el camión que traía el pulpito, los micrófonos, los himnarios, las alfombras, las sillas, para luego, por la tarde, la congregación entera trabajar en feliz y afable camaradería cristiana, desarmando y empacando “nuestra iglesia” para la próxima semana.


Todo iba bien. Teníamos las oraciones y predicciones de nuestros amigos quienes creían que era inevitable un enorme crecimiento. Teníamos la sofisticada visión de la ciencia del crecimiento de iglesias. Alquilábamos la propiedad más importante de una creciente comunidad. Temamos un espléndido núcleo de creyentes. Y me tenían a mí, va joven pastor con un buen currículo, quien estaba introduciéndose en su mejor período.


Pero para nuestro asombro y completa desilusión, no crecimos. De hecho, por la mitad de nuestro segundo año, éramos menos de la mitad de los que habíamos comenzado. Nuestra iglesia estaba encogiéndose y la perspectiva era mala. “No puede ser”, pensaba. “No estoy viviendo de acuerdo a mis expectativas. ¡Estoy fracasando!”.


Así, en el caluroso verano de 1976, después de una década de ministerio satisfactorio, mi pequeño mundo de brillantes proyectos y éxito fácil se derretía a mi alrededor.


Había sido llamado por Dios y ahora era el blanco de una cruel broma.


MUCHAS PREGUNTAS


No me sentía bien al bajar de mi coche y caminar, portafolio en mano, hacia la puerta de entrada de nuestra casa, desde donde Bárbara me saludaba. Viendo su sonrisa, me animé como siempre. Por las siguientes horas estuve ocupado con mi joven familia. Pero después de lacena, cuando los niños se fueron a dormir y quedamos solos, le resumí mi desánimo.


Bárbara sabía que algo me estaba perturbando, pero no imaginaba que yo estuviera dudando de continuar en el ministerio. Las dudas que me atormentaban eran tan repugnantes que no podía verbalizarlas. Como las reprimía, mi depresión creció y me era más difícil salir.


Correctamente, ella apuntó que, cuando las cosas iban bien en la iglesia, yo estaba bien. Cuando la asistencia era buena, yo estaba muy bien; pero cuando ésta bajaba, yo me deprimía. Y ésta había descendido continuamente durante un año.


Años de cultivada diplomacia cristiana me habían servido para elevar mi animosidad. Por dentro estaba enojado, pero lo ocultaba aun ante mi esposa. Mi resentimiento era contra Dios, quien me había llamado a esto. Yo lo había dado todo, pensaba; mi tiempo, mi educación, años de ministerio y sincera devoción, para estar ahora fracasando. El era el culpable.


Parecía que nadie, excepto Bárbara, se preocupaba como yo. La gente que me rodeaba miraba benignamente mi caída. Cuando Bárbara trató de animarme diciéndome que Noé había predicado por 120 años sin que nadie le creyera, mi cruel humor contestó:


-¡Sí, pero no había otro Noé del otro lado de la ciudad con una multitud corriendo hacia su arca, como ocurre hoy en día!-.


Esa tarde, finalmente, derramé todos mis tremendos sentimientos. Bárbara, presintiendo que ésta sería una noche decisiva en nuestras vidas, comenzó a escribir lo que ella escuchaba. Y esto es lo que registró:


• Casi todos los hombres que conozco en el ministerio son infelices. Son fracasados en sus propios ojos. ¿Por qué debo esperar que Dios me bendiga si parece que no los ha bendecido a ellos? ¿Soy tan egocéntrico como para pensar que me debe amar más que a los otros? Mis observaciones no sostenían hipérboles. Pocos momentos de compartir con otros pastores revelaban invariablemente inmensa; heridas y dudas en ellos.


• Mis oportunidades de fracasar, según las frías estadísticas, eran abrumadoras. La mayoría de los pastores apenas pueden sobrevivir con salarios de hambre en pequeñas iglesias parásitas. Con esto repetía las palabras de un profesor en su clase del seminario:


• Ocho de cada diez de ustedes nunca pastorearán una iglesia con más de 150 miembros-, había expresado.


• El ministerio pide demasiado de mí. ¿Cómo puedo proseguir dando todo sin ver resultados, especialmente cuando otros sí los tienen? Había trabajado día y noche sin resultados visibles. Todo el mundo necesita ver resultados. Los agricultores tienen la satisfacción de ver crecer su siembra, pero mi campo no rendía nada.


• Aquellos que realmente son exitosos en el ministerio tienen dones excepcionales. Si yo tuviera una gran personalidad o un carisma natural, si tuviera el status de una celebridad, una voz resonante, una cruel habilidad ejecutiva, o una personalidad dominante que no le importara sacrificar a otros, entonces llegaría a la cima. ¿Pero dónde está Dios en todo esto? Desafié a mi esposa para que me desaprobara.


• Precisamente, mira a los grandes predicadores de hoy-, dije. -Su éxito no tiene nada que hacer con el Espíritu de Dios, ellos son gente superior-.


• Conclusión: Dios me ha llamado a hacer algo para lo cual no me dio los dones necesarios. Por lo tanto. Dios no es bueno. Como dije antes, había sido llamado por Dios y ahora era el blanco de una broma cruel.


Era un fracaso, quería renunciar. Y en doliente desesperación, pregunté a Bárbara:


•¿Qué debo hacer?-. Ella contestó:


•No sé, pero por ahora, por esta noche, depende de mi fe, porque yo sí creo que Dios es bueno. Creo que él nos ama y que va a trabajar a través de esta experiencia. Entonces, depende de mi fe. Tengo suficiente para los dos-,


Habiéndome descargado, me fui a la cama exhausto. Luego supe que Bárbara había permanecido despierta por muchas horas.


HABLA ELLA


“Depende de mi fe”. ¿Había dicho eso, en verdad?


Sola, sentada a la mesa de la cocina, me preguntaba si solamente había expresado una simple y bondadosa frase de aliento. “¿Qué de mi fe?”. “¿Tengo suficiente para ambos?”. “¿Es mi fe tan fuerte como para sobrevivir por sí misma, o Kent se casó con una dependiente espiritual?”. “¿Si la fe de Kent decae, la mía se marchitará y morirá como un parásito separado de su anfitrión?”. Mientras pensaba en ello aquella noche, concluí que no, Kent no se había casado con una dependiente espiritual. Mi fe vibraba con vida y amor para Dios; ambos habíamos sentido el llamado al servicio.


Lo que sí, mi atmósfera protectora, rodeada de buena gente de la iglesia que rara vez desafiaban mi fe, me había convertido en muy débil. Era fácil para mí hacer viajar mi mente; parecía la de un anunciador de trenes y horarios en una estación, quien nunca ha estado más lejos de los límites de su ciudad pero imagina que ha viajado mucho porque siempre está indicando a otros su destino de viaje. Me había apoyado en los viajes espirituales de mi marido.


Ahora era el tiempo de ver cómo lo había hecho. Durante los meses en que había observado el sufrimiento de mi esposo acrecenté mi dependencia del Señor, y con eso había experimentado una sensación de bienestar. Dios estaba conmigo, y en mis labios dije: “Dios es bueno”.


Ahora, reflexionando sobre los pensamientos enojosos de Kent, no estaba segura. Mientras me sentaba en mi alegre cocina mi espíritu jugaba al contrapunto: Tal vez creímos a una mentira. Quizás deba animar a Kent en que deje el ministerio y deseche cualquier cosa que nos mantenga atados a una deteriorada fe en Dios”.


Me sentía sola y temerosa. Necesitaba una reafirmación, entonces hice lo que siempre hago cuando enfrento un temor: tomé mi Biblia.


C. S. Lewis dijo una vez: “Dios nos susurra en nuestras alegrías, nos habla en nuestras dificultades y nos grita en nuestro dolor”. Pues bien, necesitaba su grito. Respiré profundamente y abrí mi Biblia. Mis ojos cayeron sobre un versículo subrayado en rojo:


“Aunque él cayere, no será totalmente abatido, porque yo lo sostengo con mi mano”.


Quedé estupefacta, llegué a pensar que si miraba de reojo por detrás mío vería a Dios. Con miedo, nuevamente, miré mi Biblia abierta y leí la frase anterior: “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino”.


Nunca había tenido un momento tan santo. La presencia de Dios era acompañada por la certeza regocijante de que El nos ama absolutamente y tiene cuidado de nosotros. “Si, Kent”, dije llorando, “sujétate de mi fe”. Con ese pensamiento, encontré a Kent durmiendo, y me dormí yo también recitando la promesa: “Aunque el hombre cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano”.


¿QUE ES EL ÉXITO?


Durante los siguientes días, Kent fluctuaba entre el sentimiento de alivio de haber expresado su sentir y la inseguridad de las dudas no aclaradas; por un lado, por fin el gato había salido de la jaula, pero por otro, estaba suelto. Yo no conocía las respuestas, pero confiaba en que las encontraríamos, y comencé a buscar claves por todas partes.


En esa semana me encontré con dos amigas cuyos esposos recientemente habían dejado el ministerio. Me contaron de su prosperidad y de lo bien que les estaba yendo.


Pregunté por sus esposos y una contestó:


-¡Bárbaro, nunca estuvo tan feliz! Está vendiendo seguros de vida. -Y agregó-, ¿Sabes? Se necesita una clase de hombre especial en el ministerio. Allí no se puede medir el éxito y todo hombre necesita hacerlo para tener una buena auto imagen.


Ella era el eco del actual conflicto de mi esposo, y yo sabía que había algo equivocado en el pensamiento pero no me daba cuenta qué era lo erróneo.


-Nunca pensé de Kent como algo extraordinario -respondí-, sólo que era llamado por el Señor a hacerlo-,


-Bien -contestó con emoción- si tu iglesia no crece, Kent se va a sentir fracasado.


Esta aseveración me produjo enojo. De hecho estaba triste por ellos y por nosotros, pero estaba enojada porque su esposo, quien una vez había escuchado el llamado de Dios a predicar el evangelio, estaba ahora vendiendo seguros. También estaba enojada porque la misma sombra cubría ahora a mi esposo. ¡Y no lo iba a permitir!


-¡No sé por qué -dije-, pero estás equivocada, y no voy a descansar hasta que lo descubra!


Esa noche le comenté a Kent la conversación y nuestra adrenalina espiritual comenzó a moverse. El problema era el éxito. Eso era lo que debíamos analizar. Ese tema nunca lo habíamos definido como debíamos.


Encontré las hojas donde había anotado los pensamientos de mi esposo y escribí tres preguntas:


-¿Puede un pastor de una iglesia pequeña, ser exitoso?


-¿Qué es el fracaso?


-¿Qué es el éxito?


Los dos miramos con asombro esas preguntas. Viéndolas escritas parecían sumamente torpes. ¿Qué cosa en el mundo nos había traído al punto de hacer semejantes preguntas?


KENT DE NUEVO


Para concretar el pensamiento sobre qué me había producido tal desesperación, comenzamos a listar casi todo el bagaje subconsciente que habíamos recibido. Muchas voces venían de diversas y bien fundamentadas fuentes: nuestra educación, nuestra denominación, colegas, nuestra imaginación. Ninguno de ellos era malo en sí mismo, pero la premisa subrayada del consejo era mortal.


Marketing. Simplemente dice esto: Si quieres vender hamburguesas, debes asegurarte de que el negocio esté en un lugar visible y sea accesible llegar a él. Lo mismo para una iglesia.


Sociología.


Durante las primeras etapas de la planificación, un experto en crecimiento de iglesias nos calificó “perfectos” para la tarea. Nuestra familia tenía el status económico y social requerido para liderar una iglesia en crecimiento en nuestra comunidad.


Administración.


En lo profundo de mi mente, yo creía que “una iglesia que da, crece” y que “una iglesia que da a las misiones será una creciente iglesia misionera”. De alguna manera retuve un estilo desafortunado e híbrido de evangelio próspero en mi pensamiento desarticulado. Se supone que dar significa conseguir más gente.


Piedad.


Inarticulada pero firmemente enraizada. Tenía la creencia de que si nuestra gente era verdaderamente piadosa, si exhibía el fruto del Espíritu, sus características espirituales atraerían a los perdidos y buscados y nuestra iglesia crecería. Detrás de este pensamiento yace la tan sutil concepción de que la piedad simplemente implica algo más importante, en este caso: multitudes y éxito.


Predicación.


Durante mis años de seminario el desfile de estrellas de grandes iglesias, por el pulpito, inadvertidamente hicieron énfasis en que si predicas la Palabra efectivamente, tu iglesia crecerá. Mi interpretación era la siguiente: grandes iglesias tienen excelentes comunicadores. Las que no crecen no los tienen.


OBJETIVO EQUIVOCADO


Estaba orgulloso de mi discriminado uso de métodos y principios. Estaba seguro de que Dios bendeciría mi ministerio con un crecimiento numérico “porque yo estaba haciendo las cosas bien”.


Pero no me había dado cuenta de que adquirí la idea de que éxito es igual a números crecientes, y como éxito significaba tener una gran audiencia, eso significaba “una grande y creciente iglesia”.


Ciertamente no hay nada malo en usar sabiamente los principios de crecimiento. Como introducirse en una cultura y predicar bíblicamente son parte de una inteligente organización del ministerio. Sin embargo, cuando el estribillo que se canta es “crecimiento numérico”, “crecimiento numérico” y el motivo persistente es números, entonces el pragmatismo pasa a ser el conductor. Inexorablemente, la audiencia se transforma en el hombre y no en Dios y la autopromoción sutilmente pasa a ser la fuerza dirigente. Así las cosas, el éxito en el ministerio es igual que en el mundo y el siervo de Dios evalúa su éxito como un hombre de negocios, un atleta o un político.


Analizando mis pensamientos llegué a la conclusión de que estaba errado. Yo sabía qué hacía crecer a una iglesia y lo había hecho. Restaba muy poco más por hacer. Por lo tanto, yo no tenía lo que ello requería. Dios me había llamado a una tarea sin darme los dones para triunfar y yo estaba justificadamente amargado.


LA SUTIL SEDUCCIÓN


Al comienzo de mi ministerio, la motivación era simplemente servir a Dios. Eso era todo. Mis héroes eran personas como Jim Elliott o Hudson Taylor. El lema de Elliott fue: “No es tonto quien da lo que no puede mantener para ganar lo que no puede perder”, y había sido parte de mi vida. Todo lo que yo quería era la aprobación de Dios. Pero, imperceptiblemente, mi delicado idealismo se había transferido de servir a recibir, de dar a conseguir. Comenzaba a darme cuenta de que realmente yo quería una iglesia creciente y el éxito más que la sonrisa de Dios.


Inconscientemente evaluaba cada cosa desde la perspectiva de cómo afectaría mi éxito en la nueva iglesia. En lugar de evaluarme a mí y mi ministerio desde la óptica de Dios, estaba utilizando los parámetros del mundo.


Cuando nos dimos cuenta de que el número como meta estaba equivocado, comenzamos a entusiasmarnos. Nos vimos al pie de una gran montaña, pero al menos ahora la podíamos ver. Ferozmente determinamos de allí en adelante evaluar nuestros triunfos desde el punto de vista bíblico. Tuvimos que aprender a decir íntimamente: “Si nuestra iglesia no crece, nos mantendremos fieles a Dios y lo serviremos con alegría, porque Dios es digno de ser servido. El es digno”.


NUEVO CRITERIO


Durante ese, nuestro urgente estudio bíblico, consideramos a Moisés para ver el correcto significado de éxito. Cuando golpeó la roca dos veces y el agua vertió de ella (Nm. 20.1-12) se convirtió en el héroe del pueblo de Israel; un éxito rotundo para ellos, pero no para Dios. Al realizar ese milagro en desobediencia al claro mandamiento de Dios, su éxito aparente resultó en un error abismal. Observamos que los buenos resultados, esos que merecen aplausos, no necesariamente son éxito a los ojos de Dios.


Con Bárbara encontramos, por lo menos, cuatro principios para el éxito:


Amar y adorar a Dios.


“Oye Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt. 6.4-5). ¡Ese es el comienzo para el triunfo! Si no tenemos ese amor en nuestras vidas, entonces cualquier cosa que hagamos será cenizas.


Ser un siervo fiel.


“Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Co. 4.1-2). El éxito, desde la óptica de Dios, se encuentra en la fidelidad del siervo y en la obediencia, haciendo las cosas a la manera del Maestro. La fidelidad es el elemento fundamental.


Ser un trabajador constante.


Es imposible ser un sirviente fiel y perezoso. No me puedo excusar por la falta de resultados proveniente de la vagancia. Alexander MacLaren se levantaba para estudiar a las 6.30 hs. cada mañana y se calzaba unas botas de trabajo:


-Quiero estar en mi oficina antes que los hombres estén en el pavimento -decía- y me pongo estas botas de trabajo para recordarme de que estoy aquí para trabajar.


Mantener una actitud correcta.


En la parábola del Hijo pródigo, el hermano mayor había sido fiel al padre quedándose en la casa y trabajando en el campo, pero cuando regresó su hermano su actitud fue incorrecta. Estaba amargado y resentido. Un siervo fiel es uno cuyo corazón es fiel y amante.


Con mi esposa llegamos a la conclusión de que el éxito en números, la clase de éxito que el mundo propone, es solamente de interés a la soberanía de Dios. No para nosotros, sino para Dios. Y no íbamos a buscar los lugares privilegiados para nosotros mismos porque esos lugares son peligrosos. Sí buscaríamos amar y adorar a Dios con todo nuestro corazón y ser siervos fieles, gozosos y vigorosos en servir al Señor, y no a nuestros egos.


Ahora, mirando para atrás, vemos que hace once años encontramos el éxito en medio de lo que el mundo llamaría un fracaso. Éramos exitosos en la pequeña y disminuida iglesia porque aprendimos a medir el éxito con los patrones de Dios.


DE VUELTA BARBARA


Un domingo por la tarde, durante nuestro período de búsqueda del verdadero éxito, estábamos en el culto de la iglesia. Incluyendo los niños, teníamos veinticinco presentes. Pero mientras miraba a Kent predicar, vi que uno de ellos venía por primera vez. Miré a Kent, y una silenciosa comunicación se dio entre él y yo: Gracias, Dios, por estas veinticinco queridas personas. ¡Qué privilegio es servirles aquí!


Una vez más estábamos a flote. Años más tarde, cuando nos mudamos a otra iglesia y ésta comenzó a crecer, nos alegramos de ser parte de ese crecimiento, pero hoy eso significa menos para nosotros de lo que la gente cree. En nuestros corazones, sabemos que nunca seremos más exitosos como aquella noche de veinticinco asistentes.


Apuntes Pastorales, Volumen VI – Número 1

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Salmo 1:3 RVC