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Predicación

La salvación: el gran regalo, Parte III

15 julio, 2005364 visitas



Punto 4. (1.3) Vida y piedad: Jesucristo es el Mesías de la vida y la piedad. ¿A qué se refiere con esto? Significa todo aquello que es necesario para la vida.



Primero, la vida es la energía, la fuerza y el poder de la existencia. La vida que Cristo da es una llena de energía, fuerza y poder.




  • La vida dada por Cristo es todo lo opuesto a perecer. Es la liberación de la condenación y muerte. El término del envejecimiento, deterioración, decadencia y corrupción. Es la propia vida de Dios (Jn 17.3).


  • La vida dada por Cristo es una vida abundante, de altísima calidad, y que rebosa de amor, gozo, paz, bondad, satisfacción y seguridad.

Cristo provee todo lo necesario para la vida. Él anhela que el hombre experimente y tenga una vida en abundancia; por tanto, da todo lo que una persona requiere para rebosar de vida.



Segundo, la piedad es vivir como Dios quiere y ser una persona piadosa. Es vivir como deberíamos. Dios le dio vida al hombre; por esa razón, Él sabe como debería ser la vida, y todo aquello que debería ser piadoso como lo es Él. La palabra «piedad» [eusebeian] exactamente significa vivir en la reverencia y temor de Dios; estar muy conscientes de la presencia de Dios; vivir de la forma como lo haría Él si estuviera aquí en la tierra. Piedad significa buscar a Dios para poseer su misma característica, naturaleza y comportamiento. El hombre de Dios se guía por la piedad. Busca obtener una consciencia de la presencia del Padre, una consciencia tan intensa que él realmente viva como lo haría Dios si estuviera aquí en la tierra. Piedad quiere decir ser como Cristo, como él vivió cuando estuvo aquí en la tierra. 2 Corintios 3.18; Tito 2.12–13; 2 Pedro 3.11



Hay dos puntos muy importantes en este pasaje que son absolutamente esenciales y que debemos prestarles atención si deseamos alcanzar una vida real.


1. La vida no proviene del hombre, ni siquiera está en él. El hombre al final muere, es una criatura que siempre está en el proceso de morir. Además, experimenta toda clase de tribulaciones y sufrimientos tales como enfermedad, accidentes, vacíos, soledad, corrupción, maldad, fracasos, errores, mentiras, robos, asesinatos, guerras y muerte tras muerte de amigos y amados.


El hombre posee todo menos la vida; en el mejor de los casos, vive por unos cuantos años que son siempre cortos y frágiles.


Entonces, ¿dónde puede encontrar vida el hombre? ¿Quién tiene la autoridad de detener el proceso de muerte y librarnos de ella? Ninguna persona tiene dicha autoridad. El versículo afirma: «poder divino», el propio poder de Cristo es el que puede detener la muerte y darnos vida en abundancia ahora y para la eternidad. Jesucristo es el Hijo de Dios quien vino a la tierra para…


• asegurar la vida perfecta e ideal para nosotros.


• morir por nuestros pecados con el fin de librarnos de ellos para que pudiéramos estar ante Dios sin mancha alguna, perfectamente justos ante los ojos de Dios.


Este es el poder de Cristo, el poder que nos salva de la muerte y nos da vida y piedad.



2. Recibimos vida y piedad por medio del conocimiento personal de Cristo. Debemos reconocerlo como nuestro Salvador y Señor para que rodee todo lo que somos y tenemos. Debemos estar dispuestos a caminar y compartir con Él todo todos los días, servirle como el Señor de nuestras vidas. Debemos estar dispuestos a conocerlo y experimentarlo, día a día, por medio de una vida piadosa.


Cristo nos ha llamado a una vida de gloria y excelencia moral tanto aquí en la tierra como allá en el cielo. Somos llamados a vivir pura, recta y gloriosamente, y cuando lo hacemos, Él promete darnos un lugar en la gloria y perfección de los cielos. Es más fácil entender este versículo utilizando su significado griego: «Cristo nos ha llamado por su gloria y rectitud». Es decir, su gloria y rectitud (excelencia moral) atrae y estimula al hombre a buscar la vida y la piedad en Él. Juan 5.24; 2 Corintios 4.11; Filipenses 1.21; 1 Juan 3.24



Punto 5. (1.4) Naturaleza divina, nuevo hombre, nueva creación, corrupción: Jesucristo es el Mesías de la naturaleza divina o del nuevo hombre. Preciosas y grandísimas promesas nos han sido entregadas y estas son aquellas que tienen que ver con la naturaleza divina de Dios, la naturaleza divina que es implantada en el corazón de la persona que ha creído en Jesucristo. Cuando una persona cree en Jesucristo, Dios envía su Espíritu Santo para que more en el corazón del creyente. Dios coloca en ese corazón Su propia naturaleza divina y convierte al creyente en una nueva criatura y en un nuevo hombre. El creyente nace espiritualmente de nuevo. Realmente toma parte de la naturaleza divina de Dios a través de la presencia del su Espíritu Santo.


Fíjese además en lo que ocurre: el creyente escapa de la corrupción que está en el mundo. Él vive eternamente gracias a la naturaleza divina de Dios. Cuando llegue el momento en que esta persona tenga que partir de este mundo, su espíritu es transferido hasta el cielo, hasta la propia presencia de Dios, más rápido que un pestañear. ¿Cómo y por qué? Gracias a la presencia divina de Dios: el creyente es una nueva criatura, una nueva persona en la cual mora el Espíritu Santo de Dios, y el Espíritu de Dios no puede morir. Por tanto, la persona escapa de la corrupción de este mundo.


– El creyente nace de nuevo. Juan 3.3–6; 1 Juan 5.1


– El creyente es hecho una nueva creación. 2 Corintios 5.17


– El creyente se convierte en un nuevo ser, una nueva persona. Efesios 4.24; Colosenses 3.10


– El creyente recibe la naturaleza divina de Dios. 2 Pedro 1.4



Estudio #1 (1.4) Corrupción, pecado y muerte: En el cuerpo del hombre y en este mundo yace el principio o la semilla de la corrupción.


Por tanto, el hombre se deteriora y se arruina, en otras palabras, muere y regresa al polvo.


El pecado es el que provoca que esta semilla de corrupción germine. El pecado es egoísmo o lujuria, es actuar en contra de Dios, de los demás y hasta de uno mismo.


Cuando un hombre ofende o actúa con egoísmo, hace lo que él quiere en lugar de lo que debería hacer. Cuando se revela, activa y moviliza el proceso de la corrupción. El egoísmo del hombre corrompe su ser y el mundo en el que vive, el cual incluye el campo, el aire y el agua de la Tierra (Ro 8.21). Su egoísmo corrompe la relación entre él y Dios, entre él y los demás, y hasta entre él y su propio cuerpo (1 Co 15.42).



Este egoísmo y pecado puede ser desde comer excesivamente o no mantenerse en línea físicamente, y esto moviliza el proceso de la corrupción, el cual carcome continuamente la vida. El pecado, es decir, el egoísmo, ha provocado y continua provocando la muerte física y espiritual. Mateo 6.19–20; Romanos 5.12; 1 Corintios 15.50; 2 Corintios 5.1–4; Hebreos 9.27



Usado con permiso,


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