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Mujer

«Para las lágrimas…»

15 julio, 2005587 visitas

Me sentía cansada y completamente desanimada. Tenía 23 años, cuatro años de matrimonio, una niña de dos años y medio y cuatro años en el ministerio al lado de mi esposo, el pastor de la iglesia en la que ambos habíamos crecido. Muchas vivencias difíciles comenzaron a cargar mi corazón. Entre ellas, la soledad abrumadora del líder en la comunidad cristiana y más aún el desierto por el que, con frecuencia, caminan algunas esposas de pastor. A pesar de la gran cantidad de contacto humano que experimentamos, son pocas las relaciones profundas que logramos establecer.


Pareciera que la mujer líder no tuviera el derecho de abrir su corazón, tener temor, equivocarse, quejarse o deprimirse. La presión de ser siempre «perfectas» va anulando nuestra personalidad y quebrantando el alma. Siempre estaban presentes en mi mente los recuerdos de la falta de comunicación y el aislamiento que me caracterizaron en mi infancia, la imposibilidad de expresar correctamente mis emociones o de demostrar afecto de manera natural que me impedían relacionarme bien con las personas. Todo esto me producía un profundo dolor, pues no conocía el motivo real que tenía para ser así.


A pesar de haber entregado mi vida a nuestro Señor Jesucristo desde muy pequeña y haber deseado con toda el alma servirle, dedicándome a su obra, no me sentía calificada para desempeñar este trabajo tan importante. Mi frustración por no ser comprendida ni entender lo que las personas pedían de mí fue en aumento. Fueron muchas las veces en las que me esmeré en realizar algo bien, pero mis pocas habilidades sociales y la facilidad con que me distraía y olvidaba los detalles, hacían que la gente me juzgara mal; dado que era incapaz de reaccionar adecuadamente, terminaba aislándome.


La decepción que le causaba a mi esposo el que yo no fuera una ayuda óptima para su ministerio, fue cargándome de culpas. Realmente intentaba hacer todo de la mejor forma posible, pero las cosas me salían mal. Cuando trataba de dar lo mejor de mí, terminaba lastimando y dañando a alguien. Mi carácter impulsivo, el estado de ansiedad permanente, como si dentro mío existiera un motor listo para arrancar día y noche, y el ruido que este producía, no me dejaban escuchar a los que estaban a mi alrededor. Mi esposo se sentía impotente ante mis reacciones, ya que no podía comprender cómo me era tan difícil relacionarme con la gente si podía relacionarme con Dios. Comenzamos a tener problemas entre nosotros. Él precisaba una ayuda idónea en su ministerio, un ministerio que yo también amaba pero que no encontraba la forma de apoyar. Esto contribuyó a aumentar mi sentido de culpa y terminó dañando mi relación de pareja.


Me convertí en presa constante de juicios contra mí misma hasta llegar a pensar que el Dios que un día había conocido como un ser amoroso y bueno estaba contrariado y molesto conmigo. Es triste cómo en muchas ocasiones los seres humanos nos distanciamos del amor de Dios, sobre todo cuando por una u otra razón otras personas nos han hecho sentir indignos de ser amados y aceptados como individuos. Es como si uno terminara viendo su propia imagen en las críticas de los demás.


En ese tiempo se presentó la oportunidad de asistir a un curso sobre misiones en otra ciudad. Al llegar allí elevé una oración diciendo: «Señor, estoy cansada. Anhelo, aunque no lo merezca, que mis pies sean refrescados. Creo que estoy a punto de desfallecer si no contestas a mi ruego». Las enseñanzas fueron de gran bendición para mí en ese momento y, más todavía, las palabras de una misionera que sin conocerme me dijo: «Tu enfermedad será para bendición». En ese momento creí que se refería a un problema que estaba sufriendo en la tiroides, pues para entonces no tenía idea del desorden que padecía. Tuvieron que pasar algunos años para que comprendiera sus sabias palabras pero, de todas maneras, mis pies se refrescaron al escucharlas.


El último día del evento una de las maestras repentinamente sacó algunos pañuelos para dárnoslos de regalo. Al entregárnoslos nos dijo: «Para las lagrimas…» En ese momento me puse a llorar. Tal vez ella no tenía la intención de comunicar algo tan profundo con esas sencillas palabras; sin embargo, fue como si me estuviera susurrando al oído que en el ministerio y en mi vida habrían aún muchas lágrimas que tendría que derramar. El pañuelo era un símbolo de que éstas serían enjugadas. Desde ese tiempo he llevado en mi corazón un pañuelo imaginario.


Al volver a casa sentí que había tomado fuerzas para continuar, pero lentamente volví a sentirme decepcionada de mí misma y de los que me rodeaban, acumulando en mí resentimientos contra otras personas y, peor aún, contra mí misma. Con el paso de los años todo se me hizo más difícil. Mi vida comenzó a fragmentarse, todos mis sueños se destrozaron. Fue por ese tiempo cuando tuve a mi segunda niña y empecé a caer en una depresión sin salida, viendo cómo mi hogar se iba destruyendo. Asumí que la certeza que había tenido acerca del llamado de Dios no había sido real.


Al mirarme en el espejo sólo veía lo que no deseaba ser. No me creía digna de ser amada ni de amar, pensaba que tenía que mendigar el cariño y la aceptación de los demás. Tomé la decisión de acabar con mi sufrimiento de cualquier manera, a pesar del conocimiento que tenía de la Palabra de Dios.


En ese momento Dios usó el recuerdo de mi padre, que se encontraba lejos, para impedir que yo atentara contra mi vida. Cada vez que pensaba en hacer una locura, me asaltaba la memoria de mi padre. Él fue siempre un hombre de mucha fe y amor, y el pensar en lastimarlo de esa forma era algo que no podía resistir. No soportaba la idea de irme con esa culpa.


Cuando me hallaba como en un precipicio, tambaleándome para no caer, llegaron de visita unos tíos. Ellos se preocuparon muchísimo al ver el estado en que me encontraba y al retornar a los Estados Unidos hablaron con mis padres. Estaban convencidos de que todo lo que me estaba aconteciendo era a causa de un trastorno llamado: Déficit Atencional e Hiperactividad (ADHD). Mi mamá comenzó a estudiar lo referente a este trastorno y notó que todas las características encajaban. Fue como un rayo de luz en medio de la oscuridad. Mis padres consiguieron una cita con un neurólogo, donde más tarde fui diagnosticada.


Un adulto con ADHD enfrenta severas dificultades. Una de ellas, que a mí me trajo muchos problemas, consiste en olvidos constantes. Algunas veces antes de salir de la casa mi esposo me encargaba que le diera el antibiótico a la niña; yo lo servía en una cuchara, pero en ese preciso instante otra cosa desviaba mi atención y dejaba el medicamento servido encima de un mueble. Al llegar mi esposo encontraba la cuchara llena y que la niña no había tomado el medicamento. Para él esto era una irresponsabilidad terrible de mi parte, y yo no encontraba la manera de explicar lo que me había hecho olvidar algo tan importante. También mi fracaso escolar, el tener que repetir cursos, mis dificultades motrices, el no poder ordenar mis sentimientos y pensamientos junto con mis emociones habían ido dañando mi autoestima.


Sé que de haberse conocido el problema con anterioridad, se habrían ahorrado muchas angustias y dolores tanto para mí como para mis seres queridos. No se puede ser un adulto sano emocionalmente si se siente que desde que se tiene uso de razón se ha tenido que luchar para sobrevivir en un sistema educativo, social e incluso cristiano, en el que la manera de sentir, actuar y pensar no es aceptada. Es difícil llegar a adulto y cometer errores ilógicos, no poder controlar los impulsos, ser impaciente, entender las cosas de manera literal y muchos otros detalles más.


Al principio no fue fácil aceptar saber sobre este trastorno, pero en el fondo de mi corazón sólo anhelaba una respuesta a mis dificultades y la había encontrado, lo cual me dio el impulso necesario para comenzar de nuevo. Gracias a Dios y al apoyo de mi familia, especialmente de mi esposo, mi vida se ha ido sanando como una vasija restaurada en las manos del alfarero (Jr. 18.6). Cuando mi familia pudo comprender el porqué de mi manera de ser y mi esposo empezó a apoyarme y luchar a mi lado, comencé a curarme. Recibir el medicamento adecuado para nivelar los químicos en mi cerebro fue de gran ayuda, pero sólo el amor de Dios pudo sanar las heridas de mi alma.


Este proceso comenzó hace poco más de dos años. Ha sido un tiempo de pruebas y de mucha sanidad en mi interior. Encontré el perdón que me dio la oportunidad de restaurar relaciones y, sobre todo, iniciar una relación sana conmigo misma.


Tuve que volver muchas veces atrás para poder seguir adelante. Dios me ha dado una nueva oportunidad y también me ha ido devolviendo mi amor por su obra. Creo que mi trastorno me ha hecho ver a las personas con otros ojos. Ahora puedo comprenderlas, puedo sentir qué es lo que las afecta o las lleva a actuar de forma diferente. Trato de ver la manera de ayudarlas y no juzgarlas, sabiendo que nadie está libre de sufrir problemas. Este hecho no nos hace menos aceptables ante los ojos de Dios.


Anteriormente mencioné que la misionera que me había hablado en aquel curso había dicho que mi problema de salud llegaría a ser un canal de bendición. Apenas iniciado el tratamiento, mi papá, el cual siempre se caracterizó por su gran fe, me dijo: «Hija, Dios puede sanarte». Yo le contesté que sabía que era así, pero agregué: «El verdadero milagro será ver que Dios puede utilizarme a través de mi limitación; quiero que las personas logren identificarse conmigo, pues es más fácil que quienes se sienten limitados por algo perciban una esperanza si alguien con sus mismas deficiencias les muestra lo útiles que pueden ser». Hoy, por mi testimonio en un libro que escribí, recibo muchas llamadas no sólo de personas que tienen déficit atencional, sino también de personas que sufren depresión o han dejado de valorarse. Cada día veo cuántas son nuestras limitaciones y necesidades como seres humanos que, sin ser necesariamente un trastorno o enfermedad, nos impiden sentir pertenencia a nuestro entorno.


Todos necesitamos el amor restaurador de Dios y el apoyo familiar, saber que nuestra vida tiene valor y que, a pesar de nuestras limitaciones, tenemos mucho para dar.


¡Bendito sea Dios, que ha permitido que hoy las palabras de esa misionera estén cobrando vida en mi caminar! Son muchas las personas a las que puedo aconsejar y también animar a que busquen un especialista en el área. Estoy trabajando para que este trastorno sea conocido en mi país, Bolivia, y se acorte el sufrimiento de muchos. En el ministerio, y más aún como mujeres, necesitamos el consuelo de Dios. Hoy puedo decir que las lágrimas derramadas a lo largo del camino han adquirido valor y propósito. Me han dado una visión más amplia de las personas que sufren, o que por una u otra razón son diferentes a mí. Este reto me ha reconfirmado el llamado de Dios al ministerio, el que para mí había perdido sentido a pesar de lo mucho que representaba. Creo que toda persona vino a este mundo para cumplir con un propósito de Dios en su vida. Si todos fuéramos iguales la vida carecería de encanto, pues en nuestras diferencias están nuestros complementos.


En una noche de mi vida se filtró por una ventana una luz de esperanza pequeña y tibia, abriéndose paso entre las tinieblas que rodeaban mi existir debido a todos mis fracasos. Esa luz trajo a mi corazón un nuevo amanecer, después de muchas noches sin mañana. Quiera el Señor, aún en medio de mis luchas, usarme para iluminar la vida de muchos otros y que yo pueda, desde mi corazón, donar muchos pañuelos … para las lágrimas.



Algunas sugerencias para poder ser de apoyo a personas que, como yo, sufren de este trastorno:




  1. Conocer el problema y buscar evaluación profesional.


  2. Comprender las limitaciones de la persona afectada y cambiar la actitud negativa hacia ella.


  3. Buscar tratamiento médico o terapéutico.


  4. Ver las habilidades escondidas que la persona afectada puede desarrollar.


  5. Ayudar a reconstruir la autoestima que, con seguridad, estará dañada.


  6. Confiar en que Dios terminará la obra; comprender que nadie tiene la culpa de este trastorno y que el principio de la solución está en conocer el problema.


Notas relacionadas






El Déficit de Atención con Hiperactividad (ADHD) es un trastorno padecido por el 3 al 5 % de la población. A continuación mencionaremos algunas de sus características, las cuales originan a su vez otro tipo de reacciones que ocasionan diferentes conflictos personales y sociales.


¿Qué es el ADHD?


Es un trastorno de origen neurológico que se caracteriza por déficit atencional, impulsividad y/o hiperactividad excesiva. Esto varía entre varones y mujeres.


Características:


1. Atención y concentración


Puede haber problemas a la hora de:



  • seleccionar qué es lo más importante
  • comenzar actividades y mantener la atención hasta completar la tarea
  • prestar atención a dos estímulos a la vez, como por ejemplo escuchar lo que dice el profesor y tomar nota al mismo tiempo

2. Impulsividad


Los niños con ADHD tienen dificultad en:



  • reflexionar antes de actuar
  • prever las consecuencias de sus acciones
  • planificar actos futuros
  • seguir normas establecidas

Hiperactividad:


Las personas manifiestan un nivel excesivo de movimiento corporal, que puede traducirse en una actividad incontrolable o manifestarse como una inquietud constante en manos y pies. Es más notorio en actividades donde se requiere estar quieto por periodos largos de tiempo.



Tipos de ADHD


Según el criterio del DSM-IV (Manual de Diagnóstico y Estadística de la Asociación de Psiquiatría Americana, 1994), hay tres tipos de ADHD:




  • atencional: predomina la dificultad de atención


  • Impulsivo-hiperactivo: predomina la dificultad de auto control


  • Combinado: presenta síntomas de falta de atención, impulsividad e hiperactividad

Síntomas interrelacionados con los anteriores




  • cambios de humor debidos a un estado de frustración constante


  • baja autoestima


  • dificultad en seguir reglas u órdenes


  • poca motivación


  • hablar fuera de turno o responder precipitadamente


  • molestar a los compañeros e interrumpir sus juegos


  • hacer ruidos o emitir sonidos


  • ser impredecible; hacer algo bien hoy y mal mañana

Factores asociados al ADHD


Cuando no es diagnosticado y tratado a tiempo, el niño corre un gran riesgo de:




  • disminución de su capacidad de aprendizaje


  • bajo rendimiento y fracaso escolar


  • problemas emocionales (depresión, desconfianza, inseguridad, etc.)


  • trastornos de conducta y/o de personalidad


  • dificultades familiares y sociales


  • problemas de relación interpersonal

    Factores que empeoran el pronóstico



  • diagnóstico tardío


  • fracaso escolar


  • educación excesivamente permisiva o demasiado severa


  • inestabilidad familiar


  • mala salud y retraso en el desarrollo


  • antecedentes familiares de alcoholismo, conductas antisociales u otros trastornos mentales


  • Falta de autoestima

Tratamiento



    Es multimodal; se proponen los siguientes:



  • Conductuales


  • Cognitivos: ayudar a establecer un pensamiento organizado


  • Farmacológicos: por prescripción médica


  • Ayuda a padres mediante información, conferencias, talleres, etc.


  • Asesoramiento a profesores


  • Cursos de desarrollo de habilidades sociales

*Algunos datos han sido extraídos del Cuaderno informativo TDAH (Trastorno de Déficit de Atención con o sin Hiperactividad). Fundación ADANA (Ayuda Déficit Atención, Niños, Adolescentes y Adultos). Muntaner 250, pral. 1ª. 08021 Barcelona, España.



Muchas de estas características se refieren a niños, pero son muchos los problemas similares que vive un adulto con ADHD. La diferencia es que tal vez en niños se llega a comprender, pero… ¡qué difícil se hace entender estos síntomas en un adulto!


© Apuntes Mujer Líder, edición enero – marzo de 2004/ Volumen I – Número 4

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Salmo 1:3 RVC