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Liderazgo

La salud emocional de la familia del Pastor, Parte III

15 julio, 20051270 visitas

Enfrentando los conflictos familiares


Las crisis no son una señal de valor familiar. Es decir que una familia no es mejor si no tiene crisis y no es peor si las presenta. Lo que sí le da valor a nuestro grupo familiar es la forma en que tratamos esos conflictos, cómo los enfrentamos y resolvemos. En ocasiones, estos pueden ser generadores de enfermedades diversas.



Es precisamente por vivir estas crisis que se producen los cambios que ayudan a crecer y madurar a nuestras familias. Usted, como ministro, lo habrá apreciado en otros. Y así ocurre con nosotros también. Donde nunca pasa nada, nunca cambia nada. Dios a veces permite las dificultades para que las cosas cambien en nuestras familias. Aquellas cosas no buenas en buenas, y las buenas en mejores.



BARRERAS
Hay varias barreras que entorpecen la resolución de nuestros conflictos y, también como en cualquier hogar, están allí atentando contra lo que puede redundar en buena salud.



Negación



«Aquí no pasa nada». Se cierran los ojos y se ignora el conflicto. Recuerdo el caso de una familia en donde el hijo mayor se drogaba desde hacía tres años. Sus padres no se enteraron hasta que decidió decirlo abiertamente. Sin embargo, durante esos tres años, el joven tenía muchas conductas y síntomas que estaban mostrando que algo estaba pasando. Todas estas conductas denunciaban un conflicto y eran mensajes desoídos, negados. ¿Sabe usted cuántas veces los integrantes de las «familias normales» manifiestan esos mensajes?



Silencio



Muchos ven el problema, pero lo esconden. La familia misma se da cuenta de la crisis, pero no se habla. En algunos casos ni aun siquiera frente a Dios se menciona. Pensamos que si no decimos nada, a lo menos no lo agravaremos.



Hay familias que son espectadoras de sus conflictos; esperan y ven «qué pasa». Una actitud positiva es transformarse en familias participantes, en familias que hablan y actúan. Dialogue con los suyos sobre los conflictos, preséntelos a Dios frente a ellos, y si es posible, oren juntos por guía y resolución. En general, el paso del tiempo no soluciona el conflicto, sino que las personas -además de acumular rencores y amarguras en su corazón- van siendo modeladas por la presencia del conflicto, y este llega a «ser parte» de la personalidad. Los conflictos no resueltos tienden a aumentar o «cornificarse».



Suficiencia



«Yo soy la persona que verdaderamente veo cuál es el problema y cómo resolverlo. En casa soy el único que tengo experiencia ministerial como para saber cómo es la salida.»



Aquellos que estamos en la tarea pastoral y que llevamos ya un buen tiempo de trabajar con personas, poco a poco vamos asumiendo que somos «los doctores» y el resto «los legos». Es cierto que tenemos, tal vez, más casos vistos que cualquier otro en la familia, pero el que se trate de mi familia torna diferente el asunto, puesto que hay dos elementos que modifican nuestra posición: 1)- somos parte del problema, puesto que somos parte de la familia -muchísimas veces somos los causantes primarios de varias crisis, aunque no siempre voluntariamente-, y 2)- por tratarse precisamente de nuestra familia, hay cuestiones emocionales que no me dejan ver bien. Necesito que mi esposa y mis hijos enriquezcan mi apreciación. Muchas veces ellos verán mejor que yo, en otras, mi experiencia me ayudará a ver cosas que ellos no ven.



Egoísmo, o tal vez mal enfoque



«Tengo que cuidar de mí mismo. Soy el pastor y esto no puede pasar a mayores. Al final de cuentas, soy el centro de todo, aun de mi familia.»



Esta corriente de pensamiento está influyendo mucho en nuestras familias y es sumamente perjudicial. Hay una idea de que lo importante es estar bien yo, salvarme yo. «Si hay un conflicto, resolverlo de la manera que sólo a mí me beneficie, el resto lo veremos luego». Leí una frase graciosa y trágica a la vez, que decía: «El hombre egoísta es aquel que no piensa en mí».



Lo triste es encontrar familias en que todos piensan así. Y aun familias pastorales. Es difícil pensar en plural, -más aun hacerlo en el otro-. Se piensa en yo y no en nosotros. La Biblia nos advierte que en los últimos tiempos habrá amadores de sí mismos, y creo que se está refiriendo a esto, a esta nueva filosofía de vida, la Nueva Era, la Nueva Conciencia, tan peligrosa y contraria a todos los principios dados por Dios para el ser humano y las familias.



Ataque



El conflicto es destructivo cuando trata con personas y no con temas. En vez de confrontar los conflictos y los temas que los producen, confrontamos a las personas. Para ser más claro, en la familia no debemos preguntamos: «¿Por qué estamos peleando?», sino «¿Contra qué estamos peleando?». Si aparecen los conflictos, a los únicos que tenemos que atacar es a ellos, no entre nosotros.



Muchas veces atacamos a los otros porque nos sentimos frustrados por logros no alcanzados, o a veces porque confundimos el conflicto con lucha de poderes, con dominio. Entonces empiezan los argumentos constantes, el aumento de tono de voz, la desvalorización y las acusaciones. Ellos vienen a ser como la «lluvia ácida» en nuestros hogares, que van minando y destruyendo todo lo de peso y valor.



APRENDIENDO A «PILOTAR» EL CONFLICTO
El conflicto puede transformarse en factor de bendición si se resuelve. ¿Qué necesitamos para ello?



Contexto



En primer lugar, necesitamos un marco para trabajar. No es meramente «hablar», sino hacerlo en un lugar propicio y con un tiempo específico. Para buscar soluciones viables, realísticas, dialogando sobre el tema con frecuencia, con amor, necesitamos dedicarle tiempo en horarios que sepamos especialmente, para que nuestra familia no sea distraída o interrumpida. A veces la resolución de conflictos demanda mucho tiempo. No se desanime.



Hay que ser constantes, seguir trabajando hasta que la solución haya quedado completa y el problema quedado atrás.



Voluntad y coraje



Debemos tener coraje para mirar el pasado y voluntad para tratar el tema responsablemente. Reflexionar y analizar los motivos por los que se llegó a ese problema. »Qué pasó? Detectar si hubo errores cometidos y asumirlos, sin condenar. Compromiso a considerar al otro primero



¡Por supuesto que la buena madurez cristiana nos reclama que pensemos primero en el otro! Pero hay otras razones por las que, especialmente nosotros, los líderes, debemos considerar a nuestros seres queridos en primer lugar. Somos sus pastores y debernos pastorearlos. Además, muchas tensiones y carencias que los miembros de nuestras familias experimentan se deben a que nosotros, como «líderes ocupados», les hemos hecho pasar.



No sólo la iglesia, sino muchas veces nosotros mismos hemos requerido de ellos más madurez y paciencia de la que tienen. Más de una vez nos ha dado vergüenza el tener que explicar a los otros líderes de la iglesia que debemos dar prioridad a la esposa o a los hijos y no a ciertas actividades o demandas de la congregación. Entonces, ¿quiénes son los que han sufrido? Nuestra familia.



Debemos entender la posición de los demás en los conflictos que atravesamos. Escuchar para entender, dialogar para construir y salir «a buenos pastos», no escuchar para ganar una discusión.



No escapemos al dolor que significa aceptar las responsabilidades y las fallas personales. Ellos las han visto, han sido testigos de ellas. ¿Logrará más el negarlas que el aceptarlas y corregirlas? No hablemos para defendernos, sino pensemos en qué espera escuchar el otro.



Búsqueda de la voluntad y la presencia de Dios



Orar específicamente por el problema. Oración individual y en familia. Pedir oración a algún familiar, amigo o pastor.


Dice Lawrence Crabb: «Por debajo de los sentimientos y las conductas están las creencias». Si usted cree que Dios está en medio de los conflictos y las pruebas, si usted está convencido que Dios puede ayudar a su familia a encontrar soluciones verdaderas a los mismos -si usted predica eso-, entonces ponga el conflicto en sus manos, sus sentimientos y conductas ante El y las soluciones pensadas serán de acuerdo con la voluntad suprema de Dios y para bendición de los suyos.

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