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Liderazgo

Apacienta mis corderos

15 julio, 20051022 visitas

Segundo artículo de la serie: Los corderitos del Señor



El Señor Jesús expresó interés hacia los niños cuando ordenó a Pedro en Juan 21:15: «Apacienta mis corderos». Es razonable deducir que aquí se refiere a niños. Los corderos son los menores del rebaño. En los dos versículos que siguen da a Pedro dos órdenes adicionales: «Apacienta mis ovejas». Vimos en artículos anteriores que aproximadamente ¡los dos tercios de la población mundial son adultos y la tercera parte son niños!



La primera prioridad y preocupación de cualquier pastor siempre son los corderos porque son las ovejas del futuro, y su primera responsabilidad es alimentarlos porque el futuro de él depende de ellos. Además con frecuencia son incapaces de alimentarse a sí mismos. Siempre hay algo atractivo en los corderos y su impotencia que hace brotar un amor especial y en consecuencia una atención especial. Las ovejas que constituyen las dos terceras partes de la población necesitan ser pastoreados (Juan 21:16) y necesitan alimento (Juan 21:17). Pero la primera prioridad y atención siempre se debe dirigir hacia los pequeños que por sí solos son tan impotentes e indefensos. Cualquier hacendado o pastor confirmará esto.



Dr. Richard Lenski, el conocido comentarista de la Biblia, escribe: «Jesús menciona primero a los corderos no porque sean de menor valor o requieran menos cuidado sino al contrario. Jesús aquí pone a sus más preciadas posesiones bajo el cuidado de Pedro. La alimentación y nutrición espiritual de los niños se establece aquí como la primera parte del oficio apostólico.»



Mateo Henry, el comentarista de la Biblia, dijo al predicar a pastores en el año 1713: «Los ministros de Cristo deben entender que tienen la responsabilidad de alimentar a los corderos del rebaño de Dios… sea en público o en privado, en solemnes asambleas religiosas o en reuniones llevadas a cabo con ese propósito específico.»



El amor y la preocupación de nuestro Señor hacia los corderos se ven claramente también en Isaías 40:11: «Como un pastor que cuida su rebaño, recoge a los corderos en sus brazos; los lleva junto a su pecho, y guía con cuidado a las recién paridas».



Nuestra reacción podría ser la de David en el Salmo 34:11 cuando escribió: «Vengan, hijos míos, y escúchenme, que voy a enseñarles el temor del SEÑOR».



Para concluir, recuerde: Evangelizamos a los niños porque parecen estar tan cerca del corazón de nuestro Salvador quien desea que vengan a él.



Carlos Spurgeon escribió:


Cuando nuestro Señor bendijo a los niños, estaba realizando su último viaje a Jerusalén. Fue por lo tanto una bendición de despedida la que dio a los pequeños y nos recuerda el hecho de que entre sus últimas palabras a sus discípulos, antes de ascender, hallamos el tierno encargo: «Apacienta mis corderos». El gran Pastor de Israel, quien «recoge los corderos en sus brazos y los lleva junto a su pecho», sentía con fuerza esa pasión, y fue apropiado que durante su viaje de despedida otorgara su bendición a los niños.


(Citado de Come Ye Children)



Jesús dice: «Miren que no menosprecien a uno de estos pequeños». Tengan cuidado de no decir palabras poco amables en contra de sus jóvenes hermanos y hermanas en Cristo. Jesús valora tanto a sus corderos que los lleva junta a su pecho, y les encomiendo a ustedes, quienes siguen a su Señor en todas las cosas, que muestren semejante ternura a los pequeños de la familia divina.


(Citado de Come Ye Children)



Su corazón era un gran puerto en el que muchas pequeñas embarcaciones podían anclar. Jesús, el niño-hombre nunca se sentía más a gusto que con los niños. El santo niño Jesús tenía una afinidad para con los niños.


(Citado de Come Ye Children)



Permíteme guiar a un niño


Señor, no te pido


Que me des una gran obra tuya,


Un noble llamado, o asombrosa tarea.


Dame una pequeña mano para tomarla en la mía;


Dame a un niño para señalarle


El dulce camino que conduce hacia ti;


Dame una pequeña voz para enseñarle a orar;


Y dos ojitos que vean tu rostro.


Te pido, Señor, tan sólo esta corona:


Poder enseñar a un niño.


No pido ser colocado


Entre los sabios, los dignos o los grandes;


Sólo pido que, tomados de la mano,


Un niño y yo entremos por la puerta.


(Autor Desconocido)




Tomado y adaptado del libro ¿Por qué evangelizar a los niños?, Sam Doherty, Desarrollo Cristiano Internacional, 2002, pp. 81–84

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