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Liderazgo

El diálogo: recurso Bíblico para resolver problemas

15 julio, 20051559 visitas

El papel crucial del diálogo en el liderazgo cristiano aparece siempre implícito en el Nuevo Testamento cada vez que se dan instrucciones a la iglesia en relación a temas administrativos, relaciones interpersonales o resolución de conflictos. Sin embargo, por alguna razón, existe poca literatura con estudios para estimular y orientar el diálogo cristiano en los asuntos administrativos de la iglesia. Por lo general la literatura orientada hacia el liderazgo cristiano tiende a concentrarse en dos áreas de estudio: Estructuras administrativas y La persona del líder.


Es cierto que existe una necesidad casi continua de definir formas y requisitos personales del liderazgo cristiano. Sin embargo, estoy convencido de la necesidad de dar también atención a la búsqueda de formas y principios bíblicos que ayuden a nuestros líderes a tener éxito en sus esfuerzos por resolver conflictos y lograr acuerdos que avancen y engrandezcan el reino de Dios en la tierra. El diálogo sano y bíblico es una de dichas formas. El presente estudio será básicamente el repaso de algunos pasajes del Nuevo Testamento, en los que se encuentran la necesidad de un diálogo permanente en la iglesia.



UN DIÁLOGO SANO



Uno de los asuntos más dificultosos en el liderazgo es la forma de seleccionar a quienes representan autoridad y poder administrativo en la iglesia. Los discípulos del Señor Jesús a su manera enfrentaron ese tipo de problemas según vemos en Mateo 18 (vea también Marcos 9 y Lucas 9).


La pregunta que causaba malestar entre ellos era: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” (Mt. 18.1). Los discípulos hicieron esta pregunta pensando naturalmente en un reino de tipo terrenal y objetivo, aunque teocrático en el sentido de que de alguna manera sería regido por Jesús el Mesías. Quizás recordaban las palabras de Jesús a Pedro en el capítulo 16 “… tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (v. 18). Luego en el capítulo 17 Jesús toma a Pedro, Jacobo y Juan aparte y se transfigura “delante de ellos” (v. 2). En ambos capítulos (16 y 17) habla de su muerte y resurrección, pero aún no dice cómo estará formado su gobierno. Ellos han estado ya pensando en el asunto por algún tiempo. La respuesta del Señor es un pequeño discurso cuyo bosquejo podría resumirse de la siguiente manera:




  • “Cualquiera que se humille como este niño, es el mayor en el reino de los cielos” (Mt. 18.4).


  • “Porque el Hijo del hombre ha venido para salvar lo que se había perdido” (v. 11).


  • “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano” (v. 15).


  • “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (v. 18).


En todo ese discurso se trasluce el diálogo cristiano como único elemento capaz de actuar de “pegamento” al poner juntas las piezas del pequeño discurso del Señor. El principio de la respuesta a la pregunta ¿quién es el mayor en el reino de los cielos? está en los versículos 3-4, pero la conclusión está en los versículos 18-20.


Los discípulos esperan una respuesta objetiva; es decir, nombres y apellidos. Jesús comienza por algo subjetivo y general antes de llegar a la respuesta objetiva. Si se me permite hacer una paráfrasis resumiendo la respuesta del Señor, quedará como sigue: “Primero tienen que ser humildes y cándidos como niños. Segundo, tienen que dar prioridad a mis propósitos en este mundo. Tercero, tienen que dialogar con el hermano si éste peca”. Conclusión: “Yo haré mías, las decisiones de ustedes, siempre y cuando ustedes sean capaces de llegar a acuerdos que reúnan mis anteriores exigencias”.


De manera que el mayor, o los mayores, en el reino de los cielos serán determinados por un diálogo entre los discípulos. Dicho diálogo tiene que ser transparente y cándido como el de niños sin prejuicios ni malicia, en oración y dependencia del Espíritu Santo. Debe buscar corregir a los que han pecado. Debe tener como última meta la salvación de los perdidos. Debe ser capaz de conducir a acuerdos (se da por hecho que serían acuerdos bíblicos). Dicho de otra manera, no todas las decisiones del consejo de la iglesia entran en la santa voluntad de Dios; sólo están en la voluntad de Dios cuando los líderes entran en el diálogo con actitudes humildes, con el deseo de glorificar el nombre de Jesús y cuando están enfrentando el problema de pecado en los miembros de la congregación (si ese pecado existiera).


Ese tipo de diálogo, a mi juicio, es neotestamentario y por lo tanto forma parte integral de nuestra eclesiología. Debe ser la práctica cotidiana al tomar decisiones que afectan el liderazgo y la administración, así como las relaciones interpersonales dentro del cuerpo de Cristo.


Los principios obtenidos a partir de Mateo 18 son aplicados por la iglesia primitiva, según vemos en Hechos 15. Los principios dados por el Señor son para ser aplicados en cualquier decisión relacionada a la administración del reino de Dios en la tierra, no solamente cuando se llama a individuos a ocupar posiciones de privilegio. Al final de su respuesta Jesús dice: “Todo lo que atéis” y “todo lo que desatéis” (v. 18). Estas expresiones sobrepasan el tema que originó la pregunta original de los discípulos (v. 1), “Quién es el mayor en el reino de los cielos?” Se extiende a todo lo que queda para decidir en la iglesia, es decir, aquello no especificado en las Escrituras.


Una mirada rápida a Hechos 15 inmediatamente nos da el sabor del diálogo desarrollado en aquel concilio. En primer lugar, fue un diálogo transparente y candoroso. Cada uno habló con sinceridad y sin ningún tipo de prejuicios o presiones interpersonales, aun cuando había desacuerdo al principio de la discusión.


En segundo lugar, fue un diálogo que mantenía como asunto prioritario la meta final de “salvar lo que se había perdido”. Los fariseos convertidos opinaban sobre la necesidad de mantener la práctica de la circuncisión y el cumplimiento de la ley de Moisés como requisitos para la salvación (v. 5). Pedro da testimonio de la manera como Dios actuó a través de él para que los gentiles oyesen por su boca “la palabra del evangelio y creyesen” (v. 7). Pablo y Bernabé también hablan de las maravillas que había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles (v. 12). Jacobo se refiere al hecho de que Dios visitó a los gentiles “para tomar de ellos pueblo para su nombre” (v. 14). No siempre los asuntos a tratar en la iglesia tienen una relación tan directa con la salvación de los perdidos como en este pasaje, pero siempre habrá una implicación en el sentido de que ningún acuerdo debe frenar la evangelización.


En tercer lugar, fue un diálogo que buscaba corregir un error: el de los fariseos que habían creído.


Por último, fue un diálogo capaz de conducir a acuerdos bíblicos. En este punto es Jacobo quien dirige el diálogo hacia las Escrituras. Cita Amós 9.11-12, y a la luz de las Escrituras concluye que para no estorbar la evangelización entre los judíos se pida a las iglesias que guarden unos cuantos mandamientos de la ley, en el entendimiento de que la ley como tal no es lo que salva. Si un diálogo se pierde en el terreno de la experiencia cristiana, sin consultar y obedecer las Escrituras, corre el riesgo de terminar en acuerdos no bíblicos. Dios no puede negarse a sí mismo ( 2 Ti. 2:13) y no puede hacer suyos acuerdos de ese tipo. Un diálogo bíblico da por resultado un acuerdo igualmente bíblico.


La lógica nos aconsejará ver también en otros pasajes del Nuevo Testamento tales como Hechos 1.15-26 y 13.1-3, la repetición de todos o parte de los elementos que caracterizan un diálogo cristiano.


Considero que si en las iglesias evangélicas se tomara en cuenta la necesidad de un diálogo con estas características, el resultado natural sería menos conflictos internos en el cuerpo de Cristo.



Apuntes Pastorales, Volumen XIV, número 3

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