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Reflexión

Vida, muerte y resurrección, Parte III

15 julio, 2005531 visitas


Un nuevo soplo de vida: Tercer artículo de la serie
2 Reyes 4.14–37



Eliseo en un ministerio de resurrección



Todo verdadero ministerio espiritual lleva implícito un componente vital que es el de la resurrección. Si el ministerio espiritual no está acompañado con una proclama y una experiencia de resurrección, poco valor tendrá. Si no hay un mensaje de victoria sobre la muerte, inútil será la doctrina, no importa cuán bien se la decore. «Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó, vuestra fe es vana, aún estáis en vuestros pecados» (1 Co 15.16,17) y «si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres» (1 Co 15.19).



En este pasaje de 2 Reyes tenemos dos aspectos del ministerio ante la muerte y los consideraremos en forma separada. Primero:



El fracaso de Giezi



En los versículos 29–31 se relata la actuación de Giezi quien fue enviado por el profeta para que coloque su báculo sobre el rostro del niño. Las instrucciones de Eliseo fueron muy estrictas y urgentes: «Si alguno te encontrare, no lo saludes, y si alguno te saludare, no le respondas» (v. 29). Los saludos de los orientales, aun hasta el día de hoy, son muy extensos y podían distraer por un largo rato al siervo que tenía una comisión tan urgente. Cuando nuestro Señor envió a los setenta discípulos en misión precursora (Lc 10.1) y para anunciar que «se ha acercado a vosotros el reino de Dios» (Lc 10.9) también les dijo: «A nadie saludéis por el camino» (Lc 10.4). Ni Eliseo ni nuestro Señor querían insinuar de manera alguna que sus discípulos debían negar el saludo a los conocidos. El claro propósito de ambos era el de recalcar la urgencia de su misión.



Cuando Giezi llegó a la habitación del profeta, donde estaba el cuerpo inerte del niño, colocó el báculo de Eliseo sobre su rostro, pero nada ocurrió. ¿Qué lección podemos extraer de este fracaso? Sin duda, nos plantea una advertencia acerca del peligro de tornarnos formales o aun profesionales en nuestro servicio al Señor. Las varas y los báculos de los hombres de Dios son impotentes en sí mismos y su energía sólo consiste en la virtud que les imparte la oración de fe. Es fácil actuar en el servicio a Dios sin antes orar adecuadamente, pero los resultados pronto nos delatarán. Giezi quiso realizar su misión, sin oración y sin preparación previa. El servicio cristiano efectivo y fructífero demanda que paguemos un precio. Requiere limpieza, diligencia, fe, preparación y oración perseverante, y al parecer Giezi no quiso pagar este precio. Pensó que con el solo formalismo exterior del báculo sería suficiente; de esta forma, desconoció que «la letra mata mas el espíritu vivifica» (2 Co 3.6). Sólo «la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús» libra «de la ley del pecado y de la muerte» (Ro 8.2).



Giezi había ido delante de ellos y había puesto el báculo sobre el rostro del niño, pero no tenía voz ni sentido y así regresó para encontrarse con Eliseo y declararle: «El niño no despierta» (v. 31). Giezi, el creyente superficial, había demostrado ser impotente ante la muerte. Su experiencia fue similar a la de los siete hijos de Esceva, exorcistas ambulantes que creían que por el solo hecho de pronunciar el nombre de Jesús harían prodigios. La respuesta que recibieron fue: «A Jesús conozco, y sé quien es Pablo, pero vosotros, ¿quiénes sois?» (Hch 19.13–15). Es posible que el propio Eliseo se haya equivocado al pensar que podía delegar en Giezi una misión tan crucial.



En segundo lugar, consideremos:



El triunfo de Eliseo



En la acción que desarrolla Eliseo en esta situación crítica, descubrimos las condiciones para un éxito genuino en cualquier esfera de servicio para Dios. El hecho de que Eliseo consintiera acompañar a la madre sin duda le trajo a ella un sentido de alivio, y posiblemente haya fortalecido ese sentir de que algo sobrenatural podía aún ocurrir. Así como la compañía de Eliseo le infundió aliento a la sunamita, nosotros también podemos cobrar ánimo y fortaleza al abrazar por fe la promesa del Señor: «He aquí yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28.20).



Lo primero que hace Eliseo al llegar es entrar en la habitación, y cerrar la puerta para estar a solas («cerró la puerta tras ambos»; «sólo él y el niño estaban adentro»; «se puso a orar al Señor», v. 33 DHH). La muerte y las mismas puertas del infierno debían ahora prepararse para la batalla, pues uno mayor que Giezi estaba allí y no sólo una vara seca o un báculo frío. Aquí estaba un hombre de fe en el Todopoderoso, un hombre que sabía que la oración de fe puede mover montañas.



«Tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto» (Mt 6.6). Para poder ministrar vida a aquellos que están muertos en delitos y pecados, tenemos que disponer de tiempo para estar en verdadero contacto espiritual con Dios. ¿Estamos orando regularmente para que nuestros hijos tengan vida en Cristo Jesús? Una de las marcas que más distinguen al hombre de Dios es su vida de oración. Eliseo no osó tomar acción alguna sin antes exponer su problema e implorar la respuesta divina por medio de la oración («Se puso a orar al Señor», 2 Re 4.33).



En segundo lugar, observamos que Eliseo tuvo contacto personal con la necesidad. El versículo 34 nos describe este contacto íntimo: «Su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre sus ojos, y sus manos sobe las manos suyas». El hombre de Dios debe aprender a identificarse con la necesidad de su prójimo, a ver sus problemas desde su punto de vista. Debe comprender su forma de hablar, e introducirse en su ser para entender cuáles son sus intereses y verdaderos dilemas. El evangelio nos describe un vívido cuadro de esta verdad cuando relata cómo un leproso se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, si quieres puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó» (Mt 8.2,3). Esta verdad se nos presenta en su máxima dimensión cuando el apóstol Pablo escribe a los corintios y les dice: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado…» (2 Co 5.21). No sólo tocó la piel del leproso; no sólo gustó la muerte por todos nosotros, sino que fue hecho pecado por nosotros. ¡Inmensurable verdad que el mortal jamás podrá sondear!



Otra enseñanza que extraemos de este pasaje es que la lucha de Eliseo con la muerte no fue instantánea ni fácil, sino que demandó un intenso deseo y esfuerzo de su parte. Contrariamente a los milagros de resurrección que realizó nuestro Señor por el solo ejercicio de su palabra, Eliseo, por ser mortal, tuvo que esforzarse. «Luego se subió a la cama y se acostó sobre el niño, colocando su boca, sus ojos y sus manos contra los del niño y estrechando su cuerpo contra el suyo. El cuerpo del niño empezó a entrar en calor. Eliseo se levantó, entonces, y anduvo de un lado a otro por la habitación; luego se subió otra vez a la cama y volvió a estrechar su cuerpo contra el del niño» (vs. 34,35 DHH). Toda esta descripción nos habla de un proceso que demandó determinación y perseverancia por parte del profeta. Este esfuerzo exhaló el deseo de su alma en fe y oración, hasta que la fe prevaleció y los portones del imperio de la muerte se abrieron y soltaron su presa. «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? …gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo» (1 Co 15.55,57).



Las señales de vida se manifiestan. «El cuerpo del niño empezó a entrar en calor… de pronto el muchacho estornudó siete veces» (DHH). ¡El estornudo es una muy buena evidencia de vida! Los muertos no estornudan pero ¿no hubiera sido suficiente con dos o tres estornudos? El número siete en la Biblia nos habla de totalidad, de algo completo, y lo que Dios estaba realizando era una obra completa, nada menos que de resurrección. «Y abrió sus ojos». El calor del cuerpo indica la reanudación de la circulación sanguínea; los estornudos, la reanudación de la función pulmonar; los ojos abiertos, la restauración de la visión. Ante esta triple evidencia de vida, Eliseo llama a Giezi y le pide que llame a la madre. ¡Qué momento de suspenso para la sunamita, cuando oye que Eliseo la llama! Con su propia respiración casi detenida por el gozo, con una lógica aceleración de los latidos de su corazón, pensando que sus esperanzas se estaban por cumplir, corre hacia la alcoba del profeta. Eliseo la recibe, posiblemente con el niño tomado de su mano, con salud y frescura de vida, y le dice: «Toma tu hijo». Aquí volvemos a tomar conciencia del calibre espiritual de la sunamita. Antes de abrazar a su hijo como sería lógico esperar, entró en la alcoba, se echó a los pies del profeta, y se inclinó a tierra, en expresión de profunda gratitud. «Y después tomó a su hijo y salió». No se apresuró a aprisionar en sus brazos al don de Dios que le había sido devuelto, sin antes postrarse a sus pies en adoración y gratitud. Así concluye este singular y conmovedor relato. Sin embargo, bien podemos con un legítimo ejercicio de la imaginación, observar a la sunamita cuando entra a su alcoba con su precioso hijo resucitado, prenda renovada del favor divino. Por último, junto a su esposo, postrados a los pies del Señor, reiteran la rendición de sus corazones al Dios de su salvación y le dedican a su hijo como posesión eterna.



No se nos dice nada más de Eliseo en esta oportunidad. Habiendo cumplido con el ministerio de vida, desaparece de la escena pues debía cumplir con otras demandas. Pero no podemos dejar de pensar en el gozo que invadió su ser al verse utilizado por Dios en el más grande de todos los milagros. Nada produce mayor gozo en el servicio cristiano que ministrar vida. Una vida en el espíritu a personas que están muertas a la realidad de Dios, a la vida espiritual, y a la esperanza de una eternidad de gozo sublime y excelso con el Señor.



Su relación estrecha con esta familia continuó y en una fecha posterior Eliseo los aconseja a que emigren a otro país, porque Jehová había «llamado el hambre», que vendría sobre la tierra por siete años. Como vidente, el hombre de Dios anticipa el peligro que se cierne sobre los piadosos y les procura protección y provisión. La mujer aceptó el consejo de Eliseo y se fue con su familia a la tierra de los filisteos al sudoeste de Judea y permanecieron allí hasta que la época de escasez terminara (8.1–3).


Consulte los otros artículos de esta serie:




  • Promesa de vida (primera parte)


  • Duelo al mediodía (segunda parte)

Tomado y adaptado del libro El profeta Eliseo, Leonardo Hussey, Desarrollo Cristiano Internacional, 2002. Para obtener más información acerca de este libro haga click AQUÍ

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