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Liderazgo

Ocupado en una gran obra

6 marzo, 2008822 visitas

Todo el que sirve en el ministerio reconoce que es parte de una gran obra. Creo que esta es la razón por la cual el apóstol Pablo le dice a su discípulo Timoteo: «si alguno desea obispado, buena obra desea». Estoy seguro de que ninguna persona que sirve en la obra de Dios con limpia conciencia pondría en duda la grandeza del trabajo para el cual fue comisionado. Lamentablemente, sin embargo, muchas veces dudamos del valor real de nuestra contribución al menospreciar nuestro impacto, el fruto de nuestra siembra, la grandeza de nuestras conquistas y el peso de la historia que hemos escrito con nuestra vida y trabajo.


Esta es una lucha que todos enfrentamos. El enemigo —al que todos deberíamos saber cómo descubrir y vencer— nos ataca con la desestimación, uno de los más grandes peligros del ministerio. Por eso, es imperativo entender esta lucha porque de lo contrario, no podremos contestar con una perspectiva sana a preguntas como ¿cuál es valor de mi ministerio?, ¿cómo defino el impacto que tengo en otros?, ¿cómo me valoro a mí mismo como ministro? Muchas veces cuando nos evaluamos nos sumergimos en la autocondenación, porque medimos nuestro valor no por el llamado que tenemos, sino por el fruto que creemos obtener.


Mi deseo con este artículo es rescatar la importancia del llamado que hemos recibido y proveer una ayuda real que nos evite caer en la trampa de complejos, menosprecios o de hacer una evaluación errada, en lo secreto de nuestra mente, del trabajo que hemos realizado. Es importante analizar que solamente cuando uno se ve como el cielo lo ve a uno, es posible evitar ser distraído de la razón por la cual Dios nos llamó y tuvo como dignos para ponernos en el ministerio.


Permítame guiarlo por un camino más sencillo para entender los factores que afirman nuestro valor como ministros. También quisiera señalarle además, algunos asuntos que, aunque no determinan en nada la importancia del impacto que tenemos en otros, en ocasiones permitimos que definan nuestra vida y nuestra contribución para la extensión del Reino de los Cielos.


Una perspectiva errada


Comencemos por aquellos asuntos por los que no debemos medir nuestro éxito:


El valor de nuestra obra no se mide por las estadísticas


Para iniciar, recordemos una gran verdad que muchas veces se borra de nuestra memoria al asistir a convenciones o reuniones de trabajo con otros consiervos: el valor de la obra de un pastor no se puede medir con libros de contabilidad, ni con estadísticas ni por el grado de reconocimiento que haya alcanzado. La importancia de nuestro trabajo radica en el sello que el Espíritu Santo ha puesto sobre nuestro corazón y en el fuego que arde en nuestro ser por la obra que él nos ha encomendado. Esto es lo que determina nuestra «grandeza», indistintamente de lo público o privado que edifiquemos. En el antiguo pacto el sacerdote ministraba en público en el altar del sacrificio y en privado en el lugar santo o santísimo.


Ambas dimensiones eran igualmente valiosas para su servicio, ya que el valor de su sacerdocio no venía de sus «tareas» sino de su genética. En otras palabras, habían sido escogidos, destinados y valorados no por obras, sino por gracia, apartados por el llamado celestial. Al igual que ellos, el valor de nuestro oficio está en quien nos llamó y destinó y no en las tareas que hacemos. Tengamos presente que Dios puso a Abraham por «padre de naciones», y que en el transcurso de su vida ninguna nación se estableció en su nombre. Por eso, las estadísticas no reflejan el significado del nombre bajo el cual somos conocidos en el cielo.



El valor de nuestra obra no se mide por la cultura que nos rodea


Otra área en la cual debemos evitar buscar la evidencia de nuestra grandeza es en el valor que la sociedad le da a nuestro oficio. Sé que como pastores ministramos en una cultura hostil —no a nosotros pero sí al Dios a quien servimos, pues no luchamos contra carne ni sangre, sino contra principados y potestades que buscan desprestigiarnos ante quienes hemos sido llamados a liberar de las tinieblas. Cuando la cultura secular menosprecia nuestra vida por ser del altar, podemos decir —como hizo el apóstol Pablo— que en nosotros están las marcas del sufrimiento de Cristo, y por ende, también seremos hechos participantes de su gloria.


El valor de nuestra obra no se mide por las experiencias de otros


Son muchas las veces que cometemos el error de medir nuestro trabajo por el trabajo de otros. Ese es un sistema bajo el cual se rige el mundo, pero nosotros hemos sido llamados a renovar nuestro entendimiento para regirnos no por la mentalidad de este siglo, sino por la del siglo venidero. Imagínese por un momento que José, el hijo de Jacob, quien fue vendido como esclavo, llega a su oficina a buscar trabajo. ¿No cree que le impresionaría ver que su currículo expone que pasó de heredero a esclavo y de esclavo a reo? La grandeza de José no descansaba en su experiencia, ni en los logros de otros, sino en su llamado y en la obra de Dios en su vida, en medio de lo que parecía una escalera descendente.


Me gustaría ejemplificar esto de otra manera. Para ello, me tomaré la libertad de describir brevemente mis experiencias como pastor. El único propósito es establecer un fundamento sobre el cual se ilustre la importancia de la acción de Dios a través de nuestras experiencias.


En el pastorado he tenido la oportunidad de servir en diversas situaciones y en varias congregaciones. En dos diferentes países, he visto que el Señor utiliza maneras muy diferentes para multiplicar su iglesia. A dos pequeños grupos, en solo dos o tres años, los llevó a ser de miles. El impacto que tuvieron sobre sus ciudades fue similar al que uno lee en el libro de Hechos después de Pentecostés. En el periodo intermedio de esas dos iglesias, pastoreé una congregación que, después de mucho esfuerzo, energía y tiempo, no mostró ningún cambio visible en cuanto al crecimiento numérico. No se lograron los resultados que uno desearía o soñaría. Eventualmente, la única alternativa saludable para sus once o doce miembros fue cerrar las puertas de la iglesia. ¡Oh!, si ha habido un momento en que he tenido que dejar a Dios definir mi vida, fue ese último día que cerré las puertas de aquella iglesia.


La primera congregación que pastoreé tenía poco menos de cien personas. No obstante, el impacto que ha tenido hasta hoy, sigue alcanzando una región y continúa siendo un testimonio de la fidelidad de Dios. Plantamos esa iglesia en un pueblo de Estados Unidos y en ese tiempo, residían en la zona unos 200 hispanos. Nosotros fuimos de los primeros en creer que era el tiempo de alcanzar al pueblo hispano inmigrante.


En la actualidad, una vez más, hemos iniciado una nueva congregación y en el poco tiempo que tiene de existencia, ha sido evidente que Dios ha abierto las puertas para que tenga fuerza en la ciudad. En tan solo unas cuantas semanas nos ha permitido un lindo crecimiento. Pero ahora, que hemos visto la manifestación de una nueva y creciente congregación, debo admitir que Dios debió trabajar por dos años en la intimidad de mi corazón, para convencerme de que era el momento de iniciar una nueva etapa ministerial. Ha sido un desafío volver a empezar una nueva congregación en la misma ciudad donde, hace unos años, debí cerrar las puertas de aquella iglesia de doce personas.


No deseo saturarle de mi historia personal, la única razón por la que describí brevemente las cinco experiencias pastorales que he vivido es compartir mi descubrimiento. Al correr la carrera, descubrí que la bendición de mi vida y lo que da importancia a mi llamado no ha sido el número de ovejas pastoreadas —120, 15.000, 12, 5.000 ó 350—, ni el aparecer en radio o televisión, sino el hecho de que, con cada paso que he dado me he acercado a la meta para la cual fui alcanzado por Cristo (de la misma forma como le ocurrió a José).


El valor de nuestra vida no se define por lo que otros dicen


Finalmente, recordemos que el valor de nuestra vida y ministerio no surge de las palabras de aquellos que están en autoridad sobre uno, o de quienes se le ha dado un lugar de mayor «honra» o «influencia» que el de nosotros. No pretendo sembrar semillas de rebeldía en nadie, por el contrario, siempre insto a honrar a todo hombre, especialmente a las autoridades. Sin embargo, debemos recordar que el valor de nuestras huellas no se mide por la honra que recibimos de los hombres sino por la de Dios. ¿Qué hubiera sido de Juan Marcos si hubiera definido su vida por lo que Pablo tenía en su contra?


Quizás, al igual que Juan Marcos, debemos permitir que haya ciertos ajustes en nosotros, como oír la voz de los «bernabés» que están cercanos. Pero evitemos caer por el viento destructivo de lo que otros dicen, para bien o para mal y tengamos la convicción de lo que hemos oído en el lugar santísimo, porque esas palabras son las que crearon lo que es de lo que no era.


Una perspectiva acertada


Ahora comparto los elementos que dan valor a nuestra vida y ministerio.


Nuestra vida se define por lo que Dios dice de nosotros


Para entender el valor que Dios nos da nos ayuda repasar el caso de Gedeón (Jueces 6.11–24). El ángel del Señor se le aparece y le dice: «¡El Señor está contigo, guerrero valiente!» (v. 12). ¿Qué hacía este hombre en ese momento? Escondía su cosecha para no perderla, pues para él esa era la única estrategia de proteger su alimento de los enemigos. Contestemos honestamente la siguiente pregunta: ¿es esta la actitud de un guerrero valiente? ¡No! ¡Jamás!


Pero tenga presente que es el mismo Dios quien lo define como guerrero valiente, a pesar de sus circunstancias. Ahora, analicemos la respuesta de Gedeón: «si el Señor está con nosotros, ¿cómo es que nos sucede todo esto?» (v. 13). Gedeón se había convencido a sí mismo de que era víctima de las circunstancias, al dejar que ellas definieran su vida y destino.


¿A cuáles circunstancias les estamos permitiendo definir el valor del llamado que hemos recibido?, ¿qué esperamos que suceda para sentirnos bien?: ¿crecimiento numérico?, ¿finanzas prósperas?, ¿liderazgo nuevo y prometedor? ¿Qué ocurre a nuestro alrededor que nos limita?, ¿adversidad?, ¿prejuicios o asuntos similares? Estas circunstancias pueden convertirse en voces usadas por el enemigo para impedir a nuestro corazón escuchar la voz que afirma el valor real de nuestra vida y obra.


Recordemos que este valor no radica en lo que sucede o no a nuestro alrededor, sino en quien nos ha dicho: «yo te escogí desde que estabas en el vientre de tu madre» (Is 49.1). En medio de nuestras circunstancias, demos la vuelta y escuchemos su voz. Permitámosle a él tener la última palabra en cuanto a quiénes somos y el peso de lo que hacemos.


Nuestra vida se define por el mandato de Dios a hacer su obra


Uno de los más grandes errores que cometemos es definir nuestro potencial por los límites que impone nuestro medio y no por la comisión que Dios nos ha encomendado. El libro de los Jueces nos relata la lucha de Dios para llevar a Gedeón a comprender esta verdad: «El Señor lo encaró y le dijo: “Ve con la fuerza que tienes, y salvarás a Israel del poder de Madián. Yo soy quien te envía.” “Pero, Señor,” objetó Gedeón, “¿cómo voy a salvar a Israel? Mi clan es el más débil de la tribu de Manasés, y yo soy el más insignificante de mi familia”» (Jueces 6.14–15).


El texto anterior nos revela que el obstáculo en el corazón de este hombre no venía de su trasfondo sino de su autoestima. Reflexionemos sobre las palabras dichas por Dios: «tienes fuerza», «salvarás a Israel», «yo te envío». A esto, Gedeón contesta: «soy débil», «soy insignificante». ¡Que contraste! ¿De dónde surgía el auto concepto de debilidad e insignificancia de Gedeón? De su mente y su trasfondo, claro está. Él se miraba a sí mismo y lo que veía definitivamente no coincidía con la perspectiva de Dios.


Dios no nos define por el edificio en que estamos, el pueblo o ciudad donde ministramos, la denominación a la que pertenecemos, el altar o la arquitectura de nuestra iglesia ni el barrio donde residimos. Tampoco lo hace por la escuela donde estudiamos, el carro que tenemos o la ropa que vestimos, por ende, nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Esta es una trampa del enemigo para limitar nuestro potencial. Conviene resaltar que Gedeón, hasta el momento, no había peleado ninguna batalla y ya Dios lo llamaba valiente, fuerte y victorioso, no por lo que era, sino por lo que Jehová iba a hacer con su vida.


No echemos el vino nuevo en el odre viejo de «la tribu o la familia de donde provenimos», o de otro asunto que nos lleve a decir: «soy pobre e insignificante». Despojémonos del viejo odre y moldeémonos a la forma del nuevo, dejando que lo nuevo defina el valor de quienes somos y lo que hacemos.


Nuestra vida se define por la dignidad que Dios nos da al tenernos por fieles para edificar su muro


Hasta aquí el enfoque ha sido en los obstáculos que hay en nuestro corazón para comprender el valor real de nuestra persona y ministerio. Ahora, debemos observar los dardos que pueden ser lanzados de las tinieblas contra nosotros a fin de desanimarnos, intimidarnos, menospreciarnos y hacernos abandonar el trabajo que realizamos.


De Gedeón deseo que pasemos a considerar a Nehemías. Al igual que cada uno de nosotros, Nehemías tuvo que incomodar su vida para dar lugar al propósito y llamado divino que recibió. Del palacio real más importante de su época, pasó a las devastadas calles de Jerusalén, donde habitaban los pobres, desheredados y desprotegidos del reino y en medio de estos, se propuso reconstruir el muro, cerrar las brechas y levantar las puertas de la ciudad. El muro es figura de la presencia y protección divinas y la autoridad del pueblo del pacto. Es por ello que el ángel le dice al profeta Zacarías: «Tanta gente habrá en Jerusalén, y tanto ganado, que Jerusalén llegará a ser una ciudad sin muros. En torno suyo —afirma el Señor— seré un muro de fuego, y dentro de ella seré su gloria.» (Zac 2.4–5).


Como ministros edificamos el muro de Dios en la vida de aquellos a quienes servimos y de esta manera, le cerramos al enemigo las brechas en la vida de ellos, la autoridad del Reino se establece y la gloria de Cristo es manifestada en nuestros discípulos y en la comunidad donde ministramos. Por su parte, el enemigo lanzará sus ataques contra nosotros, buscará atemorizarnos y tratará de sacarnos del lugar donde el Señor nos ha establecido para edificar el muro. El temor no siempre viene empaquetado de la misma manera, pero tendrá un efecto poderoso sobre nuestra vida.


Al enfrentarse con el temor, Nehemías tuvo que considerar si debía abandonar la obra que hacía en el muro. Después de todo, la ciudad era pobre, y siempre tendría un lugar seguro en el palacio de Artarjerjes. Observemos sin embargo, su respuesta al considerar el impacto de lo que esto representaba: «Estoy ocupado en una gran obra, y no puedo ir. Si bajara yo a reunirme con ustedes, la obra se vería interrumpida.» (Neh 6.3). Gracias a esa forma de actuar de Nehemías, nosotros podemos aprender que no debemos definir el valor de nuestro ministerio por el temor de lo que podamos perder.


No condicionemos la grandeza de nuestro llamado a la modernidad de nuestro mensaje, ni al respeto de nuestros consiervos, ni al valor que otros le dan a nuestra vida, ni a la posibilidad de que haya otros que puedan hacer mejor nuestro trabajo. Recordemos que no somos el plan de emergencia del cielo: somos su primera y mejor opción para edificar el muro en la vida de aquellos que en nuestra ciudad están desheredados, pobres y desprotegidos. Él no nos ha dado espíritu de temor, aun si tuviéramos un aparente fracaso por delante. ¡No temamos! Servimos a uno que nunca ha definido nuestras alturas por nuestras caídas, sino por Su fidelidad.


El autor, cuyo libro Volver a empezar ha sido publicado por Editorial Betania, es originario de Centro América. En la actualidad es pastor asociado de la iglesia hispana de Church on the Way, en Los Ángeles, California. Está casado y tiene dos hijos. Apuntes Pastorales, todos los derechos reservados.

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