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Predicación

Jericó: el reverso de una historia; Primera parte: Se despierta la sospecha

15 julio, 2005491 visitas

El verdadero comienzo del fin fue casi imperceptiblemente, con la llegada de aquellos dos hombres barbudos, de piel oscura y nariz aguileña.


No era extraño ver extranjeros en Jericó; siempre los había. Las caravanas que venían del Mar Grande y se dirigían hacia Damasco hacían alto con frecuencia en la ciudad. Siempre había oportunidad de efectuar algún trueque conveniente. También estaban los que deseaban solamente pasar algunos días; disfrutando de un buen descanso y saboreando los frutos sazonados de la fértil llanura de Jericó. Los higos, los dátiles y la miel perfumada de estas llanuras eran reconocidas por su delicada dulzura. En realidad, la ciudad estaba edificada en la ruta de uno de los grandes caminos de Canaán. Si los habitantes de la transjordania —moabitas, amorreos, amonitas, madianitas— quisieran seguir el rumbo hacia la Mar Grande, tomarían el camino que pasa por Jericó, sigue a Jerusalen y de allí continúa hasta Gaza.


Afuera de la ciudad; al Oriente, hay una fuente de abundantes aguas dulces que forman un gran lago cristalino. A sus márgenes crecen millares de palmeras en apretado bosque. Este bosque es atravesado por el camino tan importante que conduce hasta Rabat de Amon, obligado descanso para los viajeros que no entrarán a la ciudad. Siempre hay extranjeros en Jericó. Adentro o afuera.


Sin embargo estos eran distintos. No se les veía como «de paso». A alguien se le ocurrió relacionarlos con los israelitas. Estos eran unas tribus errantes que habían acampado en las llanuras de Moab, un paraje denominado Sitim. Numerosas y fuertes, estas tribus nómadas habían llenado de miedo a otros pueblos de Canaán.


Estos dos hombres habían cruzado las puertas de Jericó sin llamar la atención; su parecido con los moabitas no atrajo la atención sobre ellos. Pero con el pasar de las horas su piel resquemada, el aspecto rústico y sobre todo la pronunciación extraña comenzaron a crear interrogantes a su alrededor.


Y surgió la duda. Y comenzaron los comentarios. Y crecieron los rumores. Y se llegó pronto al certero sentimiento de que eran espías de las temibles tribus del desierto.


—¡Sí, yo hable con ellos! Nos entendíamos con alguna dificultad. Hablan como los mercaderes del desierto. Les indiqué la casa de Rahab para que se divirtieran un rato. Creo que se quedaron allí— contaba Moc, capitán del ejército de Jericó a su colega Heveán, también capitán de a ciento.


—¡Pues vamos! ¡Hay que avisar al rey! Lo que se dice de ellos no es nada bueno para nuestra seguridad.


Y allí van estos dos cananeos a dar la nueva al rey de Jericó.


Llaman a la puerta de madera y bronce del palacio, y enseguida son introducidos al patio central por un soldado.


—¡Avisa al rey que traemos noticias importantes! Debemos hablar con él.


Algunos esclavos que cumplen tareas de sirvientes circulan silenciosamente por el lugar. Continúan sus labores disimulando su interés. Ellos, en verdad, son el «teléfono popular» que lleva y trae los rumores entre el palacio y la ciudad. El soldado se retira a dar el parte.


Mientras esperan la audiencia se pasean inquietos por el patio embaldosado con grandes piedras blancas y lisas. Son piedras traídas de las colinas occidentales. Las paredes del recinto sin techo están cuidadosamente revocadas con barro y pintadas en colores vivos y brillantes. De ellas cuelgan caprichosamente ornamentos de barro cocido, representando víboras, palomas y lirios.


Alrededor del patio hay una serie de puertas en galería, las que conducen a las distintas dependencias. La puerta que está herrada en bronce es, sin duda, la que da la sala del trono.


Ellos son capitanes; no obstante no llegan al lugar con facilidad. Un buen motivo debe justificar su presencia.


—Mira, Heveán, la hermosa estatuilla labrada en piedra, arriba de la puerta real. Es de Astarté, nuestra diosa.


En ese momento se abre la puerta remachada y son invitados a pasar a la presencia del soberano. El mayordomo real, ataviado de rico manto babilónico, los introduce.


—¡Dad al rey vuestro mensaje!


La estancia es maravillosa. Aunque estos soldados han estado varias veces aquí, no por eso dejan de admirar las bellezas allí encerradas.


Relucen los utensilios de oro, plata y bronce distribuidos en largas y bajas mesas de cedros del norte. Ánforas y jarros de terracota barnizada ocupan sus lugares en nichos construidos en las gruesas paredes. Del techo penden numerosas lámparas de barro cocido y de bronce. Como ya oscurece, las lámparas están encendidas y sus vacilantes rayos rojizos caen sobre tantos objetos brillantes que los hacen aun más hermosos.


Al frente se halla el soberano, de pie, apoyando su mano derecha en una silla de madera deliciosamente tallada e incrustada de marfiles. Hacia la derecha del trono cuatro lanzas cruzadas, de bronce bruñido, cuelgan de la pared. Y en el suelo, al pie de las lanzas, un ánfora preciosa, decorada en vivísimos colores, dice de su lejana procedencia. El rey lleva su mano izquierda a la empuñadura de una pesada espada de hierro. A unos pasos se encuentra Rahnen, el canciller del reino.


Heveán y Moc hacen reverencias.


—¡Oh rey! Hemos visto espías de Israel en el pueblo y queremos preveniros.


—¿Cuándo les habéis visto?


—Hoy, cuando el sol estaba en lo alto del cielo.


—¿Dónde?


—Moc habló con ellos y los condujo a la casa de Rahab.


—¡Oh, rey! Eran dos. Primero pensé que eran moabitas, pero luego corrió el rumor de que dos israelitas habían sido vistos. Entonces recordé lo extraño del lenguaje de esos dos. ¡No podían ser sino los espías! Luego me encontré con Heveán, quien insistió en traeros el asunto.


—¿Cómo eran ellos?


—¡Ah! Hombres fuertes, de tosca barba y piel resquemada. Ojos oscuros, vivaces, nariz de águila. Ciertamente del aspecto de un mercader de los moabitas, tales eran también sus ropas. Pero hombres de mirada fiera y maneras rústicas.


—¡Hay que apresarlos! —bramó el rey. —¡Una guardia a lo de Rahab! — El canciller retransmite la orden y diez guerreros salen en el acto.


Con un poco más de distensión, la audiencia en el interior continúa.


—Ciertamente habéis hecho bien en avisarme. Hemos tenido noticias de cómo estos israelitas destruyeron a Sehón, rey amorreo, y a Og, rey de Basán. Ambos reyes muy valientes, de pueblos fuertes. Sin embargo los sometieron y destruyeron muchas de sus ciudades, algunas fortificadas y con altos muros. —¡Y cómo tomaron sus despojos y riquezas y ganado!


—Nosotros, Moc y Heveán, tus capitanes, hemos conversado con mercaderes que venían de Rabat de Amón. Al pasar ellos por Sitim han podido contemplar la multitud de este pueblo que allí acampa. Innumerables tiendas diseminadas por el terreno ondulado dan una idea de la grandeza de estas belicosas tribus. Sus ejércitos han de estar formados por muchos miles de hombres de guerra. Ellos también dicen que alcanzaron a ver una tienda mucho mayor que las otras, en el mismo centro del campamento. Sobre ella ascendía a los cielos una espesa y muy extraña nube de humo negro. Todos están muy intranquilos. Aun los hititas del norte han enviado mensajeros y espías a observarlos.


—Sí, —continúo Heveán, —y dicen que los protege Jehová, el Dios de ellos. Es un Dios invisible, sin imágenes y muy poderoso. Se cuenta que han salido de entre los egipcios, trayendo grandes riquezas en oro y animales, ¡y atravesando en seco el mar bermejo al sur, por la protección de Jehová!


—¡Bah! Ese Jehová nada podrá contra nuestra Astarté y Baal juntos.


—¡Oh, Luna, Luna! Te sacrificaremos niños y mataremos doncellas. ¡Sálvanos, poderosa Asera!


Con su brazo extendido al cielo, el rey entona repetidamente estos versos, en rara y queda melodía. Luego, de pronto, cambia el tono de su voz y ordena al canciller.


—¡Rahnen! Avisarás a los sacerdotes que en la próxima luna se hagan inmolaciones de niños y vírgenes. Idos tranquilos, vosotros capitanes, y no temáis. Jericó es pequeña pero fuerte. Y Astarté es poderosa.


—Sehón y Og eran muy poderosos, mi Señor—, dice temerosamente el canciller.


—Sí, lo eran y en gran manera. Pero nuestras murallas son más altas y fuertes.


Heveán y Moc se retiran de la sala real. En el patio se cruzan con el capitán de la guardia que vuelve de cumplir su misión.


—Dónde están los espías?


—No sé. Rahab dijo que al oscurecer salieron de la ciudad, antes de que fueran cerradas las puertas.


El soldado sigue su camino; debe informar al rey que se han tomado todas las providencias para perseguir a los israelitas. Rahab opinó que los capturarían con facilidad, y era muy probable que así fuera. Los soldados conocían a la perfección el sinuoso camino hasta el Jordán. Los escondrijos y accidentes del terreno no tenían secretos para ellos. La noche los favorecía a ellos y perjudicaría a los espías.


Afuera ya no se habla de otra cosa; sólo de los espías, de la potencia de los israelitas y sus conquistas. Las habladurías corren de boca en boca. Se mencionan reyes poderosos y pueblos fuertes que han caído vencidos ante su implacable avance. ¡Sesenta ciudades sometidas del otro lado del Jordán!


Entonces se multiplican los testimonios de mercaderes y viajeros. Y el temor crece por momentos.


La proximidad de los guerreros en la llanura de Moab era inquietante, pero ahora fueron vistos en la misma ciudad. Algo están averiguando y esto es malo.


El miedo se instala en el pueblo. Esta noche son muchos los que se duermen más tarde que de costumbre. Bien porque se han quejado en grupos conversando y tejiendo conjeturas, o simplemente porque la intranquilidad no les permite conciliar pronto el sueño. Las camas resultan más incómodas que de costumbre. Y no faltan quienes permanecen por horas asomando sus narices por el muro, buscando alguna sombra sospechosa.



Busque los artículos relacionados:


Jericó: el reverso de una historia; Segunda parte: Ante el peligro inminente


Jericó: el reverso de una historia; Tercera parte: Angustia, confusión y… ¡polvo!




© del original, Pensamiento Cristiano. Usado con permiso.


© de la presente adaptación, Desarrollo Cristiano Internacional, 1993



Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen II, número 4. Todos los derechos reservados



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