El Coliseo; Parte I de: El mártir de las catacumbas
Cruel carnicería para diversión de los romanos
Las catacumbas, una intrincada red de túneles subterráneos en algunas ciudades más importantes de la antigüedad las más famosas son las de Roma fueron principalmente, el lugar donde los cristianos daban sepultura a sus muertos, ante las persecuciones que sufrían. Al arreciar esas persecuciones, estos lugares también fueron usados para reuniones y hasta en algunos casos como viviendas.
El origen del libro original, de donde es tomada esta serie, se remonta a tiempos desconocidos y un ejemplar fue providencialmente encontrado en un viejo velero americano, llegando a manos del hijo del capitán Richard Roberts, quien comandaba aquella nave, la que debió abandonar en alta mar como consecuencia del desastroso huracán ocurrido en enero de 1876.
Parte I: EL COLISEO
Era uno de los grandes días de fiesta en Roma. De todos los extremos el país las gentes convergían hacia un destino común. Recorrían el Monte Capitolio, el Foro, el Templo de la Paz, el Arco de Tito y el palacio imperial en su desfile interminable hasta llegar al Coliseo, en el que penetraban por las innumerables puertas, desapareciendo en el interior.
Allí se encontraban frente a un escenario maravilloso: en la parte inferior la arena interminable se desplegaba rodeada por incontables hileras de asientos que se elevaban hasta el tope de la pared exterior que alcanzaba unos cuarenta metros. Aquella enorme extensión se hallaba totalmente cubierta por seres humanos de todas las edades y clases sociales. Una reunión tan vasta, concentrada de tal modo en la que sólo se podían distinguir largas filas de rostros fieros, que se iban extendiendo sucesivamente constituía un formidable espectáculo que en ninguna parte del mundo ha podido igualarse, y que había sido ideado, sobre todo, para aterrorizar e infundir sumisión en el alma del espectador. Más de cien mil almas se habían reunido aquí, animadas por un sentimiento común, e incitadas por una sola pasión. Lo que les había atraído a este lugar era una ardiente sed de sangre de sus semejantes. Jamás se hallará un comentario más triste de esta alardeada civilización de la antigua Roma, que este macabro espectáculo creado por ella misma.
Allí se hallaban presentes guerreros que habían combatido en lejanos campos de batalla, y que estaban bien enterados de lo que constituían los actos de valor. Sin embargo, no sentían la menor indignación ante las escenas de cobarde opresión que se desplegaban ante sus ojos. Nobles de antiguas familias se hallaban presentes allí, pero no tenían ojos para ver, en estas exhibiciones crueles y brutales, el estigma sobre el honor de su patria. A su vez los filósofos, los poetas, los sacerdotes, los gobernadores, los encumbrados, como también los humildes de la tierra, atestaban los asientos. Los aplausos de los patricios eran tan sonoros y ávidos como los de los plebeyos. ¿Qué esperanza había para Roma cuando los corazones de sus hijos se hallaban íntegramente dados a la crueldad y a la opresión más brutal que se pueda imaginar?
El sillón levantado sobre un lugar prominente del enorme anfiteatro se hallaba ocupado por el Emperador Decio, a quien rodeaban los principales de los romanos. Entre estos se podía contar un grupo de la guardia pretoriana los que, con aire de expertos, hacían sus comentarios sobre los diferentes actos de la escena que se desenvolvía en su presencia. Sus carcajadas estridentes, su alborozo y su espléndida vestimenta los hacían objeto de especial atención de parte de sus vecinos.
Ya se habían preparado varios espectáculos preliminares, y era hora de que empezaran los combates. Se presentaron varios combates mano a mano, la mayoría de los cuales tuvieron resultados fatales, despertando diferentes grados de interés, según el valor y habilidad que derrochaban los combatientes. Todo ello lograba el efecto de aguzar el apetito de los espectadores, llenándolos del más ávido deseo por los eventos aun más emocionantes que habían de seguir.
Un hombre en particular había despertado la admiración y el frenético aplauso de la multitud. Se trataba de un africano de Mauritania, cuya complexión y fortaleza eran de gigante. Su habilidad igualaba a su fortaleza. Sabía blandir su corta espada con destreza maravillosa, de tal modo que hasta el momento, todos sus contrincantes habían terminado muertos.
Llegó el momento en que había de medirse con un gladiador de Batavia, hombre al cual solamente él igualaba en fuerza y en estatura. Pero los separaba un contraste sumamente notable. El africano era tostado, de cabello relumbrante y rizado y ojos chispeantes; el de Batavia era de tez clara, de cabello rubio y de vivísimos ojos color gris. Era difícil decir cuál de ellos llevaba ventaja; tan acertado había sido el cortejo en todo sentido. Pero, como el primero había ya estado luchando por algún tiempo en la misma tarde, se pensaba que él tenía esto como una desventaja. Llegó, pues, el momento en que se trabó la contienda con gran vehemencia y actividad de ambas partes. El bátavo dirigió tremendos golpes al mauritano, los que fueron parados gracias a la viva destreza de este. El africano era ágil y estaba furioso, pero nada podría hacer contra la fría y sagaz defensa de su vigilante adversario.
Finalmente, a una señal dada, se suspendió el combate, y los gladiadores fueron retirados, pero de ninguna manera ante la admiración o conmiseración de los espectadores, sino simplemente por el sutil entendimiento de que era el mejor modo de agradar a aquel público romano. Todos entendían, naturalmente, que los gladiadores volverían.
Llegó ahora el momento en que un gran número de hombres fueron introducidos a la arena, armados todos con espadas cortas. No bien pasó un momento cuando ya ellos habían empezado el ataque. No era un conflicto de dos bandos opuestos, sino una contienda general, en la cual cada uno atacaba a su vecino. Tales escenas llegaban a ser las más sangrientas, y por lo tanto las que más emocionaban a los espectadores. Un conflicto de este tipo siempre destruiría el mayor número en el menor tiempo. La arena presentaba el escenario de confusión más horrible de su agenda. Quinientos hombres en la flor de la vida y la fortaleza, armados de espadas luchaban en ciega confusión unos contra otros. Algunas veces se trenzaban en una masa densa y enorme; en otras se separaban violentamente, ocupando todo el espacio disponible, rodeando un rimero de muertos en el centro del campo. Pero, a la distancia, se asaltaban de nuevo con indeclinable y sedienta furia, llegando a trabarse en combates separados alrededor del macabro escenario. El victorioso en cada combate corría presuroso a tomar parte en los otros, hasta que los últimos sobrevivientes se hallarían nuevamente empeñados en un ciego combate masivo.
A la larga, las luchas agónicas por la vida o la muerte se tornaban cada vez más débiles. Solamente unos cien quedaban de los quinientos que empezaron, a cual más agotados y heridos. Repentinamente se dio una señal y dos hombres saltaban a la arena y se precipitaban desde extremos opuestos sobre esta miserable multitud. Eran el africano y el de Batavia. Más descansados por el reposo, caían sobre los infelices sobrevivientes que ya no tenían ni el espíritu para combinarse, ni la fuerza para resistir. Todo se reducía a una carnicería. Estos gigantes mataban a diestra y siniestra sin misericordia, hasta que nadie más que ellos quedaban de pie en el campo de la muerte y oían el estruendo del aplauso de la muchedumbre.
Estos dos, nuevamente, renovaban el ataque uno contra otro, atrayendo la atención de los espectadores, mientras eran retirados los despojos miserables de los muertos y heridos. El combate volvía a ser tan cruel como el anterior y de invariable similitud. A la agilidad del africano se oponía la precaución del hombre de Batavia. Finalmente el moreno lanzó una desesperada embestida final; el de Batavia lo paró y con la velocidad del relámpago devolvió el golpe. El africano retrocedió ágilmente y soltó su espada. Era demasiado tarde, porque el golpe de su enemigo le había traspasado el brazo izquierdo. Y conforme cayó, un alarido estrepitoso de salvaje regocijo surgió del centenar de millares de así llamados seres humanos. Pero esto no había de considerarse como el fin, porque mientras aún el conquistador estaba sobre su víctima, el personal de servicio se introdujo de prisa a la arena y lo sacó. Empero tanto los romanos como el herido sabían que no se trataba de un acto de misericordia. Sólo se trataba de reservarlo para el aciago fin que le esperaba.
El de Batavia es un hábil luchador, Marcelo comentó un joven oficial con su compañero.
¡Verdaderamente que lo es, mi querido Lúculo replicó el otro. No creo haber visto jamás un gladiador mejor que ese. En verdad los dos que se han batido eran mucho mejores que el común de lo que se ve por aquí.
Allá dentro tienen un hombre que es mucho mejor que estos dos.
¡Ah! ¿Sí? ¿Quién es?
El gran gladiador Macer. Se me ocurre que él es el mejor que jamás he visto.
Algo he oído respecto de él ¿Crees que lo sacarán esta tarde?
Entiendo que sí.
Esta breve conversación fue bruscamente interrumpida por un tremendo rugido que surcó los aires, procedente del vivario, el lugar donde se tenían encerradas las fieras salvajes. Fue uno de aquellos rugidos feroces y terroríficos que solían lanzar las más salvajes de las fieras cuando habían llegado al colmo del hambre que coincidía con el máximo grado de furor.
No tardaron en abrirse los enrejados de hierro manejados por hombres desde arriba, apareciendo el primer tigre al acecho en la arena. Era una fiera del África que había sido traída no muchos días antes. Durante tres días no había probado alimento alguno, y así el hambre, juntamente al prolongado encierro, había aguzado su furor a tal extremo que solamente el contemplarlo aterrorizaba. Azotándose con la cola, recorría la arena mirando hacia arriba con sanguinarios ojos a los espectadores. Pero la atención de estos no tardó en desviarse a un objeto distinto. Del otro extremo de donde la fiera se hallaba fue arrojado a la arena nada menos que un hombre. No llevaba armadura alguna, sino que estaba desnudo como todos los gladiadores, con la sola excepción de un taparrabo. Portando en su diestra la habitual espada corta, avanzó con dignidad y paso firme hacia el centro del escenario.
En el acto todas las miradas convergieron sobre este hombre. Los innumerables espectadores clamaron frenéticamente: «¡Macer, Macer!»
El tigre no tardó en verlo, lanzando un breve pero salvaje rugido que infundía terror. Macer, con serenidad, permaneció de pie con su mirada apacible aunque fija sobre la fiera que movía la cola con mayor furia cada vez. Finalmente el tigre se agazapó, y de esta posición con el impulso característico se lanzó en un salto feroz sobre su presa. Macer no estaba desprevenido. Como una centella voló hacia la izquierda, y no bien había caído el tigre en tierra, cuando le aplicó una estocada corta pero tajante y certera en el mismo corazón. ¡Fue el golpe fatal para la fiera! La enorme bestia se estremeció de la cabeza a los pies, y encogiéndose para sacar toda la fuerza de sus entrañas, soltó su postrer bramido que se oyó casi como el clamor de un ser humano, después de lo cual cayó muerta en la arena.
Nuevamente el aplauso de la multitud se oyó como el estrépito del trueno por todo el derredor.
¡Maravilloso! exclamó Marcelo ¡Jamás he visto habilidad como la de Macer!
Su amigo le contestó reanudando la charla:
¡Sin duda se ha pasado la vida luchando!
Pronto el cuerpo del animal fue arrastrado hacia afuera, mientras se oía nuevamente el rechinar de las rejas. Esta vez era un león. Se desplazó lentamente en dirección opuesta, mirando en derredor suyo el escenario que le rodeaba, en actitud de sorpresa. Era este el ejemplar más grande de su especie, todo un gigante en tamaño, habiendo sido largo tiempo preservado hasta hallarle un adversario adecuado. A simple vista parecía capaz de hacer frente victoriosamente a dos tigres como el que le había precedido. A su lado Macer no era sino una débil criatura.
El ayuno de esta fiera había sido prolongado, pero no mostraba la furia del tigre. Atravesó la arena de uno a otro extremo, y luego recorrió el perímetro en una especie de trote, como si buscara una puerta de escape. Hallando todo cerrado, finalmente retrocedió hacia el centro, y pegando el rostro contra el suelo dejó oír un profundo bramido tan alto y prolongado que las enormes piedras del mismo Coliseo vibraron con el sonido.
Macer permaneció inmóvil. Ni un solo músculo de su rostro cambió en lo más mínimo. Estaba con la cabeza erguida con la expresión vigilante y característica, sosteniendo su espada en guardia. Finalmente el león se adelantó hacia él. El rey de las fieras y el rey de la creación se mantuvieron frente a frente mirándose a los ojos el uno al otro. Pero la mirada serena del hombre pareció enardecer la ira propia del animal. Erecta la cola y todo él, retrocedió y se agazapó hasta el suelo en preparación para saltar.
La enorme multitud se paró embelesada. He aquí una escena que merecía su interés.
La masa oscura del león se lanzó al frente, y otra vez el gladiador, en su habitual maniobra, saltó hacia el costado y lanzó su estocada. Empero esta vez la espada solamente hirió una de las costillas y se le cayó de la mano. El león fue herido ligeramente, pero el golpe sirvió sólo para levantar su furia hasta el grado supremo.
Macer empero no perdió ni un ápice de su característica calma y su frialdad en este momento tremendo. Desarmado y en espera del ataque, se plantó delante de la fiera. Una y otra vez el león lanzó sus feroces ataques, y cada uno fue evadido por el ágil gladiador, quien con sus hábiles movimientos se acercaba ingeniosamente al lugar en donde estaba su arma hasta lograr tomarla nuevamente. Y ahora, otra vez armado de su espada protectora, esperaba el zarpazo final de la fiera que respiraba muertes. El león se arrojó como la vez anterior, pero esta vez Macer acertó en el blanco. La espada le traspasó el pecho. La enorme fiera cayó contorsionándose de dolor. Poniéndose en pie se echó a correr por la arena, y tras su último rugido agónico murió junto a las rejas por donde había salido.
Ahora Macer fue conducido fuera del ruedo, viéndose aparecer nuevamente al de Batavia. Se trataba de un público de refinado gusto, que demandaba variedad. Al nuevo contendor le soltaron un tigre pequeño, el cual fue vencido. Seguidamente se le soltó un león. Este dio muestras de extrema ferocidad, aunque por su tamaño no salía de lo común. No cabía la menor duda de que el de Batavia no se igualaba a Macer. El león se lanzó sobre su víctima y literalmente lo despedazó. Entonces nuevamente fue sacado Macer, para quien fue tarea fácil acabar con el cachorro.
Y esta vez, mientras Macer permanecía de pie recibiendo los interminable aplausos, apareció un hombre por el lado opuesto. Era el africano. Su brazo ni siquiera le había sido vendado sino que colgaba a su costado, completamente cubierto de sangre. Se encaminó titubeando hacia Macer, con penosos pasos de agonía. Los romanos sabían que este había sido enviado sencillamente para que fuese muerto. Y el desventurado también lo sabía, porque conforme se acercó a su adversario, arrojó su espada y exclamó en una actitud más bien de desesperación:
¡Mátame pronto! Líbrame del dolor.
Todos los espectadores a uno quedaron mudos de sombro al ver a Macer retroceder y arrojar al suelo su espada. Todos seguían contemplando maravillados hasta lo sumo y silenciosos. Y su asombro fue tanto mayor cuando Macer volvió hacia el lugar donde se hallaba el Emperador, y levantando las manos muy alto clamó en voz clara que a todos alcanzó:
¡Augusto Emperador, yo soy cristiano! Yo pelearé con fieras silvestres, pero jamás levantaré mi mano contra mis semejantes, los hombres, sean del color que fueren. Yo moriré gustoso; pero ¡yo no mataré!
Ante semejantes palabras y actitud se levantó un creciente murmullo.
¿Qué quiere decir este? ¿Cristiano? ¿Cuándo sucedió su conversión? preguntó Marcelo.
Lúculo contestó:
Supe que lo habían visitado en el calabozo los malditos cristianos, y que él se habría unido a esa despreciable secta en la cual se halla reunida toda la hez de la humanidad. Es muy probable que se haya vuelto cristiano.
¿Y preferiría él morir antes que pelear?
Así suelen proceder aquellos fanáticos.
La sorpresa de aquel populacho fue reemplazada por una ira salvaje. Los indignaba que un mero gladiador se atreviera a decepcionarlos. Los lacayos se apresuraron a intervenir para que la lucha continuara. Si en verdad Macer insistía en negarse a luchar, pues debería sufrir todo el peso de las consecuencias.
Pero la firmeza del cristiano era inconmovible. Absolutamente desarmado avanzó hacia el africano, a quien él podría haber dejado muerto solamente con un golpe de su puño. El rostro del africano se había tornado en estos breves instantes cual el de un feroz endemoniado. En sus siniestros ojos relumbraba una mezcla de sorpresa y regocijo loco. Recogiendo su espada y asiéndola firmemente se dispuso al ataque con toda libertad, hundiéndola de un golpe en el corazón de Macer.
¡Señor Jesús, recibe mi espíritu Estas palabras salieron entre el torrente de sangre en medio del cual este humilde pero osado testigo de Cristo dejó la tierra, uniéndose al nobilísimo ejército de mártires.
¿Suele haber muchas escenas como esta? preguntó Marcelo.
Así suele ser. Cada vez que se presentan cristianos. Ellos hacen frente a cualquier número de fieras. Las muchachas caminan de frente, desafiando firmemente a los leones y a los tigres, pero ninguno de estos locos quiere levantar su mano contra otro hombre. Este Macer ha desilusionado amargamente a nuestro populacho. Era el más excelente de todos los gladiadores que se han conocido; empero, al convertirse en cristiano, cometió la peor de las necedades.
Marcelo contestó meditativo:
¡Fascinante religión debe ser aquella que lleva a un bravo gladiador a proceder de la manera que hemos visto!
Ya tendrás la oportunidad de contemplar mucho más de esto que te admira.
¿De esta forma?
¿No los has sabido? Estás comisionado para desterrar a algunos de estos cristianos. Se han introducido en las catacumbas y hay que perseguirlos.
Cualquiera pensaría que ya tienen suficiente. Solamente esta mañana quemaron cincuenta de ellos.
Y la semana pasada degollaron a cien. Pero eso no es nada. La ciudad íntegra se ha convertido en todo un enjambre de ellos. Pero el Emperador Decio ha resuelto restaurar en toda su plenitud la antigua religión de los romanos. Desde que estos cristianos han aparecido el Imperio va en vertiginosa declinación. En vista de eso él se ha propuesto aniquilarlos por completo. Son la mayor maldición, y como a tal se los debe tratar. Pronto llegarás a comprenderlo.
Yo no he residido en Roma lo suficiente, y es así que no comprendo qué es lo que los cristianos creen en verdad. Lo que ha llegado a mis oídos es que parecen ser los culpables de casi todos los crímenes. Si es como tú dices, he de tener la oportunidad de llegar a saberlo.
En ese momento una nueva escena les llamó la atención. Esta vez entró al escenario un anciano, de figura inclinada y cabello blanco. Era de edad muy avanzada. Su aparición fue recibida con gritos de burla e irrisión, aunque su rostro venerable y su actitud digna hasta lo sumo hacían presumir que se les presentaba para despertar admiración. Mientras las risotadas y los alaridos herían sus oídos, él elevó su cabeza al mismo tiempo que pronunció unas pocas palabras.
¿Quién es él? preguntó Marcelo.
Este es Alejandro, un maestro de la abominable secta de los cristianos. Es tan obstinado que se niega a retractarse
Silencio. Escucha lo que está hablando.
¡Romanos! dijo el anciano ¡Yo soy cristiano! Mi Dios murió por mí, y yo gozoso ofrezco mi vida por Él.
Un bronco estallido de gritos e imprecaciones salvajes ahogaron su voz. Y antes que aquello hubiera concluido, tres panteras aparecieron saltando hacia él. El anciano cruzó los brazos, y elevando sus miradas al cielo, se lo vio mover los labios como musitando sus oraciones. Las salvajes fieras cayeron sobre él mientras oraba de pie, y en cuestión de segundos lo habían despedazado.
Seguidamente dejaron entrar otras fieras salvajes, las que empezaron a saltar alrededor del ruedo intentando saltar contra las barreras. En su furor se trenzaron en horrenda pelea unas contra otras. Era una escena espantosa.
En medio de la misma fueron arrojados un grupo de indefensos prisioneros, empujados con rudeza. Se trataba principalmente de muchachas, que de este modo eran ofrecidas a la apasionada turba romana sedienta de sangre. Escenas como esta habrían conmovido el corazón de cualquiera en quien las últimas trazas de sentimientos humanos no hubiesen sido anuladas. Pero la compasión no tenía lugar en Roma. Encogidas y temerosas las infelices criaturas, mostraban la humana debilidad natural al enfrentarse con muerte tan terrible. De un momento a otro, algo así como una misteriosa chispa de fe las poseía y las hacía superar todo temor. Al darse cuenta las fieras de la presencia de las presas, empezaron a acercarse. Estas muchachas juntando las manos, pusieron los ojos en los cielos y elevaron un canto solemne e imponente, que se elevó con claridad y bellísima dulzura hacia las mansiones celestiales:
Al que nos amó,
al que nos ha lavado de nuestros pecados
en su propia sangre;
al que nos ha hecho reyes y sacerdotes,
para nuestro Dios y Padre;
a Él sea la gloria y el dominio
por los siglos de los siglos.
¡Aleluya! ¡Amén!
Una por una fueron silenciadas las voces, ahogadas con su propia sangre, agonía y muerte. Uno por uno los clamores y contorsiones de angustia se confundían con exclamaciones de alabanza; y estos bellos espíritus juveniles, tan heroicos ante el sufrimiento y fieles hasta la muerte, llevaron su canto hasta unirlo con los salmos de los redimidos en las alturas.
(Continúa en la Parte II: El campamento pretoriano)
El emperador Decio ejerció como tal durante dos años (249 al 251), ordenando la que sería, tal vez, la persecución más sangrienta que pasarían los cristianos en toda la historia. Decio murió en batalla con los Godos, a fines del 251.
© Editorial Portavoz, 1986. Usado con permiso. Tomado del libro: El mártir de las Catacumbas de autor anónimo.
Los Temas de La Vida Cristiana, volumen III, número 2. Todos los derechos reservados.
El libro fue reimpreso en varias ocasiones, después de ser publicado por Editorial Portavoz en 1986, fue concedido a Desarrollo Cristiano Internacional. Si usted desea la historia completa puede adquirir el libro mencionado en su librería cristiana o buscar los capítulos siguientes en este sitio.
Otros títulos de la serie continuada:
Parte dos: El campamento pretoriano
Parte tres: La Vía Apia
Parte cuatro: Las catacumbas
Parte cinco: El secreto de los cristianos
Parte seis: La gran nube de testigos
Parte siete: La confesión de fe
Parte ocho: La vida en las catacumbas
Parte nueve: La persecución
Parte diez: La captura
Parte once: La ofrenda
Parte doce: El juicio de Polio
Parte trece: La muerte de Polio

