Pastoreando adolescentes
Quizás te hayas acercado a hablar con un adolescente y todo lo que obtuviste fueron monosílabos “sí”, “no”, “bien”, “mal” y otros del mismo estilo. Es cierto, no siempre es así, pero puede suceder, especialmente cuando el líder intenta entablar una conversación de tipo pastoral.
Pero puede ocurrir que el líder no haya tomado el tiempo necesario para alimentar la relación tal que facilite el acercamiento pastoral. Los adolescentes no se expresarán libremente con un adulto a menos que exista una comunicación fluida, con cierta duración y carente de actitudes enjuiciadoras.
Quisiera identificar algunas acciones que favorecen la confianza del adolescente y crean una relación en la que podrá actuar pastoralmente. Por supuesto, el lector podrá añadir otras de acuerdo con su propia experiencia pastoral.
1. Evitar excusas infundadas
En ocasiones estamos tentados a escapar de la responsabilidad pastoral. Buscamos argumentos e inventamos razones para escondernos detrás de ellos. Al punto que llegamos a pensar que nos hemos librado de ese deber porque tenemos una “buena” razón.
Una de las excusas frecuentes es “no lo sabía”. Desconocer el problema de un adolescente, no nos libra de la responsabilidad pastoral. No podemos escondernos en la ignorancia. Somos responsables por las personas que Dios ha puesto a nuestro cuidado. Es cierto que no podemos resolverlo todo, pero una actitud pastoral implica en primer lugar tomar la iniciativa para conocer al adolescente.
Otra excusa es “no lo entiendo”. Comprender al adolescente no siempre es tarea fácil. Está en una etapa de la vida en que los cambios se producen con mucha frecuencia. Aún si se le preguntara al mismo adolescente, a veces no sabría explicar qué ocurre. Pero la experiencia pastoral y sobre todo, la sabiduría de Dios, puede ayudarnos a comprender el carácter y las situaciones de la vida.
También podríamos decir “no me lo dijo” y con esta excusa transferir al adolescente la responsabilidad de compartir su problema, pero una actitud pastoral no espera a que el otro tome la iniciativa. Puede ser que no comprenda el problema, no tenga una apreciación de las consecuencias o no se sienta seguro para compartirlo.
Todo esto se resume en la necesidad de no excusarte, sino tomar la iniciativa y pastorear a los adolescentes. Y es nuestra tarea evitar que la persona busque consejos en el lugar o la persona equivocada.
2. Crear lazos de amistad
El vínculo de amistad con el adolescente debe ser la base para toda nuestra obra pastoral. Es así como creamos una relación de confianza mutua que abrirá las puertas para que en el momento de necesidad, la persona se sienta libre de buscar ayuda y compartir sus dificultades.
Crear este vínculo de amistad puede consumir tiempo, pero no será tiempo perdido. Ambos se conocerán mutuamente y podrán iniciar una conversación sobre cuestiones profundas sin mucho preámbulo. Pero no es una conversación aislada, sino una permanente comunicación que se profundiza. La tarea es ayudar a los adolescentes a crecer en una relación íntima y profunda con Dios. Esto requiere llegar a un nivel más profundo en la relación con el otro, lo cual sólo es posible por medio de una amistad que facilite el ministerio.
3. Amar en el lenguaje del adolescente
Es obvio que toda acción pastoral debe estar fundamentada en el amor por la persona pastoreada. Con los adolescentes no es suficiente decir que se les ama, sino que también es necesario considerar la manera en que se expresa ese amor.
Algunos líderes, a pesar de su honestidad y amor, son percibidos por el adolescente como paternalistas que intentan imponer su punto de vista. No hay duda de que esta imagen cierra las puertas a las acciones pastorales. Un ejemplo de esto son expresiones tales como: “Te lo digo porque te quiero”. “Esto es lo que más te conviene”, “Tienes que hacerlo por tus padres”, y otras del mismo tono. Frases como éstas pueden ser muy honestas, pero contienen la imagen de un amor condicionado. Le dice que será amado en tanto que haga lo que se espera de él.
El modelo que seguimos es el amor de Dios, quien nos ama tal como somos. No nos deja allí, en nuestro estado de pecado, sino que a partir de allí nos lleva poco a poco a una nueva forma de vida, no por imposición, sino por invitación.
4. Esforzarse por comprender
Los adultos vemos la adolescencia desde otra perspectiva; la de alguien que ya superó esa etapa. Esto nos permite comprender que algunas situaciones no son tan graves como las vive el adolescente. No por eso son menos preocupantes para él.
Por otro lado, no podemos comprender claramente qué significa vivir la adolescencia en el día de hoy, porque nuestra propia experiencia fue vivida en una época y un tiempo diferente al que el adolescente vive hoy. Recordar nuestra adolescencia puede ayudarnos a comprender cómo nos sentíamos en aquel momento; pero no nos da una comprensión plena de lo que vive el adolescente. Se requiere otro paso, una comprensión más profunda.
Ese interés por comprender que le ocurre al adolescente debe ser acompañado por un acercamiento honesto y por un esfuerzo para entender lo que pertenece al mundo del adolescente. Un pastor de adolescentes tiene que conocer la música que escuchan y las revistas que leen. También es necesario hablar con ellos para descubrir cómo se sienten, qué piensan y cuáles son sus ambiciones. De nada vale criticar las conductas o valores de los adolescentes si no se les comprende primero. Así también, el interés por comprender comienza cuando el adolescente percibe que reconocemos nuestra ignorancia y nuestra impotencia, y que tenemos el deseo de aprender.
© Apuntes Pastorales Volumen XII, número 3 Todos los derechos reservados

