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Vida Cristiana

Mi cometa se voló

15 julio, 2005517 visitas


Había dicho algo totalmente fuera de lugar. No podía desdecirlo, y no podía parar de pensar en mi error. Mis palabras fueron como una cometa que se había soltado, y que no podía regresar.


Estaba tan avergonzada que apenas podía comer y dormir. Perdí peso. Me disculpé con quienes había ofendido y le pedí a Dios que me perdonara por haberlo afligido tanto.


Mis amigos me perdonaron, y yo sabía que Dios también me había perdonado. Pero no podía parar de pensar en mi acto inexcusable. Mi mundo se había ensombrecido con sentimientos de humillación y pesar.


En medio de este infeliz dilema, Dios me probó que él no sólo perdona sino que también libra de la preocupación por el pasado. Había sido cristiana por muchos años, así que mi error me humilló dolorosamente. Busqué ayuda en mi Biblia al sentirme incapaz de escapar a mis memorias.


Primero leí sobre Pedro, uno de los doce discípulos. Le falló a su Señor, sin embargo fue perdonado y restaurado a un ministerio fructífero. Pero, me dije a mí misma, él negó a Cristo porque estaba en peligro de perder su propia vida. Yo no tenía mucha excusa.


Luego recordé a David y su terrible pecado con Betsabé. Aunque mi conducta era trivial comparándola con su caída, pude identificarme con su fracaso.


La oración de David en el Salmo 51 habló a mi necesidad. Nuestro Dios es un Dios de inmutable amor y abundante misericordia (v.1). Sin embargo tampoco David podía parar de pensar en su caída. “Mi pecado no se borra de mi mente” (v.3), escribió. No sólo estaba avergonzado por lo que había hecho sino, como yo misma, también se daba cuenta que había deshonrado a su Señor.


Él anhelaba tener un corazón feliz otra vez. “Hazme sentir de nuevo el gozo de tu salvación” (v.12), suplicaba. Yo también ansiaba ser liberada de mis pensamientos obsesivos. Pero, simplemente, no podía dejar atrás el pasado.


Años atrás, yo había roto un compromiso matrimonial. Ya no quería casarme. Después de permanecer algún tiempo en los detalles desagradables, permití que Dios usara este versículo para darme libertad: “lo que sí hago es olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme, por alcanzar lo que está delante para llegar a la meta…” (Fil. 3.13-14).


Siempre que mis pensamientos volvían a esa serie de eventos, yo redirigía mi mente a pensamientos sobre el futuro, a un libro sin terminar, hacía una llamada telefónica, o preparaba una lección para la Escuela Dominical.


Dios le había dado a Israel un aviso similar. “Ya no recuerdes el ayer, no pienses más en las cosas del pasado. Yo voy a hacer algo nuevo” (Is. 43.18-19). Con este firme propósito y la ayuda del Espíritu Santo, mi preocupación referente al compromiso roto llegó a un fin completo.


Sin embargo, esta vez no parecía funcionar. Ahora era yo, y no el otro, la que había fallado.


Dios nos habla de diferentes maneras y, en esta ocasión, me habló al tratar de ayudar a una amiga que estaba pasando por una crisis. Le envié una paráfrasis de Colosenses 1.11-14:


“Pedimos que él, con su glorioso poder, los haga fuertes; así podrán soportarlo todo con fortaleza y paciencia, y darán gracias con alegría al Padre, que los ha preparado para recibir en la luz la parte de la herencia que él dará a quienes pertenecen a su pueblo.


“Dios nos libró del poder de la oscuridad y nos llevó al reino de su amado Hijo, por quien nos salvó y perdonó nuestros pecados.”


Aquella “luz” es nuestra personal relación con el Señor Jesús. Comenzamos a caminar fuera de la oscuridad cuando reconocemos que Dios canceló el poder del pecado en la cruz. Nos ha sacado de la oscuridad para introducirnos en el “brillo del Hijo”. Nosotros debemos mantener la vista en la persona de Jesucristo porque Dios nos ha colocado en el reino de su amado Hijo.


Me di cuenta que estaba viviendo en oscuridad, perseguida por mi fracaso personal. Estaba preocupada con mi propia frustración en lugar de centrarme en mi maravilloso, y nunca frustrante Señor. Tenía que enfrentar el embarazoso hecho de que no era capaz de olvidar el pasado porque estaba centralizada en mí misma, enfocando mis pensamientos en mí, en lugar de hacerlo sobre él.


Cuando comprendí esto, determiné voluntariamente fijar mi mente en su gran redención, en su constante amor, en su cálido perdón, y en su permanente fidelidad. Recordé que él había dejado las glorias del cielo para venir a rescatarme de la oscuridad del pecado y la desesperación. Pensé en su vida desinteresada y en su muerte sacrificial. Medité en su presente ministerio a la diestra del Padre. Consideré sus bondades para conmigo y con mi familia a través de los años. Y, a medida que trasladé mi atención a él, comencé a sentirme libre de la preocupación conmigo misma.


Un fotógrafo enfoca su cámara en el objeto que quiere fotografiar, dejando el resto alrededor en un relativo desinterés. Nosotros también podemos focalizar nuestros pensamientos.


¿Vives ensombrecido por alguna experiencia reciente o pasada?


¿A menudo estás enredado por alguna inversión financiera mal realizada o algunas que sí tendrías que haber efectuado?


¿Vuelves frecuentemente a incidentes que dañaron las relaciones con empleados, familiares o amigos?


Isaías declara: “Señor, tú conservas en paz a los de carácter firme, porque confían en ti” (Is. 26.3). Voluntaria y conscientemente piensa en el Señor Jesús y pone esos pensamientos en palabras. Recuérdate a ti mismo quién es él, su sabiduría, su poder, su amor y su constante presencia.


Refocalizar los pensamientos requiere de esfuerzo, pero con la ayuda de Dios podemos parar de merodear por experiencias pasadas y vivir a la luz de su presencia.




Moody Monthly – Abril 1981.



Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen III, número 6. Todos los derechos reservados



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