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Vida Cristiana

Como piedra arrojada en el agua

15 julio, 2005542 visitas

Mi abuela decía: “Dios conoce todas las cosas, aún los pensamientos antes que tú los pienses”. A los cinco años, no había escuchado algo tan aterrador y tan perturbador como esa aseveración.


La siguiente mañana, la idea todavía giraba alrededor de mi mente, así que decidí jugar una travesura a Dios, luego pensé en otra, por último volví a la idea original. Fui y volví un montón de veces, todo en un segundo. Estaba seguro que Dios no había podido seguir la maratón de mi pensamiento.


De pronto, me di cuenta que Dios sabía todas las cosas, así que él conocía mi travesura, ¡aún antes de que la hubiera pensado! No quiero pensar en esto nunca más, reflexioné.


Pero como una piedra arrojada en el agua. Dios había irrumpido en mi vida. Finalmente una serie de pequeñas olas me llevaron a él. Una vez, cuando estaba en quinto grado, manejaba mi bicicleta por una calle muy estrecha. Saliendo de no sé dónde, apareció un coche a toda velocidad y pasó apenas a unos centímetros mío. Recuperando el aliento, pensé Dios me cuidó por algún propósito. Por un momento, sentí una gran necesidad de conocerlo, pero ese sentimiento se desvaneció rápidamente.


Concurrí a la iglesia fielmente, cada domingo, con mi familia, durante toda mi adolescencia. Escuché que Jesús había muerto por mis pecados, pero ese mensaje sólo era un conocimiento intelectual. Nunca penetró mi corazón. En ese tiempo yo estaba viviendo una doble vida, sobresalía en la escuela pero pasaba los fines de semana en fiestas bebiendo para aplacar mi confusión.


Durante el cuarto año del secundario experimenté por dos meses una severa depresión, diariamente me encontraba llorando sin control. Estaba aterrado por pensar que estaba perdiendo mi compostura. El suicidio pasó por mi mente más de una vez.


Era popular, líder en la escuela, me había propuesto “ser exitoso”, había descollado en tenis cada año, había obtenido honores, una noviecita, un auto nuevo, un montón de ropa y dinero para gastar. Pero llevaba un dolor interno constante.


En mi último año de estudio, una organización cristiana de jóvenes llegó a la ciudad, y comencé a asistir a sus reuniones con cierto interés. En la primavera, contraje mononucleosis y perdí unas seis semanas de estudio. Entonces comencé a sentir una intensa necesidad por algo más en la vida. Clamé a Dios por ayuda y comencé a leer el Nuevo Testamento de tapa a tapa.


En 1971 comencé con la universidad y las enseñanzas de Jesús me resultaban medianamente conocidas. Un día recibí de la organización juvenil de la secundaria una circular sobre estudios de Biblia que ellos ofrecían.


Por una confusión me encontré en una reunión de otro grupo. Era la última noche en que se podía anotar para una conferencia de fin de semana en la que el orador era Josh McDowell. Decidí asistir.


La charla de Josh, que duró dos horas, se basó en Romanos 5.1: “Así pues, libres ya de culpa gracias a la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Repetidamente él hizo énfasis en lo que Cristo había hecho para darnos salvación del pecado. Yo no tenía que ganarla, no podía.


Hacia el final del mensaje de Josh, entendí que Jesucristo había pagado el completo castigo por mis pecados al morir en la cruz. Yo podía recibir la salvación como un regalo, simplemente aceptando su ofrecimiento de perdón y paz con Dios.


Aún puedo sentir el momento en que creí. La obra de Dios era por fin, más que un conocimiento abstracto. Ahora creía en Cristo para mi salvación. Ansiosamente me acerqué a Josh cuando él lo sugirió para orar y agradecer a Dios gozosamente por haber abierto mi corazón a la verdad.


Durante las semanas que siguieron, el lenguaje sucio desapareció de mi vocabulario, y perdí el deseo por el alcohol. Desarrollé un fuerte deseo por comprender y aplicar las Escrituras. Se hizo habitual en mí el que la paz reemplazara la constante ansiedad.


Hoy, no comprendo mucho más sobre la omnisciencia de Dios que cuando era un niño. Pero hay una gran diferencia. Ahora esta verdad sirve como ancla a mi alma en lugar de ser un obstáculo en mi mente.


Hace cuatro años enfrenté uno de los peores reveses de mi vida. Había trabajado duro por casi dos años para asegurar un gran capital para mi creciente compañía de publicidad. Pero antes que terminara con la negociación, este era destruido por la gran quiebra de mercados de octubre de 1987.


Luché para comprender por qué Dios permitía que esto sucediera. Aún no lo sé en su totalidad, pero estoy aprendiendo a creer en su sabiduría. Este Dios que conoce todas las cosas (aún mis pensamientos antes que yo los piense) sabe qué es lo mejor para mi vida. Él me guía de acuerdo a su voluntad.



Moody Monthly, Mayo 1991. Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen III, número 6. Todos los derechos reservados

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