header parallax image
Devocional del día, Devocional diario, Biblia, Predicaciones, Bosquejos, Artículos, Consejeria, Versiculo diario - Desarrollo Cristiano Internacional
  • Inicio
  • Identidad
  • Valores del reino
  • Relaciones
  • Espiritualidad
  • Artes pastorales
  • Héroes de la fe
  • Inicio
  • Identidad
  • Valores del reino
  • Relaciones
  • Espiritualidad
  • Artes pastorales
  • Héroes de la fe
Reflexión

«Sola»: nuestra triple afirmación

15 julio, 2005588 visitas

La razón de ser de la Reforma del siglo XVI, así como de aquellos que nos consideramos herederos espirituales de la misma, queda resumida en la triple divisa: “Sola Scriptura, Sola Gratia, Sola Fide”. La palabra “Sola”, como puede verse, tiene una importancia capital. Para los reformadores era muy significativa y no lo es menos para nosotros. Se ha dicho que, en realidad, la obra de la Reforma giró alrededor de este vocablo.


Es por eso que aun en la actualidad cuando hablamos de la autoridad de las Escrituras, de la necesidad de la gracia divina y de la suficiencia de la fe para la salvación, lo hacemos colocando siempre la palabra “Sola” delante: “Sola Escritura, Sola Gracia, Sola Fe”. Con ello damos a entender el valor absoluto que para nosotros, los cristianos evangélicos, tienen estas tres doctrinas.



La Sola Palabra, Sola Scriptura.



La afirmación del título tiene que ver con el problema de la autoridad: ¿dónde reside la máxima autoridad de la Iglesia?


Como cristianos evangélicos, nosotros creemos en la unión básica que existe entre Cristo y su Iglesia. Pero no describimos tal unión como mera identificación, porque si bien en su sentido creemos que puede hablarse de cierta identificación, tememos que la misma pudiera dar pie a crear confusión entre Cristo y la Iglesia. Cristo es una sola cosa, un cuerpo con la Iglesia. Pero, como Cabeza de la misma está muy por encima de los miembros. Hemos de dar lugar, pues, a una clara subordinación del cuerpo con respecto a su Cabeza divina. No podemos quitar la corona de esta Cabeza para colocarla encima de la Iglesia. Al fin de cuentas, esa Cabeza y esa corona lo son también de la misma Iglesia.


La Iglesia no puede identificar, a la ligera, su propia palabra con la palabra de Cristo. Y aquí nos encontramos con una de las paradojas del Evangelio: en la medida en que la Iglesia renuncia a su propia infalibilidad, sometiéndose y proclamando la sola infalibilidad de la palabra del Señor, en esta misma medida su mensaje es infalible y su voz es la voz de Cristo. Es la aplicación, en el plano doctrinal y pastoral, de las palabras de Jesús: “El que se humille será ensalzado”.



LOS REFORMADORES



Los reformadores contemplaron a la Iglesia, en su peregrinación terrestre, como obligada a sujetarse a la Palabra de su Redentor y Señor. Y sólo así creían producirse esta íntima y viva comunión de la Cabeza con sus miembros.


Nuestra fidelidad a las Sagradas Escrituras como norma única de fe y práctica, debe entenderse a la luz de nuestra convicción de que, sujetándonos a la autoridad de las mismas, nos sujetamos, de hecho, a la autoridad única y soberana de Cristo. Esta convicción viene corroborada por el hecho de que el fundamento que Cristo ha querido dar a su Iglesia se halla depositado en esas Escrituras y solamente por ellas se actualiza hasta nosotros (Jn. 17.20).


Nuestra posición no es, desde luego, nada nuevo. Desde los primeros días del cristianismo los teólogos de todas las tendencias han apelado a las Escrituras para defender sus posiciones. Y los reformadores siguieron la lógica de este principio, esforzándose en colocar de nuevo, en el centro de la vida de la Iglesia, la autoridad suprema de la Palabra de Dios. Aun más, comprendieron que la Palabra es el medio de gracia por excelencia y sin el cual los demás medios no son nada. Creyeron que la Iglesia sólo habla la Palabra de Cristo cuando somete su propia palabra a la de la Escritura. La palabra de fe que la Iglesia debe proclamar es la palabra bíblica.



LOS PADRES



Se decía en la Edad Media que el consentimiento unánime de los llamados Padres de la Iglesia sobre algún punto determinado era prueba suficiente para creer que se trataba de una verdad. El hecho es que en muy pocos puntos encontramos este consenso unánime. Se trata, en realidad, de una ficción teórica. Sin embargo, en una doctrina todos los Padres se hallaban de acuerdo: la doctrina que afirma que la Biblia es la suprema autoridad del cristiano en todo lo que afecta su fe y práctica.


La autoridad de las Escrituras en la Iglesia cristiana, dimana de otra doctrina creída igualmente con la misma unanimidad a lo largo de los siglos: la inspiración divina que movió a los instrumentos humanos que escribieron los Sagrados Libros.



LA BIBLIA MISMA



En 2 Timoteo 3.16 tenemos el testimonio del propio escrito sagrado en cuanto a su valor: fue inspirado divinamente. Esto quiere decir que la Escritura no tuvo su origen en la imaginación, o en la exaltación religiosa, ni en ningún hombre. En realidad, ningún hombre, ni grupo de hombres, hubiese podido escribir algo aunque fuese remotamente parecido a la Biblia. La Escritura es de inspiración divina; se trata de la Palabra de Dios, no de la palabra humana (2 Pe. 1.20, 21). La Biblia es el único libro del que podemos decir con toda propiedad que es el Libro de Dios.


Por consiguiente, la revelación bíblica debe ser nuestra suprema autoridad en materia de fe y práctica. Porque cuando Dios habla (y lo hace cada vez que meditamos reverentemente en la Biblia, pidiendo al Espíritu que la inspiró su iluminación y dirección), al hombre sólo le resta hacer una cosa: callar y escuchar.


En Apocalipsis 22.18 tenemos una amonestación muy solemne que nos advierte del peligro de añadir o quitar algo a esta Palabra. Nuestra sumisión y obediencia a Dios se medirán, pues, por nuestro acatamiento a su Palabra.


La Biblia ha de dirigir toda nuestra vida, tanto en lo tocante a nuestra credenda, es decir: lo que debemos creer; como en lo que se refiere a nuestra agenda, o sea: lo que hemos de practicar. Esta convicción hacía exclamar al salmista: “Lámpara es a mis pies tu Palabra, y lumbrera a mi camino””(Sal. 119.105).


La autoridad de la Palabra de Dios procede de ella misma, por lo que es. En otras palabras, tiene autoridad porque es palabra inspirada, oráculo divino. Repetidamente leemos en el Antiguo Testamento expresiones tales como “Dice Jehová”, o “La Palabra de Jehová fue sobre mí…” El Nuevo Testamento corrobora las implicancias proféticas señaladas. El autor de la Epístola a los Hebreos afirma que los siervos de Dios que profetizaron en el pasado no hicieron más que transmitir la Palabra del Señor: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas…” (He. 1.1).



EL TESTIMONIO DEL SEÑOR



Mas, ¿puede haber algo más significativo para nosotros que el testimonio del mismo Cristo? Dijo que no había venido a desconocer la ley y los profetas, sino a cumplirlo todo. Añadió que ni una jota ni una tilde perecería de la Palabra revelada hasta que todas las cosas llegaran a su total consumación (Mt. 5.17, 18). La Escritura era para Él algo que no podía ser quebrantado (Jn. 10.35). En la tentación rechaza al diablo con el poder que le da la Palabra, la que una vez tras otra cita al tentador: “Escrito está…”. Es su argumento final. Es decir, constituye la máxima autoridad (Mt. 4.4, 7, 10). Enseñando a sus discípulos, les dijo que era necesario que todas las Escrituras (“la ley de Moisés, los profetas y los salmos”) se cumpliesen (Lc. 24.44). A lo largo de todo el Nuevo Testamento, la vida, la muerte, y la resurrección de Jesucristo, son consideradas a la luz de su cumplimiento profetizado por la Sagrada Escritura. Toda la vida del Redentor constituye en sí misma una vindicación de la Palabra inspirada.


Cristo prometió a sus apóstoles la asistencia del Espíritu Santo para recordarles todas las cosas –los evangelios– y enseñarles el significado de los acontecimientos redentores que tienen por centro su persona y su obra –las epístolas–, así como revelarles lo que antes de la Ascensión no podían comprender –Hechos y Apocalipsis– (Jn. 14.26; 16.13). Esto nos explica la autoridad con que hablan los apóstoles y el acatamiento que exigen para sus palabras, pues son conscientes que no emiten palabra humana sino mensaje de Dios (Gá. 1.1; 2.7 y ss., 2 Co. 5.19, 20; 1 Tes. 2.13; 1 Co. 2.13). Si, pues, las enseñanzas de Cristo y de los apóstoles inspirados deben ser la regla de la Iglesia, esta debe ser regida única y exclusivamente por la Escritura.



LA IGLESIA PRIMITIVA Y EL CANON



La Biblia es, pues, la única autoridad que durante siglos no ha sido discutida, y que –teóricamente cuando menos– es defendida por todas las comunidades que se identifican como cristianas evangélicas. El reconocimiento de esta autoridad por parte de la Iglesia primitiva halló su expresión en lo que conocemos como el Canon bíblico. Por canon (es decir: la Regla que incluye aquellos libros aceptados como inspirados y acatados como Palabra de Dios) la Iglesia antigua confesó que sobre ella había una autoridad superior, la autoridad de Dios, que se manifestaba en el registro de oráculos divinos contenidos en la Biblia. El hecho del canon significa que los cristianos declararon como canónicos –inspirados– los libros del Nuevo Testamento, atribuyéndolos una autoridad que no tenían antes. El canon es el testimonio de la Iglesia que reconoce la singularidad del Libro Sagrado y confiesa su valor único como Palabra de Dios. La Iglesia no confiere el carácter de inspirado sino que confiesa –reconoce– la autoridad de las Escrituras. La Iglesia testifica de la Escritura como Juan el Bautista testificó de Cristo: “He aquí el Cordero de Dios” (Jn. 1.36). Con estas palabras, Juan no confería autoridad a Cristo sino todo lo contrario: confesaba la autoridad intrínseca del Señor. Y, como en el caso de la confesión de Pedro (Mt. 16.17), tal discernimiento es un don de Dios también (1 Jn. 2.27), como la misma Escritura.


Comentando 1 Timoteo 3.15, el puritano Thomas Watson escribía en relación con la imagen de la Iglesia como “columna y apoyo de la verdad”: “Es cierto que la Iglesia es la columna de la verdad; pero no se sigue de esto que la Escritura derive su autoridad de la Iglesia. La proclama del rey se coloca sobre una columna para que todos puedan verla y leerla. Pero la proclama no recibe su autoridad de la columna de la cual pende, sino del rey que la escribió; así, la Iglesia tiene el deber de sostener bien en algo la autoridad de las Sagradas Escrituras, pero no queriendo dar a entender que estas reciben esa autoridad de la Iglesia, sino de Dios que es su autor”.


La Palabra de Dios es luz. Nosotros somos iluminados por ella. Recibimos el fulgor de dicha luz. Y como Iglesia, los cristianos agrupados en cualquier lugar de la tierra damos testimonio de esta luz que el Espíritu del Señor hace brillar en nuestras almas. No es que la Escritura derive su autoridad de este testimonio nuestro. Ella es la Palabra de Dios, la luz que nos alumbra; ¿pretenderemos nosotros iluminarla a ella? Es como si quisiéramos alumbrar el sol con una linterna. La Iglesia recibe la luz y la transmite a otros, no por su propio poder sino por el poder de la misma luz que ha recibido.



LA RELACIÓN CON LA TRADICIÓN



El principio de “Sola Scriptura” tiene una doble consecuencia para nosotros. En primer lugar, que sólo en la voz del mensaje bíblico tenemos certeza de escuchar la voz de Dios. Y como consecuencia, que ninguna otra voz, ninguna otra autoridad, ni ninguna otra tradición, debe ser colocada al mismo nivel supremo que la Escritura.


Al llegar a este punto, los cristianos evangélicos debemos guardarnos del error de pensar que, porque rechazamos la tradición –o las tradiciones– como norma paralela a la de la Biblia, no estamos ligados a ninguna tradición. Se equivocaría quien pensase que los reformadores se oponían a todo tipo de tradición. Ellos reconocían, lo que también nosotros hemos de reconocer, que una Iglesia establecida y ciertas tradiciones son dos cosas que en cierto sentido son inseparables. Nunca ha habido, ni habrá, ninguna comunidad de creyentes cuya vida eclesiástica, cultural y piadosa transcurra independientemente de ciertos elementos tradicionales relacionados con su historia. ¿Es que no tenemos, acaso, dentro del campo evangélico, conservador y ortodoxo, las tradiciones luteranas, las tradiciones presbiterianas, las tradiciones bautistas, las de los hermanos, etcétera, etcétera?


Los reformadores nunca dijeron que las tradiciones, por el solo hecho de serlo, fueran descartadas. Lo que hicieron fue discernir entre tradiciones correctas y constructivas y aquellas peligrosas o falsas. Todas ellas fueron sujetas al constante dictamen de la Escritura como factor decisivo para valorar toda creencia y toda piedad. La Escritura constituía la “sola” autoridad por medio de la cual había que juzgar toda tradición.


Nuestra aceptación de tal o cual costumbre o tradición va unida a la concepción paralela de que tales hábitos y conceptos religiosos no son absolutos y pueden ser reformados –¡y hasta rechazados!– si alguna vez la Sagrada Escritura nos muestra alguna inconsistencia o error en los mismos.


Nos sentimos unidos a la Iglesia de los apóstoles, a la Iglesia de los padres, a la Iglesia de la reforma, a la Iglesia de todos los santos que han habido y que habrán. Los tesoros de gracia y conocimiento espiritual que cual dones el Señor ha concedido a la Iglesia son nuestros (1 Co. 3.21-23). El pasado de la Iglesia es como una acumulación de capital espiritual. Cierto que, a veces (demasiadas veces) hay también escoria. Es el tributo de lo humano, por pecaminoso. Y nuestra tarea es discernir a la luz de la Palabra. No pretendemos echar a un lado todo el tesoro acumulado por la gracia de Dios en la comunión de los santos que fueron siglos ha. En ese sentido puede hablarse de una tradición legítima, pero no como una fuente de revelación apostólica, y mucho menos con igual autoridad, sino como una interpretación humana referida –y siempre sujeta– a la Palabra divina.


La tradición ha de ser siempre un medio de llevarnos a las fuentes. Nunca debe tomar el lugar de las fuentes y convertirse en un fin en sí mismo. Precisamente, la tradición es el esfuerzo que otros, iguales a nosotros, han ido haciendo en su ir igualmente a la fuente bíblica. La tradición es, pues, válida para nosotros en tanto que nos ayuda a entender más y mejor la Palabra de Dios. Pero cuando trata de suplantar a esta Palabra o de ponerse a un nivel igual de autoridad, esa tradición no ayuda sino que estorba, es de tropiezo. La tradición no debe ser considerada nunca como infalible, por lo cual no puede ser autoridad. El Espíritu Santo ha guiado a la Iglesia, a lo largo de la Historia, en su comprensión y aplicación de las enseñanzas bíblicas, pero nunca le ha garantizado una absoluta corrección en todos sus conceptos y en todos los tiempos. La Iglesia camina en obediencia a Dios, pero no siempre obedece como debiera –y en muchas ocasiones es directamente rebelde–. La Escritura no se refiere nunca a Iglesia como infalible. Hay demasiados textos que prueban lo contrario, precisamente. La Iglesia visible que interpreta la Biblia y forma tradiciones está compuesta tanto de cristianos verdaderos como de personas no regeneradas (el trigo y la cizaña de la parábola) y aún los mismos creyentes sinceros distan mucho de ser perfectos. Sólo Cristo, el Señor de la Iglesia, es infalible para nosotros y no aprendemos en las páginas de su Palabra (infalible también por ser la suya), que haya jamás dado a su pueblo tal atributo que sólo a Él corresponde.


Por cuanto es falible –y reconoce la infalibilidad de su Señor– la Iglesia debe medir y medirse continuamente con la regla de la Palabra divina, las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento. Para poseer una tradición cristiana legítima es menester someter la misma a la constante reforma de la Biblia.


Hemos de juzgar cualquier tradición haciéndonos la siguiente pregunta: “¿Nos ayuda para acercarnos más a la Palabra de Dios y entenderla mejor, o, por el contrario, nos aleja de las Escrituras e impide nuestro ir a las mismas?”


Nuestra afirmación como cristianos evangélicos insiste en la necesidad de que cada tradición –de cada comunidad– sea probada y reformada constantemente a la luz de la Escritura Santa. Nos obliga a una actitud crítica. Pero esta crítica no debe basarse en principios racionalistas ni en prejuicios que tienden a reducirlo todo a nivel humano o de sentimientos. Nuestra crítica debe ejercerse a la luz de las Escrituras.


Esta autocrítica significará tener que abandonar, más de una vez, hábitos queridos, costumbres arraigadas, conceptos muy enraizados en nuestro pobre intelecto, porque a la luz de una más profunda comprensión de las Escrituras todas estas tradiciones habrán resultado equivocadas. Tal vez sirvieron para otra época, pero tal vez ahora sean un estorbo.


Ni la Iglesia, ni el cristiano pueden decir que han alcanzado la suma de la verdad y que ya pueden echarse a dormir. Por el contrario, deben cavar cada vez más hondo en la mina inagotable de la Palabra de Dios y reformar constantemente todas las tradiciones humanas de conformidad con el Señor. Es esta una sagrada responsabilidad que Dios pone sobre nosotros. Concluimos pues, comprendiendo lo inevitable y hasta adecuado, de la tradición en su debido lugar, pero reservándonos siempre el derecho a ejercer la prueba de toda enseñanza a la luz de la Biblia y bajo el principio de la Sola Scriptura.



© Pensamiento Cristiano. Usado con permiso.



Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen II, número 5. Todos los derechos reservados

  • tweet
siguiente

Paz en el alma

Relacionados

La era de la simpasión

31 mayo, 2013

Viernes Santo: EL CAMINO DEL PERDÓN

29 marzo, 2013

¡Un Dios que baila!

31 agosto, 2012

Devocional de hoy

  • En el museo de la fe: RahabEn el museo de la fe: Rahab
    Por la fe logramos echar mano de algo que no poseemos en el presente, pero que necesitaremos en el futuro.

lo más leido

El día de Pentecostés y la venida del Espíritu Santo: el nacimiento de la Iglesia, Parte I

El día de Pentecostés y la venida del Espíritu San...

publicado el 15 julio, 2005
Uno más uno: La pareja según el diseño de Dios

Uno más uno: La pareja según el diseño de Dios

publicado el 15 julio, 2005
¡Huye! No seas esclavo de la lascivia

¡Huye! No seas esclavo de la lascivia

publicado el 15 julio, 2010
Consejos para la intimidad matrimonial

Consejos para la intimidad matrimonial

publicado el 15 julio, 2010
El adolescente y su proyecto de vida

El adolescente y su proyecto de vida

publicado el 28 septiembre, 2009

videos mas vistos

Levanta tu cabeza

Levanta tu cabeza

publicado el 13 enero, 2017
Mujer Virtuosa

Mujer Virtuosa

publicado el 13 enero, 2017
Ser santos

Ser santos

publicado el 13 enero, 2017
Prioridades

Prioridades

publicado el 13 enero, 2017
Nuevo año, parte I

Nuevo año, parte I

publicado el 13 enero, 2017

Categorías

Ese hombre es como un árbol
plantado junto a los arroyos:
llegado el momento da su fruto,
y sus hojas no se marchitan.
Salmo 1:3 RVC