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Vida Cristiana

El cerezo

15 julio, 20051679 visitas

Raki era un niño de seis años que un día regresaba a casa tras haber estado en el bazar de Mussorie, pequeña aldea del norte de la India. En el camino el chiquillo iba comiendo cerezas. Esas cerecitas agridulces, rojas como rubíes, provenían del lejano valle de Cachemira. No había muchos árboles frutales en las faldas del Himalaya, donde vivía Raki con su abuelo. El terreno era pedregoso, y sólo en las laderas más sombreadas había bosques de robles y cedros.


Cuando Raki llegó a la cabaña de su abuelo, aún le quedaban tres cerezas. «Toma una cereza, Dada», le dijo al verlo en el jardín.


El anciano tomó una cereza, y Raki se comió rápidamente las otras dos, si bien mantuvo largo rato en la boca el carozo de la última, haciéndolo rodar con la lengua hasta que se le fue el sabor. Luego se lo colocó en la palma de la mano y lo contempló.


—¿Son de buena suerte los carozos de cereza? —preguntó.


—¡Por supuesto! —dijo el abuelo.


—Entonces, voy a guardarlo.


—No traerá suerte si sólo lo guardas. Tienes que sacarle provecho.


—Y, ¿qué puedo hacer con un carozo de cereza?


—¡Sembrarlo!


Raki fue hasta un rincón del jardín donde la tierra estaba suave y blanda, y metió la semilla en el suelo con el pulgar. El carozo de la fruta se hundió con facilidad.


Cuando el invierno llegó a las colinas, sopló un viento frío y el jardín quedó yermo. Al anochecer, el anciano y Raki se sentaban ante una hoguera de carbón, y el abuelo le contaba cuentos… de personas convertidas en animales y fantasmas que vivían en los árboles… de frijoles saltarines y piedras que lloraban…


Una mañana de primavera, en el jardín, Raki se inclinó a recoger lo que le pareció una ramita y vio que tenía raíces. La examinó un momento y después corrió a buscar al abuelo.


—¡Dada! —lo llamó— ¡Ven a ver: el cerezo ha brotado!


El abuelo tuvo casi que doblarse en dos para contemplar el diminuto árbol, de apenas unos diez centímetros de altura.


—Sí, es un cerezo —confirmó—. Tendrás que regarlo de vez en cuando.


Raki lo roció y lo protegió con un cerco de cantorrodados.


—¿Para qué son los cantorrodados? —le preguntó el abuelo.


—Para que tenga su propio terreno, Dada.


Raki iba a ver el árbol cada mañana, pero el arbolito no parecía crecer, así que dejó de mirarlo… como no fuera furtivamente, con el rabillo del ojo.


Aquel año, las lluvias que acompañan al monzón llegaron antes de lo esperado, y Raki iba como de costumbre a la escuela y volvía a casa enfundado en su impermeable y calzando sus botas. Hasta cuando no llovía escurrían gotas de los árboles y la niebla subía arremolinándose desde el valle. El cerezo crecía a ojos vistas.


El arbolito medía ya más de medio metro de altura cuando una cabra se metió en el jardín y le comió las hojas. Sólo quedaron el tronco y dos endebles ramitas.


«No importa», comentó el abuelo al ver a Raki triste. «Volverá a crecer; los cerezos son fuertes».


Hacia finales de la temporada de lluvias, brotaron hojas nuevas en el arbolito. Una mujer que andaba segando la hierba bajó de la colina con la hoz zumbando entre el follaje. De un sólo tajo, el joven árbol quedó cercenado a la mitad.


—¿Morirá? —preguntó Raki.


—Tal vez —reconoció el abuelo.


Pero el cerezo no tenía la menor intención de morir. Al regresar el verano había echado varios renuevos. Incluso cuando llovía, Raki acudía a veces a regar el arbolito. Quería que supiera que él, Raki, estaba allí. Un día, el niño descubrió en el árbol una oruga velluda, dándose el gran banquete con las hojas. La quitó a toda prisa y la arrojó al otro lado del muro del jardín:


«Vuelve cuando seas una mariposa», le advirtió.


Aquel mes de febrero Raki cumplió nueve años, y el árbol tres, pero este era casi tan alto como el niño. Y una mañana muy soleada, el abuelo salió al jardín «a calentar un poco mis viejos huesos», según anunció. Se detuvo ante el cerezo, lo miró unos instantes y gritó: «¡Raki, ven a ver!».


Raki salió corriendo y vio una sonrosada flor en la punta de una rama. Ambos contemplaron, pasmados, aquel pequeño milagro.


Al año siguiente surgieron más flores. El árbol ya era entonces más alto que Raki, aunque sólo tenía la tercera parte de la edad del muchacho. Aquel verano el árbol dio unas diminutas cerezas.


Raki probó una, y en seguida la escupió.


—Está muy agria —protestó.


—El año que viene estarán mejor —replicó el abuelo.


Una tarde Raki fue al jardín y se tendió en el césped, bajo el árbol. Miró hacia arriba, y a través del follaje contempló la azul bóveda celeste. Podía ver cómo las montañas parecían alejarse cabalgando en las nubes. Seguía tendido bajo el árbol, cuando las sombras del anochecer comenzaron a avanzar, reptando por el jardín. Llegó el abuelo, se sentó junto al niño, y ambos esperaron en silencio hasta que refulgieron las estrellas.


—Hay muchos árboles en el bosque —dijo Raki—. Pero dime, Dada, ¿por qué es este tan especial? ¿Por qué nos agrada tanto?


—Es que lo hemos cultivado nosotros —contestó el abuelo.


—Era sólo una semillita —agregó Raki.


Y tocó la lisa corteza del árbol que él había cultivado. Pasó la mano por toda la rama, y rozó con el dedo la puntita de una hoja. Y dijo para sus adentros: ¿Se sentirá así Dios?



© Ruskin Bond, 1980. Condensado de «The Cherry Tree». Publicado por Hamish Hamilton Ltd. De Londres y «Selecciones del Reader’s Digest», Enero de 1988. Usado con el debido permiso del autor y los editores. Nota: El autor de esta nota vive actualmente en la India y si bien en el cuento deja traslucir ciertos elementos culturales negativos (suerte, animismo), creemos útil y apropiada la enseñanza final. Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen III, número 3. Todos los derechos reservados.

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