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Alabanza

Versiones amplificadas

26 julio, 2009887 visitas

Si yo pudiera mencionar una frase que debiera quedarse olvidada con el siglo veinte sería la que causó que se llevaran a cabo miles de reuniones de comités: «alabanza contemporánea». La verdad es que cualquier tipo de alabanza practicada por personas modernas, sin importar qué tan antigua sea su forma, es alabanza contemporánea. Y cualquier tipo de alabanza, sin importar qué tan simple sea su estructura, tiene sus raíces en la tradición, tal como la tradición estadounidense de las reuniones de oración y los cantos que tienen su origen en los avivamientos del siglo diecinueve. En realidad, la verdadera distinción entre la alabanza «contemporánea» y la «tradicional» tiene que ver más que nada con la música y con un enchufe eléctrico. Las clases o estilos de música que ahora llamamos «contemporánea» no podrían existir sin la amplificación, al igual que los solistas con sus recias guitarras eléctricas o las íntimas canciones de amor no pueden existir sin los sistemas eléctricos que les dan la fuerza. Mientras que Pavarotti algunas veces usa un discreto micrófono, y las estrellas populares algunas veces no cantan «enchufados», la esencia de la música moderna es la electricidad.

Una minoría de cristianos se opone con vehemencia a usar música amplificada durante la alabanza. Yo no soy uno de ellos, aunque soy un músico entrenado en la tradición clásica del mundo occidental. En forma paralela, aunque yo también estudié latín y griego en la universidad, no hablo ninguno de los dos idiomas en mi vida diaria. La música amplificada es el «idioma natal» de nuestro día, y nunca me siento tan a gusto, como en casa, como cuando estoy absorbido por su abundancia de deleites rítmicos y melódicos. Y si la alabanza amplificada nos hace pensar con cierto desdén en guitarristas aficionados que sólo pueden tocar a todo volumen con únicamente tres acordes, repitiendo los mismos coros una y otra vez, así también la alabanza sin amplificación nos trae a la mente coros también aficionados y no muy bien afinados, la continua repetición de himnos, organistas sin fervor musical—¿creen que tengo que seguir?

La verdad es que los practicantes más celebrados de la alabanza amplificada traen un asombroso nivel de excelencia a sus guitarras eléctricas y a sus baterías con 28 piezas de percusión. Hasta están volviendo a introducir el arte de la improvisación para alabar a un nivel que no se ha escuchado en siglos —por lo menos en las iglesias anglosajonas. En su máxima expresión, la música amplificada es al sonido lo que una catedral es a la piedra: una expresión del anhelo eterno de construir algo más grande que nosotros mismos, que pueda apuntar hacia Alguien que es mucho más grande aún.

Pero me preocupan muchas de las reuniones eclesiásticas que usan alabanza amplificada. La próxima vez que usted esté en una, observe y escuche a la congregación. Fíjese en el sonido del silencio. Si el puro volumen de la alabanza amplificada es como una catedral sónica, este también puede ganarle a la liturgia medieval más ominosa en su capacidad de petrificar a los feligreses en un estupor pasivo.

Los cínicos comparan estas reuniones a los conciertos de rock, pero las audiencias de los conciertos de rock participan con un fervor que avergonzaría a las congregaciones cristianas. Ellos cantan sin importarles nada, gritan, levantan luces, y hasta traen ofrendas —carteles hechos en casa, flores, ropa interior. Al enfrentar la alabanza amplificada, la mayoría de las congregaciones no hace más que tal vez aplaudir al compás, cerrar los ojos, y mover un poco el cuerpo siguiendo el ritmo. Esto se da más entre las iglesias «post-modernistas», a las cuales les gusta amortiguar la iluminación y aumentar el sonido, en donde dos terceras partes de las personas allí podrían caer muertas y la banda seguiría tocando. Cuando uno no puede oírse ni a sí mismo cuando canta, ¿porqué se va a molestar en tratar de hacerlo?

Por razones teológicas, los cantos antes floreaban en las iglesias protestantes escritos por diversos miembros de la congregación. Los protestantes creían y enseñaban que todos los creyentes son sacerdotes. Pero hoy en día estamos atestiguando la aparición de un nuevo sacerdocio —el de los que tienen el poder (literalmente hablando). Armados con micrófonos y amperios, brillando con sus grandes luces multicolores, las personas amplificadas hacen por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos: hacer música, ofrecer oraciones, alcanzar lo inalcanzable. No es sorprendente entonces que muchas iglesias hayan regresado a un estado de pre-reforma en el que la mayoría de creyentes nunca ha querido ser sacerdote. En inglés hay una frase muy común que es un eufemismo para morirse; literalmente se traduce como «encontrarte con tu Hacedor». ¿Qué nos hace pensar que la gente que usa este eufemismo vaya a estar muy emocionada de «encontrarse con su Hacedor» el domingo por la noche?, (por lo menos en las iglesias anglosajonas). Es mejor dejarle al pastor el trabajo pesado, el trabajo peligroso de relacionarse directamente con Dios por medio de

sacrificio y oración. Aún el canto, esa música original que sale de lo profundo de nuestro ser, nos hace sentir cohibidos. Con la omnipresencia de la música grabada y la escasa educación musical —que en Estados Unidos dejaron de enseñar en las escuelas públicas cuando los jóvenes de hoy en día eran niños— la idea de hacer uno su propia música es tan ajeno a los estadounidenses modernos como la idea de una relación personal con sus dioses lo era para un pagano.

No podemos dejar de darle crédito personal a varios de los pastores amplificados a quienes, al igual que los pastores fieles, les preocupa la lasitud de sus feligreses. Pero, ¿qué es lo que pueden hacer? La asistencia aumenta cuando suben el volumen, cuando tocan mucho mejor. Mientras tanto, la multitud se va a casa satisfecha. Han visto un gran show. Y a diferencia de un concierto de rock, no les costó ni un centavo.

 

Copyright © 2002 Christianity Today. Abril 22, 2002, Vol. 46, No. 5, pág. 86 Traducido para Apuntes Pastorales por Cristina Krasny ©Apuntes Pastorales Volumen XX – Número 1

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