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Vida Cristiana

¿Puede el mundo convertirse en un lugar sin limites?

25 noviembre, 2008870 visitas

El lugar sin límites es el título de una novela escrita por José Donoso, autor chileno, que retrata a una sociedad con una serie de personajes deteriorados que van hacia una destrucción que no son capaces de evitar. El lugar sin límites pinta un escenario de podredumbre humana, un mundo donde la prostitución, la homosexualidad, el abuso, la violencia y otros problemas sociales ahogan y asfixian. Al leer sus páginas podemos experimentar la angustia existencial de uno de los personajes más desdichados que se pueda imaginar: un ser marginado por la sociedad, hija de una prostituta y un homosexual, quien no tiene escapatoria porque su «mundo» es ese lugar donde ya no hay límites para la conducta humana. La novela retrata así la decadencia física, moral, espiritual y psíquica del individuo.


Examinando los problemas sociales que enfrentamos en este siglo XXI, como son el libertinaje, el abuso sexual, la violencia, la delincuencia, la corrupción, la injusticia, el terrorismo, los asesinatos aún en el seno de las familias, la depresión, entre otros, nos preguntamos: ¿es que el mundo se ha convertido en un lugar sin límites? Y lo que es peor ¿podemos habituarnos a vivir así y asumirlo como algo normal? 


Dios conocía la capacidad humana para el bien y para el mal. Él creó hombres y mujeres con libre albedrío pero se encargó de darnos sus leyes, de ponernos límites para una óptima convivencia donde apliquemos sus valores. Nos dio esas leyes para que seamos prosperados y experimentemos sus bendiciones; así se lo explicó a su pueblo cuando ellos recibieron sus mandamientos de mano de Moisés:


«Ahora pues Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?» (Dt 10.12-15).


Si el fin es nuestra prosperidad y bienestar, ¿por qué entonces tanta renuencia a obedecer sus mandamientos? Es curioso descubrir que el hombre rechaza las leyes de Dios porque las asume como un peso adicional sobre su vida, como algo tedioso que cumplir, como mandamientos sin sentido, y no se da cuenta de que Dios pone límites a nuestra conducta justamente porque piensa en nuestro bienestar y prosperidad. El mismo sentido tienen las palabras de Jesús cuando dijo:


«Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana». (Mt 1.29-30)


Jesús puede ponerse de ejemplo en este pasaje porque él mismo ha llevado un yugo, aprendiendo obediencia mediante el sufrimiento. Pero nos asegura que su yugo es «cómodo, suave, y su carga ligera» porque puede ayudarnos a llevarlo mediante su Espíritu. No porque sea fácil y sencillo obedecer a Dios sino porque al hacerlo nos sentiremos aliviados y hallaremos esa paz y bienestar que necesitamos. El yugo de Cristo, todos sus preceptos, se resumen en una palabra: amor. Amar a Dios, a nuestro prójimo y obedecer sus leyes dará como resultado «ese descanso para nuestra alma», esa paz espiritual y emocional que el mundo busca con desesperación pero que paradójicamente aleja cada día al rechazar las leyes de Dios.


Sí, el mundo puede convertirse en «un lugar sin límites» si lo permitimos. El desenfreno empieza a desplazar a la moralidad, el relativismo a la ética, el individualismo a la nobleza, el sensualismo a la racionalidad. ¡Y no podemos quedarnos de brazos cruzados!


Es muy sencillo y a la vez trascendente elegir o despreciar los mandamientos de Dios para vivir plenamente o sucumbir ante el pecado. Reconozcamos que la raíz de los problemas sociales que enfrentamos está en ignorar y menospreciar sus mandamientos. Frente a ello, nuestra misión como cristianos es impactar con los valores del reino a una sociedad que camina sin Dios hacia la decadencia moral y espiritual. Es la misma misión que nos dejó Jesús:


«Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo.» (Mt 5.14-16)


Alumbremos con nuestra conducta y ayudemos a preservar la sanidad moral de nuestra sociedad, evitemos que las generaciones venideras piensen en un mundo con valores como en una ficción; esforcémonos por legar a nuestros hijos un futuro mejor. Tomemos en serio hoy más que nunca las palabras de Jesús:


«Ustedes son la sal de la tierra.» (Mt 5.13)


Sólo así  contribuiremos a evitar que el mundo se parezca cada vez más a ese «lugar sin límites».

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