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Consejeria

Entre padres y adolescentes

16 septiembre, 2008870 visitas

Nuestra sociedad ha creado una predisposición negativa ante la etapa que inevitablemente todo hijo e hija debe pasar en su proceso de desarrollo integral: la adolescencia. Este mito podría tener su origen en un conflicto por el manejo del poder: los padres y madres quieren imponer sus valores o reglas y los hijos e hijas quieren defender su autonomía y «libertad».


En relación a esto, tradicionalmente se ha hablado de valores morales fundamentales para la convivencia pacífica, como: honestidad, tolerancia, libertad, agradecimiento, solidaridad, bondad, justicia, amistad, responsabilidad, lealtad, respeto, fortaleza, generosidad, laboriosidad, perseverancia, humildad, prudencia, paz, amor al prójimo. Pero en tiempos actuales se habla de una dimensión más amplia, con varios tipos de valores:




  • Valores biológicos: se relacionan con la salud, la higiene y la educación física del cuerpo y la mente.


  • Valores sensibles: conducen al crecimiento espiritual y emocional, el manejo de estados de ánimo, los sentimientos constructivos o destructivos, la autoestima, el dar y recibir afecto.


  • Valores económicos: enseñan cómo administrar los recursos útiles para la vida, tienen que ver con el uso y cambio de cosas materiales.


  • Valores estéticos: la percepción de la belleza y todo lo que nos rodea como expresión del amor de Dios.


  • Valores intelectuales: la apreciación de la verdad, el conocimiento y la autorrealización personal por medio de la educación.


  • Valores religiosos: permiten a la persona alcanzar la dimensión de lo sagrado y del propósito de Dios para su vida.


  • Valores morales: su práctica acerca al ser humano a las normas de convivencia y a las leyes establecidas en un lugar o país.

En resumen, los niños y adolescentes aprenden —a través de la cultura y de los valores hechos «verbo» en el ejemplo de las personas adultas— a imitar, a reproducir, pero también a razonar emocionalmente acerca de:




  1. Vivir en sociedad.


  2. Formarse moral y espiritualmente.


  3. Ejercer sus funciones biológicas y sociales.


  4. Aplicar hábitos de alimentación y aseo.


  5. Usar el lenguaje.


  6. Aplicar la autonomía y la socialización.


  7. Conocer e interactuar con el medio físico, tecnológico y social que los rodea.


  8. Utilizar responsablemente los recursos personales y del medio ambiente.


  9. Hallar formas de subsistencia biomaterial.


  10. Orientar la propia conducta.

Con base en los valores se puede decidir cómo actuar ante las diferentes situaciones que plantea la vida y los efectos o consecuencias positivas o negativas (antes llamadas castigos) que se obtienen de esas decisiones.


Dar valor a cada persona: el valor que Dios le ha dado


Tanto las personas adultas como sus hijos e hijas no se dan cuenta de que más que un conflicto de valores morales y generacionales, existe una falta de valoración de padres-madres hacia hijos-hijas y viceversa: la asignación del valor que Dios mismo nos dio desde la creación.


Para eso es necesario tomar en cuenta algunos aspectos fundamentales en la formación de la personalidad de nuestros hijos e hijas:


—El o la adolescente es un ser individual que está en un proceso de búsqueda de identidad y de su capacidad de relacionarse bien con los demás. Como persona merece respeto de su espacio individual y de sus ideas. Dentro de la familia y / o del grupo escolar, es importante valorar y propiciar la alegría, la salud física y mental, la amistad, el amor y el éxito de todos. 


—Diferencias individuales: no todas las personas somos iguales, así que no se puede estereotipar a nadie ni comparar con otros con frases como: «es igual a su padre/madre». Por eso, se debe respetar los gustos e intereses del hijo(a).


—Diferencias de género: los hombres no son iguales a las mujeres, ni en su físico, ni en el diseño de sus cerebros, ni en su personalidad. Tales características se perciben después de los dos años de edad y se manifiestan, asimismo, en cómo las personas adultas tratan a un adolescente varón y una adolescente mujer. Por eso, trate de no ser machista ni feminista, sino aplique el fundamento de igualdad de derechos y obligaciones.


Asimismo, es preciso considerar que todo ser humano tiende a repetir las actitudes y conductas que lo hacen sentirse bien y con las que atrae la atención y aprobación de los otros.


También cabe destacar que las personas adultas no son dueñas absolutas de la razón, los principios morales o la disciplina, sino que deben servir como guía y protección a la hora de establecer límites y ayudar a manejar las conductas negativas del adolescente. Entre mejores sean las relaciones afectivas entre padres, madres e hijos(as), más efecto tendrán los procesos de aprendizaje de conductas, actitudes y valores morales.


Cada etapa de vida es una crisis; cada cambio, una oportunidad para crecer espiritualmente.


En la etapa de la adolescencia, muchachos y muchachas generalmente tienen una meta común: promocionarse individual y socialmente. Revisemos qué significa esto:


PROMOCIÓN INDIVIDUAL


Desean realizar actividades donde se muestren bellos, interesantes, inteligentes y con éxito. Para ello, tratan de hacer lo que sus pares o amigos les dicen, sin medir impulsos o consecuencias negativas. El papel del adulto, armado con valores morales, sería el de facilitar que el o la joven participen en actividades que lo acerquen a la adaptación, la responsabilidad, la libertad y la creatividad. (Adaptación: mejor conocimiento de sí y de la realidad; responsabilidad: capacidad de juicio, valoración y decisión; libertad: capacidad de elegir en las diversas circunstancias; creatividad: pensar, actuar y relacionarse con originalidad)




PROMOCIÓN GRUPAL


Desean concebir al grupo de amigos(as) como un conjunto bien definido de personas que se consideran una unidad, con objetivos comunes y para cuyo logro se requiere colaboración mutua, comunicación y trabajo conjunto. Muchas veces hay competencias para determinar quién tiene el poder y será el líder o un subordinado. 




Lo importante aquí es que los adolescentes logren conocer, identificar, aplicar y reproducir el modelo de Jesucristo en sus vidas: hacer lo que él haría, ver la voluntad de Dios, nuestro Señor, sentir como Cristo sentiría, pensar y actuar según sus mandamientos. Esto mismo debe hacerlo usted, como padre o madre, en todo momento.




Recomendaciones generales


Los padres, madres, guardianes y hermanos(as) son fundamentales para darle al niño(a) o adolescente bases morales, espirituales, materiales, educativas, recreativas y sociales que le permitan ser una mejor persona y sentirse útil y amado(a).


Para eso, la familia debe procurar:




  1. Crear un vínculo entre madre-padre-hijo o hija sobre la base del amor y el respeto mutuos, de manera que, pase lo que pase, siempre habrá acogida y manifestaciones de cariño junto con el acatamiento de límites y reglas.


  2. Enseñar la necesidad de vínculos afectivos y bases sanas para establecerlos (amor y compasión). Así podrán evitarse futuras relaciones malsanas de abuso, por ejemplo.


  3. Fortalecer los vínculos de seguridad: seguridad en sí mismo(a) y en los/las demás. Para ello es preciso exponer al niño a situaciones extrañas o diferentes pero siempre bajo la guía y protección de la persona adulta, sin caer en la sobreprotección. Asimismo, es importante delegar funciones y responsabilidades en el hijo o la hija, y no olvidar crear y practicar planes de emergencia ante cualquier desastre natural (inundaciones, terremotos, tornados, etc.) o físico (incendios, quemaduras, ingestión de medicamentos o sustancias tóxicas, entre otros).


  4. Fomentar experiencias de interacción con otras personas, en las que se aprendan habilidades sociales y de comunicación, y conducirse ante los/las demás teniendo en cuenta el bien común.


  5. Dar participación a todos los miembros de la familia, donde tanto el padre como la madre tengan la misma autoridad y generen la misma cantidad de afecto y de actividades para el aprendizaje.


  6. Establecer patrones de conducta persistentes y claros, donde no se pongan en duda o se manipulen las reglas y límites que se han establecido dentro del hogar, a fin de lograr una obediencia «razonada», donde el niño(a) o joven sepa por qué debe acatarlas y sus consecuencias tanto positivas como negativas.


  7. Canalizar los impulsos generados por sentimientos de temor, ira y alegría o éxito, dar cabida al diálogo, a manifestaciones físicas, como caricias, y también llevar a cabo actividades que procuren bienestar mental, como paseos y juegos.


  8. Tanto usted como su hijo o hija deberían actuar de acuerdo con el siguiente perfil de valores:



    • Sensibilidad ante los problemas individuales, sociales y del medio ambiente en que viven.


    • Autoestima, que significa conocerse, aceptarse y progresar hacia la autorrealización.


    • Tolerancia, específicamente en la crítica constructiva de trabajos artísticos y el estudio de temas como las diferencias de género.


    • Independencia y libertad, al intentar ser un individuo autónomo y reflexivo ante sí mismo y los demás, capaz de decidir y trabajar por su propia cuenta 


    • Curiosidad, como capacidad de comprensión y aplicación, análisis (causa-efecto), síntesis y evaluación; favorecer la curiosidad es indispensable para la creatividad y la formación de talentos.


    • Comprensión de la brecha generacional. Los valores, los ideales y las circunstancias de la vida de un adulto no son los mismos que los de sus hijos(as) ahora. Por ello, hay que hacer una lista sobre lo que es bueno y malo para usted como persona adulta y que ellos expresen lo que es bueno y malo para ellos, y empezar a negociar sobre esto, estableciendo límites entre ambos bandos. 


    • Manejo de la emoción y el sentimiento como respuesta psicológica ante una situación o un acontecimiento inesperado, con una significación particular. Por ejemplo, en el manejo del enojo, en lugar de gritar o patear, usar esa energía para hacer cosas productivas como acomodar el dormitorio.


    • La autoconciencia y el autoconcepto. La primera es la capacidad de reconocer las acciones, intenciones, estados de ánimo y habilidades propias, y el segundo es el poder reconocer y aceptar su propia imagen. Si el adolescente no supera su fase de egocentrismo (creer que es el centro), donde todo gira en torno a él o ella, o si no logra un manejo adecuado de su cuerpo y amarse a sí mismo(a) (autoestima), sus relaciones con los demás se verán afectadas, incluyendo en un futuro las de pareja.

En términos generales, es de vital importancia que conozca en profundidad a su hijo o hija. Como guía, puede basarse en las características mencionadas a continuación:


La adaptabilidad. Aceptar cambios o transiciones de estilos de vida o de experiencias y actividades.


La calidad del temperamento. Si es una persona jovial y divertida, o poco amistosa y callada.


Ritmo en la actividad. Cómo y cuánto la persona se mueve, si es muy inquieta o poco activa.


Capacidad de variación. Si cambia repentinamente de estado de ánimo o de conducta, según las circunstancias.


Capacidad de atención. Si logra mantenerse atento(a) a un estímulo por corto o largo rato.


Intensidad. Cómo son las manifestaciones de sus emociones, si llora mucho, ríe fuerte, es decir, la fuerza de su temperamento.


Ritmo o regularidad. Si es ordenado(a) y constante en sus hábitos, como comer, dormir, estudiar, etc.


Acercamiento y distancia. Cómo se comporta con los/las demás, si comparte afablemente con ellos y ellas o los/las rechaza.

Apuntes Mujer Líder es un ministerio de Desarrollo Cristiano Internacional. Copyright 2008 todos los derechos reservados.

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