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Consejeria

Como aconsejar en el dolor

16 octubre, 2008858 visitas

Es imposible describir el vacío que sentí cuando me llamaron por teléfono. No quería oír la noticia, y tampoco quería decírsela a Estefanía. Pero hay algunas cosas que no se pueden eludir ni demorar; y en esas ocasiones es terriblemente importante notar que, aunque yo soy inadecuado, Dios es completamente adecuado e idóneo.


PRINCIPIO I


Aunque muchas veces el amor y el consuelo de Dios vienen por medio de personas, el consuelo es obra de Dios.


Aunque hay “un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5), nosotros, los ministros, estamos llamados a completar lo que falta en los sufrimientos de Cristo por su cuerpo, es decir, la iglesia (Col. 1:24). Dios es el Dios de todo consuelo. Él es la fuente; nosotros, los canales.


Unos años atrás, una joven mujer que no era miembro de nuestra congregación solicitó una cita conmigo. Su esposo había sido recientemente asesinado. Su pastor, de aproximadamente la misma edad, era casado y padre de varios niños. En el proceso de tratar de consolarla se comprometió tanto emocionalmente, que traspasó los límites ministeriales. La visitaba frecuentemente (pero sin la compañía de su esposa) e intentaba darle un apoyo que no tenía derecho a ofrecer. Ella presintió que algo andaba mal en toda esa situación.


Desafortunadamente, el pastor no se preguntó: “¿Cuándo debe terminar el consuelo que ofrece una persona para dejar que Dios se haga cargo?” Un médico competente sabe cómo limpiar una herida, aplicar el antiséptico, suturar donde es necesario, vendar, y esperar el proceso natural de curación. Un doctor no es el que sana. Él ayuda en el proceso de curación que Dios controla, y contribuye con la naturaleza. Un buen médico conoce sus limitaciones y tiene la paciencia de esperar que el proceso natural cure. Lo mismo ocurre con las heridas del dolor. Dios es el que cura y los cristianos (tanto pastores como laicos) pueden mediar en su consolación; pero también deben saber cuándo retirarse para permitir que Dios efectúe su propia curación.


PRINCIPIO II


En el ministerio, debemos estar convencidos de nuestra esperanza, que es en Jesucristo.


¿Jesucristo resucitó de entre los muertos? ¿Estaba diciendo la verdad cuando dijo “voy a preparar un lugar para vosotros” (Jn. 14:2)? ¿Su resurrección realmente nos da la seguridad de la vida eterna, como cuando les dijo a Marta y a María “yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque estuviere muerto vivirá; y el que vive y cree en mí nunca morirá” (Jn. 11:25)? ¿Hay una existencia real más allá de esta vida, una existencia conocida como el cielo? ¿Realmente Dios perdona pecados y acepta pecadores? ¿Tenemos una esperanza en Jesucristo más allá de esta vida?


La inequívoca respuesta del Nuevo Testamento a todas estas preguntas es un rotundo sí. El ministro cristiano puede transmitir esta esperanza con bases firmes. El evangelio de Jesucristo es el vendaje que envuelve las heridas del dolor, y la presencia del Espíritu Santo es el bálsamo que cura y reconforta los nervios destrozados.


PRINCIPIO III


Aceptar la validez del proceso de dolor.


¿Está mal el dolor de un cristiano? ¿Son las lágrimas una contradicción de la fe? ¿Debe la fe erradicar las lágrimas?


Los salmistas frecuentemente lloraban durante su dolor. En el Nuevo Testamento, después de que Esteban fue apedreado, se nos dice que “hombres devotos acarrearon a Esteban a su entierro e hicieron lamentaciones sobre él” (Hch. 8:2). Aun poco tiempo después de la resurrección de Jesús, los primeros cristianos lloraron profundamente la pérdida de Esteban. En 1 Ts. 4:13-18 tenemos la enseñanza equilibrada de la iglesia primitiva, que dice “duélanse, pero no como los que no tienen esperanza”.


Ya sea que el dolor venga por muerte, abandono del hogar, falta de afecto, o divorcio, las lágrimas son naturales. Trágicamente, algunos cristianos devotos creen que el dolor es inapropiado para quienes creen en la resurrección.


El intento de negar la realidad del dolor es terriblemente destructivo. Cualquiera que desee ministrar a aquellos que se duelen, debe seguir el mandato bíblico: “llorad con aquellos que lloran” (Ro. 12:15), y soportar pacientemente el llanto de quienes desean enfrentar el nuevo vacío en sus vidas.


PRINCIPIO IV


Estar seguro de que haya alguien cuando se necesite.


La pregunta de quienes visitan a aquellos que sufren es: “¿Qué decir?” Pero las palabras no son tan importantes como el hecho de estar allí. Un simple abrazo y las palabras “lo siento” o “te quiero mucho” quizás sean lo único que se necesite decir. Es importante para el que sufre, sentir que está rodeado de gente a quien le importa lo que le está sucediendo, gente dispuesta a tenderle una mano.


PRINCIPIO V


Dar la oportunidad, al que sufre, de hablar sobre el ser querido que ha perdido.


Caleidoscopios de memorias y emociones aparecen de repente en la mente del dolido, y para el proceso del dolor es esencial hablar de todo esto. El oído compasivo es, frecuentemente, la mejor herramienta para la terapia del dolor.


PRINCIPIO VI


El contacto físico como medio de comunicación.


Estefanía me contó, meses después de la tragedia, que ella no escuchaba mucho lo que yo decía, pero cuando mi esposa y yo nos sentábamos sobre su cama y tomábamos sus manos y orábamos, ella recibía fuerzas. En aquellos primeros días, cuando Estefanía se tiraba sobre su cama llorando, mi esposa solía sentarse al lado acariciando sus hombros, su espalda, no sólo para aliviarle la tensión física sino también para comunicar su cuidado, preocupación, y apoyo emocional.


PRINCIPIO VII


Recordar fechas especiales en la vida del que sufre.


Durante los meses posteriores a la muerte de su familia, cada cumpleaños, feriado o aniversario se volvía un tiempo abismal de crisis en la vida de Estefanía. Una llamada telefónica, una tarjeta u otra clase de respuesta de amigos que querían comunicarle que ella era recordada y apoyada en aquellos días, era reconfortante para ella. Cada una de estas fechas era un punzante recordatorio de su pérdida y volvía a abrir sus heridas.


Es importante que los que sufren reciban apoyo cuando tales eventos despiertan su dolor.


PRINCIPIO VIII


Estar listos para dar a los que sufren una lista escrita a mano de salmos u otras porciones bíblicas y libros amenos para la lectura diaria y meditación.


La Biblia es un gran libro, y encontrar pasajes apropiados para consolar a las personas es difícil para algunos. Digo que la lista debería ser escrita a mano por la misma razón que los médicos escriben a mano sus recetas. Cuando una persona está realmente enferma no se le da un remedio en serie, sino una prescripción médica personal para su curación. Algunos necesitan el lenguaje del salmista para desahogar sus propios sentimientos en oración. Otros necesitan la teología de la resurrección para realzar sus esperanzas. Evalúe cuidadosamente cómo pueden combinarse estas cosas.


PRINCIPIO IX


Una persona que sufre es vulnerable. Sea discreto y acéptela.


En la agonía del dolor, el que sufre puede decir cosas, compartir sentimientos o secretos que el que ministra debe absorber y exponer ante el Señor. En el sufrimiento, así como en cualquier asunto de incumbencia pastoral, lo confidencial debe mantenerse confidencial.


PRINCIPIO X


Formar parte de un grupo ministerial.


En mi caso le estoy extremadamente agradecido al Señor por una esposa que comparte mi ministerio. La percepción y sensibilidad de mi esposa han sido elementos para el éxito en el ministerio. Ella es capaz de hacer por las viudas lo que no es apropiado que yo haga. Porque el Señor la ha equipado con dones complementarios a los míos, yo me gozo cuando podemos compartir el ministerio a los que sufren.


Otros que no pueden compartir con sus cónyuges de esta forma, pueden acercarse a mujeres y a hombres compasivos y sabios de la iglesia para complementar lo que puede hacer una persona.


Juan nos dice que en el cielo “Dios secará todas las lágrimas de tus ojos” (Ap. 21:4). Hasta que Dios haga esto, es nuestro privilegio ser vías de consuelo y esperanza para aquellos que sufren. No es fácil, pero es obra de Dios. Él nos da la magnífica oportunidad de levantar nuestros ojos y los ojos de otros hacia Aquél que es la vida, y que promete reencuentro y la más completa medida de gozo.


Aquellos a quienes usted ministre no siempre van a comprender lo que les dice, pero se darán cuenta de si usted los ama. El secreto de muchos obreros cristianos exitosos no es su habilidad, conocimiento ni el hecho de tener dotes superiores a otros, sino que aquellos a quienes ministran saben que son queridos por ellos, no de una manera abstracta ni por un sentido del deber, sino que aman de todo corazón lo mejor que Dios quiere para ellos.


Clay Bell es hermano de la esposa de Billy Graham. Durante años ha sido el pastor de una iglesia creciente en la ciudad de Dallas, Texas. Apuntes Pastorales, todos los derechos reservados.

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