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Biblia

Recuperar el temor de Dios

8 octubre, 20123701 visitas

 

Gritaba a gran voz: «Teman a Dios y denle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio. Adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los manantiales».

Apocalipsis 14.7

 

Este extraño «evangelio eterno» gira en torno a dos ejes: temer a Dios y adorar al Creador. Son temas muy poco populares hoy en nuestras iglesias. Pero es importante recordar que, aún más que una amonestación a los mundanos, este «llamado evangelístico» es, como todo el Apocalipsis, un mensaje pastoral a las siete congregaciones de Asia Menor. Sobre todo, es una seria advertencia a los supuestos creyentes, como los nicolaítas, que contemporizaban con el culto imperial, o se sentían tentados a conformarse al sisema.1 En ese contexto, las ausencias y los silencios de este «evangelio eterno» son esenciales a su mensaje.  En efecto, en los términos de nuestra jerga evangélica de hoy, el ángel está advirtiendo a las iglesias: «No basta haber aceptado a Cristo como su único y suficiente Salvador. Eso no es lo que Dios va a juzgar. Es necesario temer a Dios y rendirle culto solo a él». En cambio, para Juan, los nicolaítas estaban jugando con Dios en vez de temerle con reverencia.

 

La relación de este texto con la séptima trompeta (11.15–19) ayuda también a aclarar su sentido. Ambos pasajes anuncian la hora del juicio, y ambos pasajes lo relacionan con la creación (11.18). Pero el mensaje de la trompeta final hace explícito lo que en 14.7 está implícito, que las buenas nuevas y el reino de Dios son inseparables, como lo fueron en el mensaje de Jesús. Todo «evangelio» que no signifique temer a Dios y someternos a su reino en discipulado radical, es un evangelio falso, de gracia barata, una mercancía más en el mercado de las ofertas religiosas.

 

Este doble imperativo, de temer a Dios y adolarle, corresponde a los tres primeros mandamientos del decálogo (Éx 20.3–6), lo que el deuteronomista reformula en términos exigentes, que hoy también nos retan:

 

Y ahora, Israel, ¿qué te pide el Señor tu Dios? Simplemente que le temas y andes en todos sus caminos, que lo ames y sirvas con todo tu corazón y con toda tu alma, y que cumplas los mandamientos y los preceptos que hoy te manda cumplir, para que te vaya bien. Al Señor tu Dios le pertenecen los cielos y lo más alto de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella (Dt 10.12–15).2

 

Es especialmente impresionante el impacto de temor reverencial que produjo el día de Pentecostés: «El temor se apoderó de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales» (Hch 2.43 bj, cf. 9.31; 19.17). No sorprende que pasara lo mismo después del castigo mortal de Ananías y Safira (5.5, 11), tanto que «nadie entre el pueblo se atrevía a juntarse con ellos, aunque los elogiaban» (5.13). ¿Dónde están hoy las iglesias, tan llenas de una profunda reverencia y del santo poder de Dios, que dan miedo?3 El temor de Dios es una de las marcas más importantes de la auténtica pentecostalidad.

 

El valioso comentarista Hough titula su exposición de este texto como «la sentimentalidad trascendida». Al hablar del asombro reverente al acercarnos al gran Dios, Hough observa: «hay un temor noble que es parte de la adoración. El Redentor es también el Creador y el Juez… Los más grandes proclamadores del mensaje cristiano siempre han comunicado un sentido de estar dando eco a lo asombroso de la eternidad», F, D, Naurice, el destacado teólogo anglicano del sigle xix, señaló la peor consecuencia de la pérdida del temor de Dios: «Cuando se pierde el temor a Dios, entonces, aquel a quien estás adorando se contrae a las propias dimensiones tuyas». Realizar las formalidades del culto, sin el verdadero temor de Dios, es en el fondo un acto de idolatría.


1 Sobre los nicolaítas, vea Stam 1999ª:88-89, 94, 108-111.

2 Igual que en Ap 11.18 y 14.7, este texto también se basa en la creación.  El tema del temor a Dios es central en ambos testamento: Dt 31.12–13; 1S 12.14, 24; Sal 2.11; 19.9; 111.10; Pr 1.7; 9.10; Is 11.3; Hch 2.24; 10.45; Ro 3.18; 2Co 5.11 7.1; Ef5.21; Fil 2.12; Heb 12.28; 1P 1.17.

3 Un síntoma de esta grave deficiencia en muchas iglesias de hoy es el poco espacio en el culto, o a menudo ninguno, que dejan para la confesión y el arrepentimiento. La mayoría de los cultos cuentan con mucho vulumen acústico pero nada de silencio.

Se tomó del Comentario Bíblico Iberoamericano, Apocalipsis Tomo III, por Juan Stam, Ediciones KAIRÓS, 2009, pp. 325 a 327. Se usa con permiso del autor..

El autor, costarricense por adopción, se doctoró en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Ha ejercido la docencia en varias instituciones teológicas y universidades de América Central y de otros lugares del mundo. Actualmente ejerce la docencia en la Universidad Evangélica de las Américas (UNELA), San José, Costa Rica. Es miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL) y ha escrito varios libros y numerosos artículos.

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