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Reflexión

El Dios despojado… es Dios con nosotros

16 diciembre, 2008696 visitas

Una reflexión a la luz de la «Parábola de los hijos perdidos»
(Lucas 15.11–32)


Tú puedes hacer teología de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. En caso que elijas hacer teología de arriba hacia abajo, te acompañarán todos los filósofos, especialmente los griegos, que adhirieron a la idea de la perfección de Dios, y dieron todo énfasis a los atributos incomunicables de Dios: omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia(1). Todos los que miran a Dios a través de ese paradigma se imaginan a Dios en un trono alto y sublime (Isaías 6.ad1), habitando en luz inaccesible (1 Timoteo 6.16), invocado mediante la oración de fe, viene al mundo a realizar obras buenas (milagros) para sus hijos. No se encuentra nada equivocado en esa descripción de Dios.


Pero también puedes hacer teología de abajo hacia arriba. En ese caso, deberás dejar de lado aquello que Dios es en términos de su perfecta naturaleza eterna, y enfocar la atención en la manera como Dios escogió revelarse y relacionarse con las personas en la historia. Tus ojos deben dejar de lado la visión ideal y abstracta de la filosofía, para volverse hacia Jesucristo, sus acciones y palabras, las cuales revelan al Padre (Juan 10.30; 14.9).


La Biblia enseña que Jesús es Dios despojado, Dios en forma humana, en forma de siervo (Filipenses 2.5–8). Jesús es Dios con nosotros, significa que Dios se revela y se relaciona con nosotros en Jesús (Juan 1.14–18; Hebreos 1.1–3). En Jesús, Dios está despojado, pues su omnipotencia fue limitada por la fe de los que se acercaban a él (Mateo 13.53–58), su omnisciencia fue limitada por el Padre (Mateo 24.36), su omnipresencia fue limitada por la propia encarnación.


La expresión Dios despojado no habla acerca de la naturaleza de Dios. Dios es el mismo, tanto en el trono alto y sublime como encarnado en la persona de Jesús. Pero la manera como Dios se relaciona en el cielo es diferente a la manera como se relaciona en la tierra. En el cielo hace todo lo que le agrada y reina soberano. En la tierra él obra en y con las personas que responden a su invitación a la comunión con su Hijo: «venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»(2). Esto queda aún más claro cuando comprendemos los criterios según los cuales Dios escogió relacionarse con sus hijos, conforme Jesús enseña en la «Parábola de los hijos perdidos» (Lucas 15.11–32).


En primer lugar, el Dios despojado se relaciona según el criterio de la libertad. El hijo menor pide su parte de la herencia y se va de la casa de su padre. En aquella época y cultura, el pedido equivaldría a decir más o menos lo siguiente: —«Padre, todo lo que quiero es que te mueras. Todo lo que me interesa es tu chequera»—. Lo impresionante es que el padre no ofrece oposición a ese deseo del hijo. El criterio es la libertad: —«Tú quieres irte, hijo mío, lo lamento, pero no voy a atarte a mi lado, no voy a obligarte a vivir conmigo en contra de tu voluntad. Sigue tu camino»—.


El Dios despojado no retiene relaciones por la fuerza, mediante la manifestación de su poder y la imposición de su autoridad soberana. El Dios despojado da un paso atrás, para que tú puedas ejercer la libertad de existir con él o contra él.


En segundo lugar, el Dios despojado se relaciona según el criterio de la confrontación. El hijo mayor se rehúsa a participar de la fiesta que el padre promueve para alegrarse por el regreso del hijo menor, que estaba muerto y revivió, estaba perdido y fue encontrado. El padre va al encuentro del hijo mayor y lo interpela, lo confronta y lo coloca ante la necesidad de tomar una decisión. Pero no decide por él, ni lo obliga a someterse a su voluntad.


El padre no exige obediencia aduciendo: —«Mientras estés en mi casa harás las cosas a mi manera»—. El padre confronta a este hijo y espera despertar su consciencia, para que, por el ejemplo del hijo menor, él también «caiga en si» y experimente una transformación desde adentro hacia fuera; de modo que su sumisión a la voluntad del padre sea un acto voluntario y consciente de que es la mejor opción.


Dios no es un remediador de problemas. Es un remediador de personas. Dios no prometió mejorar nuestra vida. Prometió convertirnos en hombres y mujeres mejores; semejantes a su Hijo.(3)


Quien espera una vida mejor como resultado de la intervención del Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente, termina frustrado y entregándose a la culpa y la incredulidad. Quien espera ser una persona mejor y andar en comunión con Dios, en una relación de amor y libertad, respondiendo a sus confrontaciones y disfrutando de su presencia y dulce compañía es capaz de enfrentar la vida, de cualquier clase que esta sea.


Notas al pie
(1) Por ejemplo: Job 42.2; Salmo 139; Isaías 43.13; Lucas 18.27
(2) Salmo 115.3; Mateo 6.10; 1 Corintios 1.9
(3) Romanos 8.28–30; 2 Corintios 3:18; Gálatas 4.19; Efesios 4.11–13


Traducido por Gabriel Ñanco.  El artículo se tomó de Otra Espiritualidad (kivitzenespanol.blogspot.com). Se usa con permiso del autor y del traductor. Todos los derechos reservados.


El autor es pastor de la Iglesia Bautista de Água Branca, en San Pablo, Brasil. Es fundador y director de Galilea, una empresa de consultoría y capacitación, donde divulga la tradición de la espiritualidad judeocristiana con el objetivo de contribuir al desarrollo del ser humano, la promoción de la paz y la justicia social. Teólogo, escritor y conferenciante, maestro en Ciencias de la Religión por la Universidad Metodista de San Pablo. DesarrolloCristiano.com, todos los derechos reservados.

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