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Vida Cristiana

Cometer errores o consolar…

20 febrero, 20091734 visitas

¿Qué hacer cuando alguien que tú conoces está sufriendo?


El otro día escuché a una mujer cristiana describir cómo una amiga había «cometido varios errores» mientras trataba de consolarla durante un tiempo difícil. Se quejaba de que su amiga le había ofrecido consejo, soluciones, y aun había tenido la audacia de citar las Escrituras.


Cuando me diagnosticaron cáncer por primera vez hace varios años, mis amigos, familia, y aun desconocidos me brindaron amor. ¿Qué habría pasado si todos me hubieran evitado por temor a «cometer un error»?


Hoy en día no sólo se nos desalienta de consolar a otros por temor a «cometer errores», sino también se nos descalifica del ministerio a menos que hayamos compartido la misma experiencia de divorcio, muerte, cáncer, abuso o alcoholismo. ¿Me equivoco al intentar consolar a mi amiga porque no he experimentado el abandono de mi esposo? ¿Es el consejo bueno sólo cuando viene de alguien que ha sufrido la misma experiencia? ¿Es esto lo mejor que podemos ofrecer: la compasión de quienes andan por el mismo camino? Pienso que no.


No hace mucho había terminado de lavar los platos del desayuno cuando sonó el teléfono. Era una amiga de la iglesia que me decía con voz temblorosa: «¿Puedo ir a verte?»


Unos minutos más tarde —mientras tomábamos café en mi cocina— me contó que su esposo la había dejado. El hecho de no haber experimentado esa clase de dolor, no me impidió decirle que me importaba mucho su situación y que, además, el mismo Dios que me toca y me conforta cuando estoy al final de mis fuerzas haría lo mismo por ella.


Cuando un amigo necesita consuelo, no se retraiga pensando que no tiene ni la experiencia ni las palabras. Consolar y alentar a nuestros hermanos y hermanas en el Señor no es una tarea reservada solamente para los «expertos». Es el deber y el privilegio de toda la iglesia.


Cuanto más vivo, más gracias doy por aquellos que hicieron esfuerzos e intentaron consolarme cuando estaba enferma de cáncer. Nunca olvidaré a esos amigos, siempre serán especiales para mí porque me brindaron amor y consuelo. No tenían miedo de «cometer un error». Algunos tenían cosas profundas que decir y otros respondieron con acciones atentas.


Después de mi cirugía, una amiga vino a verme al hospital. Yo misma me pregunté luego si hubiera visitado a una amiga que acababa de pasar el día más triste de su vida. Sin embargo, estoy muy agradecida de que ella no tuvo miedo de hacerme sentir que se preocupaba por mí. Era una nueva creyente con poco trasfondo cristiano. Pero mientras estaba sentada al lado de mi cama, Dios la usó cuando dijo: «Creo que vas a tener que dejar que tus amigos carguen tu dolor contigo». Recibí gran consuelo en su deseo de ayudarme a sobrellevar la carga. Y a su manera, ella lo hizo.


¿Había ella tenido cáncer? No. Tampoco tenía un doctorado en consejería, ni enfrentaba la posibilidad de dejar a su esposo e hijos, como yo. Pero me consoló con una sola frase de esperanza.


Durante mi batalla contra el cáncer cientos de personas se comunicaron conmigo. Muchos citaron Jeremías 29:11: «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis».  Me sentía confortada cada vez que leía este versículo. Nunca pensé: «¡Seguramente podrían haber encontrado un versículo más original!». Al contrario, el hecho de que me fue dado tantas veces durante mi enfermedad me dio un sentido de que éste era en verdad un mensaje de Dios para mí.


Sin embargo, siempre habrá gente fría que cita las Escrituras con ligereza, sin meditar en lo que está diciendo, y cree que tiene una respuesta para cada ocasión. No obstante, tampoco debemos olvidar que en momentos de dificultad y estrés, nada, absolutamente nada, reemplaza a las Escrituras.


Cuando me siento débil y desanimada busco a alguien con la luz de la esperanza en sus ojos. Alguien que me consuele y me dé animo.


Las Escrituras nos dan esperanza, no sólo para el presente, sino también para la eternidad. Es la fuente donde encontramos las respuestas, la verdad en un mundo que a veces no tiene sentido.


Mientras me sentaba a escribir estos pensamientos, mi esposo llamó a un amigo en México, cuya madre había fallecido. Luis tenía su Biblia abierta en el Salmo 46 y, con el permiso de su amigo, se lo leyó. No he conocido a nadie que rehúse escuchar las Escrituras en un momento de dolor.


Muchas veces quienes experimentan pérdidas y dificultades están solos, porque quienes podrían consolarlos no saben qué decir. Cuando Luis y yo escuchamos que el hijo de unos amigos había muerto, nuestra primera reacción fue evitar a los dolientes. Pero como cristianos nuestro deber era mostrarles amor. Así que marcamos su número, respiramos hondo y les recordamos que estábamos pensando en ellos, y orando por consuelo.


Más tarde esa noche les escribí una nota para que supieran que nos preocupábamos por ellos. No les ofrecí consejo, porque las personas que sufren no lo necesitan; simplemente necesitan nuestro amor, apoyo y oraciones. Luego escribí versículos bíblicos en tarjetas con respecto a la promesa de la presencia de Dios en tiempos difíciles. Puse el versículo completo, no sólo las referencias. Las personas que están luchando con una pérdida están mental y físicamente exhaustas y puede que no busquen las referencias en sus Biblias. Me gusta usar versículos como: «echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros» (1 Pe. 5:7) y «enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20). Esa experiencia me ha hecho escribir notas con versículos conteniendo esperanza para amigos que están enfrentando circunstancias dolorosas.


En tiempos de sufrimiento buscamos a aquellos que con una mirada de confianza nos comunican que sí, Dios existe, y que Él nos ama. El sufrimiento desarrolla un sentido especial y nos lleva hacia las personas que tienen una íntima relación con Dios.


Necesito a esos seres humanos a mi alrededor. No me importa si han estudiado cómo comportarse con los enfermos, ni si saben mucho sobre consejería. Lo que me importa es si conocen a Dios personalmente y si están preparados para dejar que su confianza me contagie —aun si no saben exactamente cómo me siento.


Ciertamente, usted no «comete errores» si está citando la Palabra de Dios. Las Escrituras son lo que Dios dice, viva y poderosamente. Cuando sienta que el Espíritu Santo le incita a consolar a otro, ¡hágalo! Ofrezca su consuelo en forma amorosa y con sensibilidad, no con altivez. Hable en amor, como un compañero en el discipulado de Jesucristo. Comparta a Cristo y su Palabra con quienes sufren.


Patricia de Palau es la esposa del conocido predicador internacional Luis Palau. Ha escrito varios libros, y recibido gran reconocimiento por sus conferencias para mujeres. ©Copyright 2009, Apuntes Pastorales XVI-1, todos los derechos reservados.

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