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Liderazgo

Cambio de Perspectiva

28 julio, 20091053 visitas

Durante los siglos anteriores se entendió a la misión en una variedad de maneras. Se la interpretó como el salvar a los individuos de la condenación eterna. Otros la entendían en términos culturales, tales como introducir a las personas del oriente o del sur a las bendiciones y privilegios del occidente cristiano. Muchas veces fue percibida en categorías eclesiásticas, como la expansión de la Iglesia o de una denominación específica. A veces se la definió con referencia a la historia de la salvación, como el proceso por el cual el mundo, de manera evolutiva o por un cataclismo, se transformaría en el reino de Dios.
Karl Barth fue uno de los primeros teólogos en articular la misión en términos de una actividad de Dios mismo. Entendió la misión como algo derivado de la misma naturaleza de Dios. Esto la colocó en el contexto de la doctrina de la Trinidad, no de la eclesiología o la soteriología. La doctrina clásica sobre la missio Dei (misión de Dios) como Dios Padre enviando al Hijo, y Dios Padre y el Hijo enviando al Espíritu Santo se amplió para incluir un «movimiento» más: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo enviando a la Iglesia al mundo.
«La Iglesia se encuentra al servicio del movimiento de Dios hacia el mundo»
La misión es de Dios y el énfasis en la cruz impide cualquier posibilidad de comodidad misionera. La misión es un atributo de Dios. Dios es un Dios misionero. Se concibe la misión, entonces, como un movimiento de Dios hacia el mundo; se concibe a la Iglesia como un instrumento para esa misión. Existe la Iglesia porque existe la misión, y no al revés. La Iglesia es misionera por su misma naturaleza porque «su origen está en la misión del Hijo y del Espíritu Santo». Participar de la misión es participar en el movimiento del amor de Dios hacia las personas, porque Dios es fuente de un amor que envía.
«La Iglesia se encuentra al servicio del movimiento de Dios hacia el mundo». En su misión, la Iglesia testifica la plenitud de la promesa del reino de Dios y participa en la continua lucha de este reino contra los poderes de la oscuridad y el mal.
El concepto «missio Dei» nos ayuda para articular la convicción de que ni la Iglesia ni ningún otro agente humano pueden considerarse como el autor o portador de la misión. La misión es primera y finalmente la obra del Dios trino, Creador, Redentor y Santificador, por causa del mundo; un ministerio en el cual la Iglesia tiene el privilegio de participar. La misión nace en el corazón de Dios. Dios es fuente de un amor que envía. Este es el sentido más profundo de la misión. Es imposible penetrar más allá; existe la misión sencillamente porque Dios ama a las personas.
«Por lo tanto nos acercarnos a definir la misión de Dios (missio Dei) cuando el pueblo de Dios cruza intencionalmente barreras de iglesia a no iglesia, de fe a no fe, para proclamar por palabra y acción el advenimiento del reino de Dios en Jesucristo, a través de la participación de la Iglesia en la misión de Dios de reconciliar a las personas con Dios, consigo mismas, unas con otras, y con el mundo, y reunirlas en la Iglesia a través del arrepentimiento y la fe en Jesucristo por la obra del Espíritu Santo con miras a la transformación del mundo como una señal de la venida del reino en Jesucristo» (Chuck Van Engen).
La obra misionera en relación a la misión de Dios
El Antiguo Testamento fue la Escritura de los primeros apóstoles. Es el trasfondo de la mayoría de los conceptos y doctrinas de los escritores del Nuevo Testamento que definía la vida de la iglesia del primer siglo, es decir la misión. El mensaje del Antiguo Testamento es misionero en sí. El hilo que corre a lo largo del Antiguo Testamento es el deseo de Dios de salvar todas las naciones. La misión es el elemento que une y da sentido a los treinta y nueve libros. El mensaje del Antiguo Testamento está referido a la misión transcultural, integral y profética.
El Pentateuco revela el propósito original de Dios para la humanidad, es decir, el ideal: Génesis 1 y 2, es universal e integral. Luego relata la caída, la entrada del pecado y sus efectos (Gé 3–11) de alcance universal e integral. Finalmente registra la propuesta de Dios en la misión de Israel (la solución), que es universal, integral y profética.
El horizonte de la misión es transcultural, tiene que ver con la salvación a todas las naciones.
Génesis 12.1–3 expone el principio de la respuesta que Dios va a dar al contexto de pecado. Va a establecer un pacto, construir una relación, con un hombre y su familia de entre todas las naciones. Primero lo separa del resto de la comunidad humana: «deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre» (v. 1), le promete una tierra (v. 1), construir una relación de bendición, de protección, de confianza y de obediencia (v. 2), y formar una nueva comunidad (una nación grande, v. 2). Básicamente Dios le promete a Abram todo lo que el ser humano había perdido en la caída. En este sentido, Israel se convierte en un paradigma, un microcosmos del mundo. Lo que no se había logrado con toda la humanidad, Dios lo estaba creando con un hombre y su familia. Dios enfatiza el horizonte universal, anuncia que por medio de Abram todas las familias de la tierra serán bendecidas. Orlando Costas describe la elección de Israel como «un llamamiento al servicio de las naciones». En el particularismo de la elección radica el propósito universal en la bendición.
Israel y los profetas
El problema de Israel es que no cumplió con su misión de ser ejemplo para las naciones. Pensaba que su elección era un privilegio exclusivo, que Dios era su Dios y no el Dios de todo el mundo, que podían vivir en la manera que se les antojara y todavía así recibiría la aprobación de Dios, que la religión externa era suficiente para agradar al Señor. Esta mentalidad provoca la entrada del elemento profético en la historia de Israel.
Es muy importante entender que el ministerio profético en el Antiguo Testamento descansa en el pacto y especialmente en la renovación de este registrada en Deuteronomio. La voz profética es «volvamos al desierto», volvamos a depender de nuestro Dios, a reconocerlo. Somos reino de sacerdotes y nación santa a las naciones. Deuteronomio contiene las bendiciones y las maldiciones del pacto (caps. 27–28). «Si realmente escuchas al Señor tu Dios, y cumples fielmente todos estos mandamientos que hoy te ordeno, el SEÑOR te pondrá por encima de todas las naciones» (28.1 – NVI). Con la obediencia vienen las bendiciones. Estar «por encima de todas las naciones» es un concepto misionero (Ex 19.5). Es ser un especial tesoro para bendecir a las naciones. «Pero debes saber que si no obedeces al SEÑOR tu Dios ni cumples fielmente todos los mandamientos y preceptos que hoy te ordeno, vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas maldiciones» (28.15 – NVI).
La Biblia entera muestra el plan de Dios de reconciliar el hombre consigo y comunicar su gloria a todas las naciones.
El deseo del Señor es que todas las naciones lo conozcan. Israel debía ser el modelo (una fuerza centrípeta y centrífuga), pero fracasó. Dios envía a sus profetas para que Israel vuelva al pacto, a la ley, y que anuncien lo que ha de pasar si no obedecen. El horizonte final es bendecir a todas las naciones y que sepan que el Señor es Dios. El horizonte de la misión es sumamente transcultural, es decir, tiene que ver con la salvación y la bendición a todas las naciones.
¿Por qué participar en la misión de Dios?
…porque Dios es un Dios de amor / la misión es de Dios/ el propósito es de Dios.
…porque es lo que somos —somos elegidos para servir, somos el instrumento de Dios para la bendición de las naciones.
…porque nos encontramos a nosotros mismos en tanto participemos como instrumentos del amor de Dios para todas las naciones.
…porque somos especialmente escogidos para participar en la misión de Dios.
Reflexiones
La Biblia entera muestra el plan de Dios de reconciliar el hombre consigo y comunicar su gloria a todas las naciones. La Iglesia es el instrumento de Dios para llevar a cabo su plan. La misión de Dios es un atributo de Dios mismo que se expresa en su accionar por redimir a la humanidad, e invita a su Iglesia a participar.
La misión es transcultural (universal) e integral. La misión integral sin ser universal se convierte en localismo. Ocuparnos de la gente cercana pero no de la gente lejana es etnocentrismo y egoísmo. En el otro lado, la misión universal sin ser integral se convierte en proselitismo. Corremos el riesgo de ocuparnos únicamente del aspecto religioso, personal, interno, y dejar de lado los otros aspectos de la vida de la gente. En el Antiguo Testamento, la misión se extiende a todas las áreas de la vida y a todas las naciones.
«La acción sin reflexión es fanatismo en movimiento pero la reflexión sin entrega es la parálisis de toda acción»
La encarnación del Hijo es el modelo para la misión de la Iglesia. En su encarnación, Jesús se identificó con la humanidad pecadora, se solidarizó con ella en sus aspiraciones, angustias y debilidades, y la dignificó como creación hecha a imagen de Dios. La Iglesia está llamada a encarnar su misión al estilo de Jesús.
Debemos anhelar y desear que la Iglesia de Jesucristo sea plantada en todas las etnias como expresión y anticipo del reino de Dios; pero el reino de Dios es mucho más que la Iglesia, por lo tanto su entendimiento misional debe abarcar todos los aspectos de la vida.
Existe un reino y un rey que quiere ser Señor. «Jesucristo es el Señor» y su deseo es que los ciegos vean, los tristes tengan gozo, los paralíticos caminen, los que carecen de ropa y alimento los tengan, que se practiquen la justicia y el amor como señal del Reino (Lucas 4.18–19 y Mateo 9.35–36).
Espero, finalmente, que no caigamos en lo que muchas veces ha señalado John Stott: «La acción sin reflexión es fanatismo en movimiento pero la reflexión sin entrega es la parálisis de toda acción». Dios llama a todos los creyentes a participar y comprometerse en su misión.

El autor (comibam_conosur@ciudad.com.ar), que ha trabajado durante largos años en la consolidación de la obra misonera de la Iglesia Iberoamericana, es el presidente de COMIBAM Internacional. Vive, junto a su esposa Alicia, en Buenos Aires. Tienen dos hijos varones, y un nieto. ©Apuntes Pastorales XXV-2, todos los derechos reservados.

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