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Mujer

¡Adiós, inseguridad! (Segunda parte)

27 mayo, 20131635 visitas

 Expectativas mal orientadas

Lo expreso con respeto y con gran compasión: pretendemos conseguir nuestra seguridad de un sexo que realmente no tiene mucho que le sobre. Nuestra cultura es tan despiadada con los varones como lo es con las mujeres. Sus inseguridades adoptan formas diferentes, pero no te equivoques. Ellos las tienen. Tú lo sabes, y yo también.

El hombre se siente mucho más atraído por una mujer segura que por la que es una ruina emocional que insiste en que él la completaría.

 

¿Vamos a insistir en obtener nuestra seguridad de personas, hombres o mujeres, que ignoran la enorme importancia que le damos a la manera en que nos valoran? Quizás otros en nuestra vida no sean tan despistados. Quizás se regodeen en el poder que ejercen sobre nosotras. Sea como fuere, ¿vamos a vivir lastimadas y ofendidas? La perspectiva resulta agotadora.

 

Quiero que en lo profundo del alma construyamos una seguridad que provenga de una fuente que nunca se agote ni nos desacredite por necesitarla. Nos falta un lugar al cual podamos ir cuando nos sintamos necesitadas e histéricas, aunque nos resulte odioso estarlo.

 

Avances y retrocesos

Dios no creó seres estáticos cuando sopló vida dentro de Adán. Como criaturas dinámicas, siempre cambiamos, ya sea subiendo o bajando en espiral como por una escalera. Por favor, no me mal interpretes. Dios nos libre de vivir la vida en un círculo vicioso de avance y retroceso. He aprendido algunas lecciones que alcanzarlas me tomó décadas, y espero, por todos los cielos, no tener que volver a aprenderlas. Sin embargo, nunca llegué a un lugar en el que el dolor o la incertidumbre ya no me extendieran la invitación a una dosis considerable de falta de confianza, aun cuando tomo la difícil decisión de no morder el anzuelo.

 

Escucha con atención: el enemigo de nuestra alma gana más cuando retrocedemos que cuando sucumbimos ante un primer ataque. Lo primero es infinitamente más desalentador. Mucho más eficaz para llevarnos a sentirnos desesperadas y tentarnos a renunciar. Los retrocesos, por otra parte, provocan que nos sintamos débiles y estúpidas: A estas alturas, ya debería haber superado esto.

 

Odio seguir abatiéndome con tanta facilidad, y de algún modo trato de convencerme de que si tan solo pudiera desarrollar una psiquis suficientemente saludable, la vida no podría tocarme. Sería completamente inconmovible. Una roca. Sin embargo, algo sigue fastidiándome. Cierta vez, un hombre conforme al corazón de Dios confesó: «Cuando yo tenía prosperidad, decía: “¡Ahora nada puede detenerme!” Tu favor, oh Señor, me hizo tan firme como una montaña; después te apartaste de mí, y quedé destrozado» (Salmo 30.6–7 – ntv).

 

En cuanto me siento completamente segura, como si fuera la mejor amiga de Dios, un terremoto parte por el medio esa montaña fuerte. Me parece que nunca debemos llegar a sentirnos tan seguras de nosotras mismas como para no ser conmovidas. ¿Es posible que una roca consiga moverse hacia adelante?

 

¿Es la meta de una vida de fe llegar a un lugar donde simplemente nos mantenemos fijas hasta nuestra muerte? Tal vez eso sea parte de mi problema. Tal vez me aburro con facilidad. Siempre quiero ir a algún lado con Dios. Olvido que, para lograr ir, realmente tiene que suceder algo que produzca en mí el deseo de abandonar el lugar en el que me encuentro.

 

¡Basta, ya!

Para ser sincera, no sé si tú y yo nos sentimos igual en este momento. Solo tengo el presentimiento. A ver si esto suena como algo que brotaría de tu propia pluma: Ya estoy harta de la inseguridad. Ha sido una pésima compañera. Una amiga malísima. Prometió siempre pensar primero en mí y comprometerse en actuar para mi beneficio. Juró enfocarse en mí y ayudarme a evitar que me hirieran o que me olvidaran. En cambio, la inseguridad invadió cada área de mi vida, me engañó y me traicionó en un sinnúmero de oportunidades. Ya es hora de que me reestablezca emocionalmente lo suficiente como para elegir mejores compañeras de vida. Tengo que deshacerme de ella.

 

Por la gracia y el poder de Dios, he alcanzado la vivificante alegría de ganar muchas batallas, algunas de ellas contra enemigos nada pequeños. He experimentado victorias espectaculares sobre el pecado sexual, la adicción, las relaciones enfermizas y otros adversarios igualmente feroces. Pero queda una batalla en particular que no he ganado: la batalla contra la fortaleza de la inseguridad. Todavía. Con la ayuda de Dios, voy a lograrlo. Es demasiado siniestra y se ha entrelazado muy profundamente en las fibras de mi alma femenina como para que me ocupe de ella cargando además una maleta llena de otras fortalezas. Gracias a Dios, llega un momento en la vida servicial cuando estás preparada para enfrentar al enemigo Goliat en persona y pelear a muerte contra él.

 

Tienes en tus manos el relato de una mujer en busca de una seguridad real y duradera que transforme el alma. Me honraría que quisieras acompañarme.

Se tomó del libro Hasta luego, inseguridad, Editorial Tyndale, 2010. Se usa con permiso. Todos los derechos reservados

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